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Barrancas, la sorpresa jujeña

Mónica Ansede
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9 de octubre de 2011  

Partimos para pasar tres noches en Purmamarca, Jujuy, conocer la zona y alojarnos en el Manantial del Silencio.

Despertar en silencio, excelente como comienzo del primer día. Ver el amanecer y los cerros comenzando a iluminarse. Los verdes de la primavera que asomaban con timidez bajo un cielo azul límpido.

Partimos con Fernando al volante y tomamos la ruta 52; pasamos por el punto más alto, la cuesta del Lipán, según nos explicaron casi a 4170 m sobre el nivel del mar. Muchos consejos para prevenir los mareos; el mejor fue mascar coca.

La idea era pasar unas horas por las Salinas Grandes, zona blanca por la sal que se expande por 12.000 hectáreas.

Luego seguimos por un camino pedregoso y muy serruchado, parecía que nuestros huesos se sacudían como en una licuadora; casi una hora para llegar a Barrancas.

Llegamos a este pueblo donde divisamos la iglesia Blanca Nieve y sus dos campanarios, la placita, casas bajas de barro con pequeñas ventanas -algunas en madera de cardo, con alféizares de piedra-, un destacamento policial, la escuela y poco movimiento en sus calles. En escena aparece Martín, el guía del pueblo acompañado de Gustavo, un niño de 9 años, ojos almendrados, un sombrero alado de jean azul, carita redonda, los cachetes colorados y dientes superblancos. Qué deleite mirar a este niño que podría ser un pastorcito de cuento, y el modelo de la escultura que estaba en la plaza.Nos colmó de amor a todos.

Arte rupestre, historias de sus antepasados que habitaron esas tierras, cerros de color rojo/bordó que bajan hacia un río en forma vertical de un lado, y por el otro, cerros con figuras irregulares por la erosión de los vientos ofrecen un panorama imponente.

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