Atenas da una lección de vida

Por José Narosky
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4 de mayo de 2003  

Les relataré la historia de un título, de un título de un libro de aforismos. Les sugiero viajar imaginariamente a un país del sur de Europa, en la península Balcánica, sobre el mar Mediterráneo. Es un pequeño Estado, pero con una gran historia. Tiene una población de diez millones de habitantes y es el más montañoso de Europa. La capital, Atenas, tiene aproximadamente cuatro millones de habitantes. ¿Hace falta decir que me estoy refiriendo a Grecia?

Y un día de abril de 1972 decidimos con mi esposa conocer ese país, para nosotros de leyenda. Como si fuese un sueño, un avión nos depositaba en tierra griega, la cuna de Sócrates, de Homero, de tantos grandes del arte, de la filosofía y de la ciencia. Observamos con ojos deslumbrados sus maravillosos templos y sus increíbles monumentos.

Un mediodía entramos a almorzar en un restaurante de Atenas. Todas las mesas estaban ocupadas. Ya nos retirábamos, cuando un señor se acercó a nosotros y, en inglés, nos invitó a compartir la suya. Estaba solo. Aceptamos. Nos preguntó de dónde veníamos. "De América del Sur, -respondimos-. De la República Argentina".

-Ah, de la Argentina, nos dijo.

-¿Estuvo allí?

-No -contestó en un castellano comprensible. Pero residí en España varios años y aprendí a manejarme en vuestro idioma.

La conversación nos resultaba no sólo cordial, sino también muy gratificante. Repentinamente nos dijo: "Se dan cuenta cómo hombres que vivimos en mundos tan distantes y separados por miles de kilómetros, que hablamos distinto idioma y que tenemos diferentes costumbres, podemos comprendernos y sentir de la misma manera. Considero que es sólo cuestión de entender que cuando estamos frente a otro ser humano, debemos pensar que también sufre, también ama, también palpita".

De la antigüedad

Nos quedamos pensando que hombres como él, sólo apuntan al cielo. Por eso siempre dan en el blanco... Nuestra exaltación nos hizo creer por un instante que habíamos encontrado, reencarnado en el siglo XX, a uno de esos hombres de la antigüedad, cuyas alas habían sobrepasado la fronteras y los tiempos.

Porque nos ratificaba inequívocamente que si bien la nacionalidad agrupa hombres, sólo la comprensión los une. Terminado nuestro almuerzo, llamamos al mozo para abonarle la consumición. Por señas, éste nos indicó que nuestro ocasional acompañante griego ya la había abonado.

-¡Esto no es lógico, no le corresponde a usted!- le dijimos.

No pudimos convencerlo. Al despedirnos le solicitamos su dirección para enviarle alguna atención, pero manifestándole que deseábamos simplemente escribirle, sin aclararle el verdadero motivo.

-No es necesario que nos escribamos -nos contestó-. Lo fundamental es la relación entre todos los hombres, no entre nosotros, que ya estamos comunicados.

- Qué hermosa manera de entender la vida -le dijimos.

Entonces agregó esta frase de Montaigne: Quien no vive de alguna manera para los demás, apenas vive para sí mismo .

Y nos estrechó en un fuerte abrazo, cuyo recuerdo se transformó en uno de los aforismos de mi primer libro, que dice: ¡Tantos siglos de civilización, y no aprendimos a abrazarnos!

Si todos los hombres...

Esto sucedió en 1972. Tres años después, habiendo terminado mi libro, debía ponerle un título. Y recordando a ese desconocido ser humano, de ese casi desconocido país, decidí denominarlo Si todos los hombres... ", como homenaje a ese griego, de quien no supimos siquiera su nombre, pero que nos había dado un mensaje de fraternidad.

El autor es escritor. Autor del recientemente publicado Sembremos... Semblanzas y aforismos

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