Cantando bajo la ducha del aeropuerto

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13 de diciembre de 2009  

Ser o no importante, muy importante, superimportante. El concepto de VIP (por Very Important Person) no parece tener techo: siempre hay una puerta más con acceso restringido. A uno lo invitan a un salón especial en el Aeropuerto de Ezeiza, para usuarios de una tarjeta de crédito, y los tragos y sándwiches de miga quedan fuera del alcance, detrás de otra puerta, "exclusiva para los clientes de la tarjeta platino", según explica un cartel sofisticado.

Pasa lo mismo en las discos y los megarrecitales. Pulseritas intransferibles abren el paso según su color y uno puede llegar hasta el mismísimo escenario si tiene la llave correcta, aunque no las otras. En materia de viajes, los salones VIP son parte de un estilo de turismo de alta gama que ha crecido en la última década, pero también una manera de evitar los trastornos aeroportuarios que aumentaron desde el 9/11. Aquellos clientes que pueden pagarlo, o acumulan las millas necesarias, tienen la ventaja de esperar en cómodos lounges y pasar, incluso, mucho más rápido por Migraciones.

Mientras la mayoría de los viajeros quiere, simplemente, llegar a destino, otros se preocupan por lograr mejores condiciones. Entonces resulta inevitable la pregunta: ¿por qué alguien paga hasta ocho veces más por sentarse en una butaca mejor, dentro de un mismo vuelo? La diferencia de precios no es exagerada. Por ejemplo, un ticket de Air France entre Buenos Aires y París, ida y vuelta, cuesta en estos días US$ 1606 en clase Económica y US$ 10.380 en First Class. Sí, más de diez mil dólares invertidos en un vuelo de menos de 14 horas. La primera parte de la respuesta debería ser porque pueden pagarlo; la segunda, la variedad de servicios.

No se trata sólo de asientos con inclinación total o un menú más sofisticado, eso está claro. Tuve la posibilidad de conocer una terminal exclusiva, la First Class Terminal, de Lufthansa, en Fráncfort, y la refinada sala La Première, de Air France, en París. En la primera pude ir en auto hasta la escalera del avión, apenas unos minutos antes del despegue. En la segunda aproveché para darme una ducha, antes de tomar otro vuelo. El lugar ofrece baños como los de un hotel cinco estrellas, con toallas, pantuflas y hasta maquinita de afeitar. En ambas, uno puede tirarse a dormir la siesta, en habitaciones aisladas del ruido.

Si las terminales propias permiten que las aerolíneas tengan un mejor control de sus vuelos, en ciudades donde hacen la mayor parte de sus escalas (hay una de British Airways en Heathrow, el aeropuerto con mayor movimiento en el mundo), las salas VIP ayudan a los clientes que deben realizar viajes muy largos. Por eso, los usuarios privilegiados pueden ducharse también en el lounge de Air Canada en Toronto, donde suele conectarse América del Sur con el Lejano Oriente, o en el de Qantas en Sydney, entre muchas otros.

Este año, por la crisis global debieron bajar las restricciones de acceso a muchos de estos espacios, ya que disminuyeron las inversiones de las empresas en relación con los pasajes de sus ejecutivos. La adaptación incluyó, en algunas aerolíneas, una cuarta clase en vuelos internacionales, que se ubica entre la Business y la Economy. Pero los servicios para clientes privilegiados siguen en aumento y no dejan de sorprender. Singapur Airlines, por ejemplo, incluyó habitaciones en suite en algunos Airbus A380, mientras que Emirates también ofrece ducharse... en pleno vuelo. Su propuesta es bañarse en unos pocos minutos, para evitar salir corriendo al asiento, cuando encienden las luces para abrocharse el cinturón de seguridad. Es entonces cuando la imagen puede perder todo su glamour. O tal vez no.

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