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Azerbaiyán, ¿la Dubai del Cáucaso?

Teresa Bausili
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25 de octubre de 2015  

Cuando estalló la guerra con Afganistán, hace 14 años, buena parte del mundo se preguntó dónde quedaba el país de los talibanes. Poco después irrumpía en el cine la taquillera Borat y su ridiculización sobre Kazakhstán, y nuevamente reinaba el desconcierto geográfico (a pesar de las burlas, el estado centroasiático expidió 10 veces más visados tras el boom de la película). Ahora, y por razones completamente distintas, otra ex república soviética busca posicionarse en el mapa, esta vez con una fuerte apuesta al turismo internacional.

¿Dónde queda?

A caballo entre Europa y Asia, Azerbaiyán es una nación recostada sobre el mar Caspio... y sobre un colchón de petróleo. Desconocido para muchos, resulta que es uno de los países más ricos del planeta, empeñado en hacerse notar. No sólo ha sido o será sede de una ristra de eventos internacionales, desde los primeros Juegos Olímpicos Europeos (en junio de este año) o el Concurso Eurovisión (2012) hasta el Gran Premio de Fórmula 1 (2016), sino que su capital, Bakú, es un derroche de modernidad. Rascacielos de diseño, avenidas salpicadas de Lamborghinis, taxis estilo londinense y tiendas de lujo (Burberry abrió no una sino dos sucursales, y Tom Ford acaba de inaugurar tres), y hasta la inminente construcción de lo que será (una vez más) la torre más alta del mundo (la "Azerbaijan Tower", de 1050 metros), pueden descolocar a quien sólo espera encontrar bazares y minaretes en un país de mayoría muslulmana ( el 90 % de sus 9 millones de habitantes profesa esa religión; se trata de una república islámica secular) y apenas 24 años de independencia de la Unión Soviética. Por ello, no son pocos los que hablan de Bakú como el nuevo Dubai del Cáucaso.

¿Por qué elegirla como destino?

"Los argentinos son curiosos, siempre quieren conocer nuevos destinos. Por eso creemos que Azerbaiyán es una excelente opción para ellos", aseguraba el martes pasado el embajador de Azerbaiyán en la Argentina, Mammad Ahmadzada, mientras desgranaba las bondades del país: playas, hoteles de lujo, pulcritud casi quirúrgica en sus calles, seguridad a cualquier hora del día y la noche, centros históricos con el sello de la Unesco, museos de primer nivel, montañas ideales para tratar el asma y hasta centros de esquí en las nieves eternas del Cáucaso. Además de contar con 6 terminales aéreas (5 de ellas internacionales), subrayaba, desde Turquía y vía Turkish Airlines, son poco más de dos horas de vuelo a Azerbaiyán.

El lado B de la "París del Este"

Por otro lado, Organizaciones de Derechos Humanos como Human Rights Watch no miran con buenos ojos las luces relucientes de Azerbaiyán. El encarcelamiento de activistas, periodistas o críticos al gobierno del clan Aliyev (en el poder hace varias décadas) son la otra cara del tremendo auge del país, así como las medidas tendientes a limitar los medios independientes. La semana última, un futbolista armenio (Henrikh Mkhitaryan) y mediocampista estrella del Borussia Dortmund, no viajó a Azerbaiyán a jugar contra el Qäbälä azerí por la Europa League por "motivos de seguridad", según adujo.

En el trasfondo subyace el conflicto con Nagorno-Karabaj, el país que nadie reconoce. Situado dentro de Azerbaiyán, la población de este enclave boscoso es de mayoría armenia. El tira y afloja entre ambos vecinos culminó en una sangrienta guerra librada entre 1991 y 1994 en el territorio en disputa, cuyas montañas siguen sembradas de minas y rencores hasta el día de hoy. Nagorno-Karabaj, pese a haberse declarado independiente de facto, continúa sin el reconocimiento diplomático de ninguna nación (más allá de Armenia, que defiende los intereses de la república secesionista).

Ajeno a las críticas, Azerbaiyán, el país que alguna vez fue apodado "la París del Este" (por el esplendor de sus edificios, construidos previamente a la revolución rusa) recibió 2.700.000 turistas en 2014, y se propone alcanzar rápidamente los 5 millones. Teniendo en cuenta el ritmo febril de su crecimiento y ambición, probablemente lo logrará.

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