Aventura congelada en el lago Baikal

En el oriente de la extensa y extrema Siberia, el gran espejo de agua, durante el invierno, se vuelve una masa de hielo, para recorrer a toda velocidad
Elida Bustos
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30 de agosto de 2015  

Tundra y taiga. Tierras bajas y muchas veces vírgenes, donde el frío y la soledad siguen poniendo a prueba la resistencia humana. Es Siberia. La mítica Siberia, tan mítica como la Patagonia misma, que se extiende desde el Ártico hasta China, en el inconmensurable territorio ruso.

Son 13 millones de kilómetros cuadrados que cubren casi el 70 por ciento del país; enormes extensiones que alternan bosques con pantanos y planicies cubiertas eternamente de escarcha o hielo. Es el viento y el frío extremo, con temperaturas que en algunas partes midieron -60°C, -70°C y hasta -80°C en invierno.

Esto es Siberia, una tierra donde la vida cotidiana es una experiencia dura y sacrificada.

Por eso el mapa se ve vacío, apenas salpicado de pueblos y ciudades, y los mayores conglomerados humanos se desarrollaron en el sur, donde el clima es menos inclemente.

En la Siberia oriental, 5200 kilómetros al este de Moscú y tan sólo a 200 de la frontera con Mongolia, se levanta Irkutsk, otrora lugar de destierro para revolucionarios antimonárquicos y hoy la puerta de acceso al majestuoso lago Baikal.

Se llega en avión o después de tres días y medio de viaje en el célebre tren Transiberiano, ese que revivió a tantos pueblos del sur de Rusia al enlazarlos en su traza.

Llego a visitar a mi amiga Isabel, que desde hace un mes y medio perfecciona aquí su ruso, becada por la Universidad Estatal de Irkutsk. Para muchos es un exotismo dos argentinas en esta parte de Siberia; para nosotras, una oportunidad de descubrir la Rusia profunda.

Buena parte de los turistas que recalan aquí lo hace para explorar el Baikal, que con sus aguas cristalinas y orillas boscosas atrae tanto en invierno como en verano.

En la temporada estival, los verdes del bosque enmarcan sus aguas azules, infinitas, hasta perderse en el horizonte. Es época de trekking, de remo, canotaje, cabalgatas, de pasear en barco o de remontar en bote los límpidos ríos siberianos.

En el invierno, cuando las ramas de los abetos y los alerces se quiebran por el peso de la nieve, es tiempo de trineos tirados por perros, de patinaje sobre hielo o de una travesía increíble en automóvil por el lago congelado hasta la orilla opuesta, distante a 40 kilómetros.

Olas de hielo

Llego a fines de abril, en plena primavera, y el Baikal todavía está congelado. Es la imagen más impactante de este viaje: ver un lago gigantesco, de más de 600 km de largo y el más profundo del planeta, congelado.

El lago lo comparten el oblast (región) de Irkutsk y la República de Buriatya, una de las 21 que integran la Federación Rusia. Y su importancia es estratégica: es la reserva natural que alberga una quinta parte del agua dulce del planeta.

Como me indicó Isabel, la combi me deja en el puerto de Listvyanka. Es un viaje de una hora por una ruta poco transitada que atraviesa un bosque tupido y altísimo, y que de pronto sube o baja siguiendo los desniveles del terreno.

Unos kilómetros antes de llegar, entre los árboles ya asoman retazos de lago y icebergs.

Bajo y todo lo que alcanzo a ver es una masa compacta de hielo que se pierde en el horizonte hasta chocarse con las colinas bajas de la orilla opuesta.

Empiezo a caminar despacio y sin rumbo por la avenida costanera tratando de absorber ese paisaje inusual.

Un poco más allá, contra el blanco del lago, se recorta una especie de perchero negro de hierro, pesado, cubierto de cintas de colores. Este el primer indicio de la cercanía con Mongolia y China, donde la práctica budista es habitual, al igual que en la vecina Buriatya.

Las cintas son alegres; moños de colores que contrastan con ese ambiente de tonalidades grises y blancas que emanan del lago congelado.

La caminata de unos pocos kilómetros por esa costanera es sosegada, fresca y agradable, hasta que el camino se aparta del lago y comienza a subir, internándose sinuosamente en el bosque, entre cabañas y hoteles. Como es fuera de temporada no hay mucha gente y sólo me cruzo a un grupo de jóvenes que conversan en inglés y se sacan fotos.

Trato de captar con la cámara esos blancos voluptuosos. Porque el lago helado no es plano, está lleno de relieves, de olas congeladas. Y esa superficie irregular parece dotarlo de más volumen que si sólo hubiera agua.

A su vez, ese paisaje de blancos con volumen dista mucho de ser estático y mucho menos monótono: cambia la luz, cambia el paisaje. El cielo se cubre y el Baikal le sigue el capricho y cambia de color. Todo en un eterno juego de contrastes: el hielo se vuelve azul contra el gris del firmamento y vuelve a ser blanco cuando brilla el sol. Y cuanto más se oscurece el cielo, más presencia cobran las colinas bajas de la otra orilla, esas que a veces parecen una ensoñación y se insinúan apenas delineadas, esfumadas entre cielo y hielo.

Frío de primavera

Junto a la orilla, un pajarito camina sobre el hielo picoteando por aquí y por allá ajeno a mi sorpresa ante esa superficie congelada que es su realidad durante la mayor parte del año. El hielo amortigua los ruidos, así que el paseo es deliciosamente silencioso, y hace frío, a pesar de que el pronóstico para Irkutsk, a sólo 60 kilómetros, era de 27°C.

El lago congelado es una tentación para caminarlo. Pero, ¿será seguro? Un humano pesa algo más que un pajarito de alas pequeñas... ¿No habrá grietas?

La respuesta no se hace esperar. Desde el hielo y junto a unos vehículos extraños para mí, dos muchachos me llaman con grandes ademanes y gritos invitándome a sumarme a la excursión. Soy la única persona que camina por ahí a esa hora de la mañana y quieren aprovechar el paseo que le darán al joven turista gringo que ya reclutaron.

Les agradezco y me quedo mirando. Se suben y el vehículo sale como disparado, derrapando sobre el hielo. A puro volantazo, a los pocos minutos ya se perdió en el horizonte, contra las montañas de Buriatya, y anticipo que ese paseo es imperdible.

Los deslizadores son vehículos anfibios que tanto pueden desplazarse sobre la superficie congelada como navegar las aguas en las partes en que el hielo se quebró. El paseo de unos 20 minutos cuesta 500 rublos (unos 10 dólares) y depende del carácter del piloto si es vertiginoso o tranquilo.

Chupetines de agua dulce

Sigo mi recorrido por la costanera. Pero camino un rato más y vuelvo sobre mis pasos. No resisto subirme a un deslizador.

Ya la costa está animada, se acerca el mediodía y algunas familias empiezan a llegar para pasar el día o disfrutar del fin de semana en el Baikal.

Subo al primer deslizador disponible, junto a una familia rusa. El vehículo es un veterano de muchos inviernos al igual que el capitán. Me intrigaba cómo se sentían desde adentro esas patinadas tan osadas que había visto desde la orilla. Y mucho más, saber cómo era esa navegación en sólido, ese deslizamiento que de un instante a otro se convertía en navegación en las partes en que el hielo dejaba su estado sólido y se convertía en agua.

Nuestro piloto arrancó y allí salimos, los cinco pasajeros pegados a las ventanillas, expectantes de ver cómo cambiaban las formas de este paisaje níveo. El viaje es por naturaleza ruidoso y a los saltos, pero el deslizador se desplaza con tal seguridad que no se nota el cambio del hielo al agua y de ésta nuevamente al hielo.

En pocos minutos el suelo cambió varias veces de estado y nadie se dio cuenta.

A poco de andar, nuestro capitán atraca en una playa de cantos rodados. La familia baja, se saca fotos y vuelve con astillas de hielo, verdaderos chupetines de agua dulce congelada que comparte con el piloto y conmigo.

Reanudamos el recorrido y seguimos deslizándonos por el Baikal. Al lago han llegado a medirle 1600 metros de profundidad y en el invierno se convierte en una carretera de hielo que usan autos y camiones de varias toneladas para cruzar a la otra orilla y evitarse así un rodeo de más de 200 kilómetros.

En estos momentos, fines de abril, incluso los pocos barcos del amarradero de Listvyanka aún están rodeados de icebergs o hielo consolidado, lo que hace que uno se pregunte cómo resisten sus cascos en el invierno.

Un cronograma colgado en un cartel con horarios de navegación me confirma que esta Antártida rusa se vuelve líquida en alguna época del año.

Y así será tan sólo dos semanas más tarde. Entonces, el Baikal dejará de ser una masa helada y seducirá con otros encantos, los de un lago azul y cristalino, libre de contaminación, enmarcado por colinas bajas y cubiertas de pinos, y en cuyas orillas las focas saltan, juegan y se reproducen.

Omules y panqueques

Frente al lago y a pasos del puerto hay un mercado en el que la riqueza pesquera tienta a los visitantes con aromas ahumados; puestos en los que las delikatessen son los omules (el salmónido típico de la cuenca) que, abiertos al medio y atravesados por palillos, se apilan en bandejas en pequeños puestos que se entremezclan con los de suvenires.

Nada está refrigerado, pero no es necesario. La temperatura ambiente no debe superar los 4°C o 5°C.

Tengo hambre y me inclino por hacer un alto, pero no me decido por el pescado ahumado (tampoco por el insólito shawarma instalado a la entrada del mercado).

Elijo un barcito pegado al embarcadero con una amplia ventana sobre el lago congelado. Los blinis (panqueques) le ganan al omul y vienen desbordantes de miel que se desliza fácilmente sobre el panqueque tibio. Acompaña un áspero té verde.

En la otra única mesa ocupada, una española, Julia. El día anterior llegó a Listvyanka y se hospeda en una cabaña frente al lago que incluso ofrece los típicos baños rusos. Luego de recorrer durante una semana Corea del Norte se tomó en alguna parte el Transiberiano y recaló por aquí. Comparte conmigo la fascinación por este entorno.

Del otro lado de la ventana, la blancura infinita del Baikal y la expectativa de volver para recorrerlo en toda su extensión, hasta el santuario shamánico de la isla Olkohn y más allá, donde ya no hay senderos, y la naturaleza sorprende todavía en estado puro.

Nerpas

Las focas, una variedad llamada nerpa, constituyen una de las atracciones del ecosistema del Baikal, y también un interrogante que los científicos no terminan de develar. ¿Cómo llegaron hasta aquí, al centro del continente asiático, a 2000 kilómetros del mar más cercano? La única explicación plausible es que fue con la última glaciación, arrastradas desde los mares que rodean el Polo Norte, y luego simplemente quedaron varadas cuando el hielo se descongeló, imposibilitándoles regresar.

Estas focas llevan miles de años aquí y sobreviven sin problema haciendo huecos con sus patas en la superficie congelada del lago para emerger a airearse o tomar sol. Las nerpas habitan en las partes menos visitadas del Baikal, pero también en la isla Olkhon, al norte del puerto de Listvyanka, el lugar más bonito del lago y sitio de tradición shamánica. Viven más de 50 años y se estima que hay entre 60.000 y 100.000 animales en la región.

En el pasado eran una fuente de recursos para los habitantes de la zona, pero hoy más que nada se han convertido en una de las grandes atracciones turísticas y marca registrada del Baikal, popularizadas en suvenires de distinto material y tamaño.

Datos útiles

Cómo llegar

Los dos aeropuertos más cercanos para visitar el Baikal son el de Irkutsk y el de Ulan-Udé, al oeste y este del lago, respectivamente. Ambas ciudades son grandes y con buena infraestructura turística. Irkutsk es algo más grande, con mucha más historia y una ciudad más rusa. Ulan-Udé tiene aspecto más soviético, pero su cultura es mongola, habitada por una mayoría de población buriata.

Desde Moscú hay varios vuelos por día por S7, Aeroflot o Ural Airlines, y cuestan alrededor de US$ 600 ida y vuelta en temporada alta.

Curiosidades

La zona del Baikal es el centro del budismo en Rusia. La vecina república rusa de Buriatya, que bordea toda la orilla oriental del lago Baikal, tiene una población de origen mongola y tradiciones fuertemente arraigadas en el budismo. En Ulan-Udé se puede visitar templos de esta religión (datsanes).

Qué visitar en la zona

Vale la pena visitar las dos ciudades. Se las puede unir en un agradable viaje de entre seis y ocho horas en el tren Transiberiano. La cantidad de horas depende del servicio que se tome. El pasaje cuesta 40 dólares en segunda clase y 20 en tercera. No hay primera clase.

Desde Irkutsk, otras ciudades cercanas para visitar son Angarsk y el puerto de Listvyanka, éste sobre el Baikal. También es más cómodo salir de aquí para llegar a la isla Olkhon, el destino más promocionado de todo el Baikal.

Desde Ulan-Udé se puede visitar la ciudad de Chita, a la que también se llega en el Transiberiano, pero yendo hacia el Este, en el ramal a Vladivostok, y está a 400 kilómetros.

Qué hacer

Hay cruceros de varios días para explorar los lugares más inaccesibles y a los que no se llega por tierra (no hay ruta ni camino que bordee los alrededor de 1500 km lineales del lago). También hay excursiones de buceo y pesca. Lo interesante es que la visibilidad del Baikal llega a los 50 metros de profundidad, según el mes, lo que lo vuelve muy atractivo para los buzos.

Las actividades que se pueden hacer abarcan desde trekking, escalada o esquí cross-country en el invierno hasta una enorme variedad en el verano como rafting, campamentos, paseos por cañadones, cascadas y ríos tributarios del Baikal, pesca, avistamiento de fauna, safaris fotográficos, canotaje, cabalgatas, etcétera. La oferta de actividades al aire libre es amplia y los tours (de tres o cuatro días) se amoldan a los requisitos de los interesados, porque muchas veces terminan siendo excursiones privadas. Algunas agencias organizan también estadas en casas particulares.

Isla Olkhon. Es conveniente dedicar tres días para visitarla, porque hay que hacer 250 km por tierra desde el puerto de Listvyanka (la localidad más cercana a Irkutsk) hacia el Norte y luego tomar un ferry. La isla se destaca por sus paisajes, especialmente el de un promontorio llamado Roca Burjan, y porque es un lugar sagrado del budismo de la zona. Allí también realizan sus ceremonias religiosas los shamanes buriatos, de origen mongol. La isla mide 70 km de largo y hay algunos pequeños pueblos asentados en ella, que también se visitan.

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