Berlín eterna y radiante

Juan Demarco
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13 de mayo de 2012  

Después de la caída del Muro, la capital alemana, la vieja ciudad imperial ha renacido de sus cenizas como un moderno ave fénix. Caminar por sus modernas calles y avenidas nos recuerda -metro tras metro- que nos encontramos en la capital del motor de Europa. Si hasta la década del 30, durante la dorada y efímera República de Weimar, Bauhaus irradiaba innovación, desarrollo y cultura, ahora todo Berlín se encarga de eso. En Alexanderplatz, que fue el centro neurálgico de la antigua Berlín Oriental, se han instalado las más importantes cadenas hoteleras; no uno, decenas de shoppings. A pocas cuadras de allí, la renombrada y muy berlinesa Unter der Linden, con sus frondosos tilos, nos invita a recorrer las mejores confiterías y tiendas de diseño.

Caminando por ella, cerca de la emblemática Berliner Tor (la Puerta de Brandenburgo, viejo símbolo de la unión de los pueblos germánicos), llegamos a la espectacular y muy barroca Berliner Dom, la catedral cristiana, cuya cúpula volada durante la Segunda Guerra Mundial fue rigurosamente reconstruida a partir de 1975. Con su órgano de 7200 tubos podemos escuchar lo más excelso de la música de Bach.

A pocos metros de allí nos espera la Isla de los Museos, donde un día entero no alcanza para recorrer uno de ellos, como el Pergamus Museum, que guarda -entre otras obras de las milenarias civilizaciones de Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma- la famosa Puerta de Ishtar, por la que se accedía a la casi mítica Babilonia, o el Neues Museum, donde Nefertiti nos observa más allá del bien y del mal desde hace más de 3500 años con un enigmático rictus. Si estamos en la isla, imposible sustraerse al Bodemuseum o al Museo Nacional de Arte.

Y si de museos hablamos, tal vez uno de los más interesantes es el Humboldt, que pone al alcance del visitante la historia de los avances tecnológicos de la humanidad. Pero el sector convertido en un museo de arte a cielo abierto está constituido por los restos del emblemático muro, donde anónimos artistas regalan gratuitamente sus expresiones de libertad. Sin embargo podemos transitar en pocos minutos desde la cuna de nuestra civilización hasta la contemporaneidad trasladándonos hasta Postdamerplatz. Finalmente, para descansar un poco y divagar con el pensamiento por lo que ya hemos visto, no está mal un paseo en lancha por el Spree, que atraviesa toda la ciudad, y admirar los palacios de Charlotenburg o Postdam. La frutilla del postre puede ser, a la vuelta del paseo en lancha, un café con strudel en una de las elegantes confiterías a la vera del río, casi a la altura de Karl Marx Str. En síntesis, si le agregamos la cortesía y corrección de los berlineses, Berlín es tan fascinante que puede competir con Londres o Nueva York.

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