Clase turista: lo típico reafirma su encanto

Horacio de Dios
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24 de agosto de 2014  

Es un buen mes para viajar a París. Teóricamente es temporada baja porque los parisienses se van a Marbella y dejan la ciudad para los turistas. Afloja el calor mientras se va el verano y cierra la playa artificial sobre el Sena.

También es conveniente quedarse en Buenos Aires. Especialmente para los extranjeros que llegan con dólares y ganan en el cambio, mientras la temperatura es más amigable al dejar atrás el invierno.

Allá y aquí hay novedades, pero suele atraer más lo típico.

En el muelle de Austerlitz, muy cerca del extremo del Barrio Latino, están Les Docks como abrevian para referirse a la flamante Cité de la Mode et du Design. Es una terraza ondulada sobre el Sena, ideal para almorzar al sol o comer románticamente. Más ahora que en el Puente de los Suspiros ya no usan candados, sino cámaras para selfies de enamorados.

A pesar de esta nueva atracción, el barrio de Montmartre, en la orilla derecha, sigue siendo el más concurrido por extranjeros. Aunque Amélie se estrenó en 2001 hay varios tours que siguen las locaciones de la película, comenzando por el café del 15 de la rue, Lepic donde trabajaba la protagonista. Donde antes había una verdulería, ahora el dueño vende franquicias para abrir negocios que lo imiten.

En Buenos Aires pasa algo parecido con el Bus Turístico. En el ranking de paradas La Boca gana por goleada, con perdón de la otra mitad más uno que se fue a Núñez. El stop de la Vuelta de Rocha, al lado de Caminito, es el preferido para bajar y volver a subir porque allí se desocupan los asientos y uno puede conseguir mejor ubicación. La muchedumbre multilingüe se extiende como una mancha de aceite en la calle Magallanes para comer en la vereda y ver bailar tangos.

Y lo mismo que en París, la mayoría no está seducida por lo que no es un conventillo. Con el agregado que, contrariamente a Montmartre, no tiene vida nocturna. Apenas se va el sol la calle queda vacía, aunque la siga patrullando la Prefectura. No se trata de inseguridad porque en el barrio no pasa nada, sino que la gente busca a la gente. A nadie le gusta caminar solo.

Por eso, incluso los porteños no aprovechan al máximo de todo lo que se puede disfrutar. Por ejemplo, las exposiciones de la Fundación Proa, que son extraordinarias ni el bar y comedor que está en el segundo piso, con una vista al Riachuelo. No es un hecho nuevo. A una cuadra de allí, Francis Mallmann intentó una versión de su exitoso Patagonia y lo cerró.

A cinco minutos está el Museo Quinquela Martín donde vivía y pintaba el fabuloso pintor, el huérfano más generoso que tuvo la Argentina. En el segundo piso, lo mismo que en Proa, los ventanales miran al agua y estamos rodeados de sus mascarones de proa, y en el primer piso, la formidable muestra permanente de la Escuela de La Boca. Con su propia obra junto a la de sus colegas Lazzari, Victorica, Daneri, Diomede, Tiglio y el increíble cuadro desde su estudio de Fortunato Lacámera, en una guía muy breve.

París, como Buenos Aires, es inagotable para recorrerla. El turista es sólo una primera capa, al que le falta un up-grade para llegar a viajero.

Y La Boca termina con ventaja sobre Montmartre en este paralelo al paso porque tiene una Usina del Arte excepcional en lo que fue la vieja compañía eléctrica Italo. En el barroco edificio reciclado hay un auditórium para más de mil personas. En estos días para escuchar tangos y recordar que Aníbal Troilo nacía hace un siglo, igual que Julio Cortázar.

Con una diferencia notable. La entrada es gratuita, mientras en las calles de Amélie lo único que no tiene precio es una passeggiata, una caminata dicho en italiano porque sigue siendo un retazo de Génova.

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