Capri, la isla de los ricos y famosos

Adela Jordá
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22 de septiembre de 2012  

La isla de Capri, a escasa distancia del puerto de Nápoles y a la que se accede por ferry, fue en el año 27 d.C. sede del gobierno del emperador Romano Tiberio. Seguramente lo cautivó el mar azul, verde y turquesa que se observa desde la villa Jovis, hoy ruinas de lo que fue su morada. Se puede acceder a ella caminando una hora desde Anacapri, mientras se observan las hermosas residencias de quienes tienen la fortuna de vivir en la isla.

Comenzando desde el momento en que llega a la Marina Grande con el ferry, se toma el teleférico hasta Capri o unos pequeños ómnibus que pueden circular por las angostas rutas de montaña y descender en la famosa Piazzeta.

Está en el centro de Capri, que emana glamour y sofisticación en las tiendas de las más famosas marcas. Se puede acceder al mirador desde el cual se ve una hermosa porción de acantilados, mar, barcos y veleros blancos, y se puede conectar con los dioses degustando una sfogliatella de crema pastelera (gialla). En Capri, todos los sentidos encuentran su lugar.

Desde Capri, gracias a esos pequeños autobuses y si no se quiere gastar los euros en taxi, se puede subir hasta Anacapri y ahí encontrarse con la maravillosa villa de San Michele, residencia del médico, escritor y humanista Axel Munthe. Su hermosa casa mediterránea alberga piezas arquitectónicas romanas que él mismo encontró, y un maravilloso jardín en el que uno puede sentarse a escuchar el gorjeo de los pájaros y sumergirse en sus propias sensaciones ante los colores de las flores y el entramado de los verdes de los árboles.

Todo esto, desde las alturas de la isla con una alfombra de agua turquesa a los pies. Qué maravilla que alguien sepa con tanta nitidez dónde, cuándo, cómo y con quiénes desea vivir su vida. Siendo sueco decidió hacer de Capri su hogar durante 56 años.

Capri también es famosa por su Gruta Azul, una cueva marina que todos quieren visitar, pero que entrega su hechizo según la marea. Se puede alcanzar la puerta de la gruta por tierra o mar. La primera opción es más económica y permite conocer el interior de la isla. La segunda permite rodear la isla y ver una geografía marina. Cualquiera que sea el camino que se elija, cuando llegue tendrá que trasladarse a una barcaza para entrar a la gruta y abonar el costo del barquero. Entrar es pasar a otra dimensión de colores, sonidos y espacios. El sol, que refracta sobre la superficie caliza del fondo, es responsable de esa luminosidad turquesa, de esa transparencia de las aguas y de nuestra sensación. ¿Se puede describir el placer?

Estuve tres días en Capri, la caminé a fondo, saboreé sus recodos, conocí a su gente, degusté sus sabores, compartí tanto asombro y placer con mi pareja, y si algo más tengo para decir es que no haga una parada por horas de las que proponen los cruceros o los viajes apresurados. ¡Vívala!

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