Chacareros del Este

La Bretaña, Las Coronillas y Las Garzas son lo último en chacras de mar en las afueras de La Barra, José Ignacio y Laguna Garzón, donde un terreno de 5 hectáreas llega a costar un millón de dólares
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20 de diciembre de 2009  

PUNTA DEL ESTE.- Desde las afueras de La Barra hasta José Ignacio es fácil reconocer a simple vista si una chacra de mar pertenece a un europeo: lo primero que hacen estos extranjeros cuando compran un terreno allí es plantar palmeras.

"Son un símbolo de status y todos aquí compiten por ver quién tiene más", cuenta un lugareño. Al parecer, las palmeras ejercen en los hombres y mujeres del Viejo Continente una curiosa fascinación. Así son las reglas de juego en estas increíbles chacras marítimas, que en los últimos dos años se han extendido en todos los horizontes posibles, mostrando un Punta del Este que pocos conocían. Todo indica que el furor seguirá esta temporada: a los gigantescos complejos que existían (Villalagos, El Quijote, Pueblo Mío y El Mangrullo, entre otros) se suman Las Coronillas, en José Ignacio; La Bretaña, a 11 kilómetros de La Barra, y Las Garzas, en Laguna Garzón. En tanto, Barraverde y La Horqueta serán los dos nuevos barrios de lujo que integrarán los Altos de La Barra.

Este concepto tan actual en el Este consiste en ser propietario de una casa perdida en la campiña uruguaya, en un terreno de hasta 5 hectáreas, a pocos kilómetros del Atlántico. En general se trata de viviendas dentro de gigantescas villas cerradas, donde una administración provee servicios de primer nivel (limpieza, seguridad).

Al que piense que se trata de un country al estilo zona norte del Gran Buenos Aires que se olvide de esa idea. El dueño de una chacra de mar no ve a sus vecinos y nadie lo ve a él, porque vive en un plácido aislamiento que lo confronta sólo con la mansedumbre de los campos en esta parte del planeta. En la quietud de la tarde habitan zorros colorados, carpinchos y un popurrí de más de mil especies de aves, entre ellas flamencos rosados y garzas.

El origen

Las chacras de mar nacieron hace 20 años en las afueras de La Barra, más precisamente en el camino a San Carlos, donde se ubicada la Estancia Miramar -frente a Yellow Rose, terruño que Jorge Corcho Rodríguez solía compartir con Su Giménez-, que con los años fue loteada para estas viviendas híper premium.

En esa misma ruta está saliendo a la venta un nuevo complejo, La Bretaña, formado por 100 hectáreas de chacras de 5 hectáreas cada una, que se impone sobre un paisaje vasto y con leves ondulaciones. Suena bastante excéntrico, pero uno de los detalles que más atraen a los compradores de estos terrenos es que tengan enormes piedras. Por algún motivo extraño, del mismo modo que los extranjeros aman las palmeras, también adoran que sus campos estén salpicados de rocas. "Cuantas más haya mejor", insiste, como si fuera una obviedad, uno de los obreros que trabajan en el castillo en miniatura que servirá como portón de entrada a La Bretaña.

Para tener una idea del target de clientes al que se apunta con estos emprendimientos, un terreno de 5 hectáreas en esta zona o en José Ignacio puede costar entre 500.000 y un millón de dólares; a esto debe sumarse el valor de la chacra misma. Diseñadas por los arquitectos más prestigiosos de Uruguay, algunas llegan a tener 3000 m2 construidos y un valor de US$ 3 millones o más.

Público europeo

"José Ignacio está desplazando a Punta del Este como referente para el público europeo", apunta Juan Irala y Hernández, a cargo de Gestión de Desarrollos de la inmobiliaria Terramar.

En cierta forma, lo que ha sucedido es que las nuevas chacras mostraron un Punta del Este que pocos conocían. "Mucha gente que viene al balneario desde hace 40 años no podía creer cuando descubrió que no todo lo maravilloso del paisaje estaba necesariamente pegado al mar", opina Irala. Estos desarrollos realmente aportaron un toque distinto a la geografía de la zona, que algunos empezaron a llamar La Nueva Toscana, porque en la ruta 10 que va a José Ignacio y en el camino a Garzón se multiplicaron los olivares y viñedos.

En el futuro, muchos de esos terrenos serán pequeñas unidades de producción, lo cual también tiene un toque cool (no cualquiera fabrica su propio aceite de oliva). Ya existen empresas dedicadas a armar huertas durante el año para que estén rebosantes durante el verano.

Avanzando hacia José Ignacio se pasa en auto frente al futuro hotel The Setai, que tras un compás de espera demasiado largo finalmente empezó a edificarse en estos días y tiene fecha de inauguración para 2011. Ese complejo estará poblado también por 41 residencias en terrenos cuyo valor oscila entre 2 y 5 millones de dólares (sólo la tierra).

Ya en la rotonda de José Ignacio, girando a la izquierda en la estación de servicio Ancap, se toma el camino que lleva a Las Coronillas, nuevo desarrollo de 55 chacras, en un escenario natural francamente insuperable. Donde uno mire verá más emprendimientos: Pinar del Faro y Village del Faro son otros dos complejos en plena ebullición.

Pero el fenómeno no se detiene en José Ignacio. Cruzando la Laguna Garzón está Las Garzas, proyecto del empresario Eduardo Constantini, que cuenta con 240 hectáreas y lotes sobre el mar que costarán 900.000 dólares. Quienes conocen el mercado saben que la avanzada inmobiliaria no tardará demasiado en colonizar definitivamente las tierras del vecino departamento de Rocha.

Menos casas, más terreno

También hay que pensar que las chacras cumplen una función adicional, ya que además son alojamientos con servicios de hotelería súper top, que en algunos casos se alquilan por US$ 3500 diarios. Es sabida la anécdota del millonario que el último verano pasó dos semanas en una chacra, con cocinero personal, chofer y un... ¡RR.PP. que le organizaba las fiestas a la noche!

Para entender la exclusividad de estos complejos, vale citar el caso de Las Piedras, cerca de La Barra, cuya iniciativa original de hacer 110 casas se redujo a 37 viviendas, al tiempo que se incorporaron chacras de entre 3 y 5 hectáreas cada una. Es decir: menos casas con mucho más terreno propio. Además se anunció en Las Piedras la construcción de una cancha de golf, diseñada por el famoso golfista Arnold Palmer, que se enamoró del lugar y terminó comprando una de las 37 villas.

De este modo, cada vez más lujosas y sofisticadas, las nuevas chacras de mar se afianzan en el mercado esteño con su toque distintivo. Pero claro, a veces hay contratiempos: cuentan que una italiana gastó una fortuna en plantar 300 palmeras en su casa de José Ignacio y que la mitad se le terminó secando. Le pasa a cualquiera, hasta en la Toscana.

Desplazados hacia febrero

Los que se quedan fuera de la temporada alta

"En los años 80 Punta del Este se debatía entre ser como Mar del Plata o Miami. La tendencia actual es que La Mansa se parece a Miami y José Ignacio, a Saint Tropez", opina el dueño de una de las inmobiliarias más importantes de la Península.

La exclusividad de Punta del Este se está mudando al Norte, desde La Barra hacia arriba del mapa, donde los valores de las propiedades y los servicios se han vuelto privativos.

En cambio, el segmento de menor poder adquisitivo, que tradicionalmente alquilaba departamentos en La Mansa por menos de 3000 dólares durante la primera quincena de enero, está siendo obligado a correr sus vacaciones. Para esta franja los precios en el primer mes del año son tan altos que la única opción es febrero, cuando los alquileres bajan hasta un 50 por ciento.

Exclusivo, en serio

Algunos vaticinan que en el futuro éste será un balneario sólo para millonarios. Otros, menos drásticos, advierten que para la mayoría de los argentinos simplemente se da una febrerización de las vacaciones.

Lo innegable es que los precios dejan afuera a muchos que antes cruzaban el charco. El cálculo es cruel: una familia tipo -matrimonio, dos hijos- gasta US$ 1000 en viajar con el auto en Buquebús; 3000 en un departamento de un dormitorio por una quincena de enero; 240 en tres tanques de nafta; 840 en comer afuera la mitad de las noches (siete cenas de 120). Eso sin contar las decenas de servicios que consumen los chicos (cruzar los dedos para que no llueva). En total, con otros gastos eventuales, es un piso de 6000 dólares o 23.000 pesos argentinos para sólo dos semanas.

Según las inmobiliarias consultadas, a ese perfil de turistas se le complica ir a Punta en enero, tal como en el pasado, más si se considera que pueden ser seducidos por paquetes más económicos a Brasil y el Caribe. De hecho, cada verano es este segmento el que más tarda en decidir sus vacaciones, mientras que la franja alta se manifiesta en el balneario con más anticipación, cerrando sus alquileres antes que nadie.

Son diversas las realidades que conviven hoy en Punta del Este. Y la brecha entre los departamentos de La Mansa y las chacras de José Ignacio es tan grande como el océano que separa Miami de Saint Tropez.

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