Bajo los ojos de Osiris

(0)
11 de junio de 1999  

Enfrente de La Valleta, del otro lado del Grand Harbour, reposan las tres ciudades fortificadas de Birgu -o Vittoriosa-, Cospicua y Senglea.

Se las conoce también como Cottonera, en honor del gran maestre Nicolás Cottoner, que hizo construir esta línea de bastiones considerada como el ejemplo más llamativo, en Europa, de la arquitectura militar de su tiempo.

Es difícil recorrer Birgu sin perderse por sus calles angostísimas y, en general, peatonales.

Pero no hay de qué preocuparse, el laberinto siempre tiene salida. Y si desemboca en las inmensas murallas, el viajero no podrá menos que emocionarse con las vistas de las magníficas construcciones de color pálido que rodean al gran puerto.

Un paseo en dghajsa -embarcaciones tradicionales tipo góndolas- al atardecer tiñe el persistente amarillo de las sólidas fortificaciones con los brillos rosados y opacos del crepúsculo.

Tanto las dghajsa como los luzzu -botes de pescadores- de la principal villa pesquera de Marsaxlokk tienen meticulosamente tallados y pintados, en la proa, los ojos de Osiris.

Los jóvenes pescadores casi no se cuestionan acerca de esta antigua tradición y simplemente se limitan a perpetuarla en sus barcos de color azul, amarillo, verde y colorado intenso.

Tal como cuenta la leyenda, los ojos de Osiris eran pintados por los egipcios en sus veleros del Nilo, como un talismán, para proteger a los navegantes.

¿Y cómo llegaron a Malta? No, los egipcios no estuvieron en la isla, pero sí los mercaderes fenicios, que adoptaron la costumbre y la llevaron a Malta, que era un alto en sus viajes por el Mediterráneo.

La sabiduría popular destaca la superstición como una característica propia de los pescadores.

Y en la isla de Malta, donde es común que sople el gregale, el mismo viento tan temido que provocara el hundimiento del barco del apóstol San Pablo hace dos mil años, cualquier excusa es bienvenida para ahuyentar la mala suerte.

Reacio a las leyendas ancestrales y sin embargo temeroso de romper la tradición, Frank, un joven pescador de 20 años, elaboró su propia teoría y pinta los ojos en la proa sólo para que le marquen el camino a seguir.

ADEMÁS
Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?