Colonia, el encanto de la herencia histórica y la serenidad uruguaya

A sólo una hora de barco desde Buenos Aires, este remanso de sol, playa de río, multicultural legado y digna gastronomía, justifica siempre una nueva visita y merece una renovada mirada
Aníbal Mendoza
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18 de mayo de 2014  

Si en Uruguay, más allá del aspaviento de verano, la belleza suele emparentarse con el bajo perfil, Colonia asume el papel de atracción comedida. Pero sus encantos, no por mesurados, son menos apetecibles. Funcionan como los buenos cantores de tango: no berrean ni declaman, cautivan a media voz.

El mismo Río de la Plata que Buenos Aires escamotea en la mayor parte de su extensión, del otro margen engalana una costa con playas de agua dulce en sincronía con el carácter de la ciudad, con vientos frescos y árboles que arropan al visitante y le ahuyentan los berridos de la urbe.

La opción para el viajero es guiarse por la lógica del city tour o dejarse llevar. Colonia cumple con lo que promete en cualquiera de los casos. Sus cinco mil plazas de hotel suelen hospedar al turista de fin de semana o en verano, al de vacaciones al uso. La modalidad del viaje del día también suele atraer a miles de viajeros durante todo el año.

El orden del itinerario es lo de menos. Se puede comenzar por un paseo por la Rambla hasta el Real de San Carlos. En colectivo, en caminata a la vera de la Rambla -sólo para atletas de vocación-, a través de una bicicleta o moto de alquiler.

El camino ya tiene sus méritos -una ribera crepuscular, santuario de viandantes solitarios-, aunque al final del recorrido la recompensa se presenta bajo la silueta de una plaza de toros. Lo que parece una ilusión óptica en medio de la nada es el coso menos usufructuado de la historia, con apenas un centenar de corridas desde que fue inaugurado en 1910 hasta la prohibición de la actividad dos años después.

La sensación de extrañamiento se acrecienta de cerca. El edificio de estilo morisco duerme el sueño de los justos a la espera de su rehabilitación, desamparado desde hace años por los avatares del clima y el desinterés de múltiples gestiones. Su decadencia, a pesar de todo, permanece fotogénica y evoca las venturas del siglo pasado. Una firma española se encargará de su diagnóstico y tratamientos potenciales para su vuelta al ruedo como monumento.

Si el viajero decide enfilar para el centro histórico, las marcas de la historia se le ofrecen en menú degustación. En 1995, la Unesco declaró al casco viejo de Colonia del Sacramento Patrimonio de la Humanidad, lo que la compromete a preservar en condiciones su fisonomía, tarea en la que los mismos habitantes arbitran de centinelas.

Desde su fundación en 1680 por la flota de Manuel de Lobo hasta su adscripción al Estado Oriental del Uruguay en 1828, la ciudad fue la niña de los ojos de la disputa interimperial entre Portugal y España, lo que la llevó a izar y arriar banderas de una u otra soberanía. En algunas calles, ambos legados se sobreimprimen o se desafían con gracia.

Una comedia de enredos

La traza del centro histórico de la ciudad es de origen portugués, con piedras cubiertas en forma de cuña, en caída hacia un desagüe central. Se trata de un trecho de 12 hectáreas hacia el oeste que fue separado del resto del territorio por una muralla, reconstruida en el siglo XX. Como una colección a la calle que se completa con el foso, la puerta, el puente fijo, el puente levadizo y los bastiones. Algunos fueron restaurados y otros reciclados entre 1950 y 1991, período en que el también llamado barrio Sur adoptó la estampa que tiene en la actualidad.

La muralla delimitaba el alcance de la civilización. Del otro lado permeaban el pasto y el peligro, tierra de abono para malandras y foráneos, que a ojos locales convivían en la misma persona. El cerco se construyó para ponerle freno a la apetencia española de tomarla por la fuerza y el cometido se cumplió. Hoy, la Puerta de la Ciudadela es la foto oficial para los viajeros que la circundan.

La Calle de los Suspiros puede extractarse como una infografía a escala real de la historia de la ciudad. La gobierna un rancho portugués de 1750, de piedra a la vista, con dinteles cortos, y su vecina inmediata es una típica construcción española, a la que le sucede una propiedad moderna que no rompe la escuadra.

El nombre del pasaje inspira unas cuantas conjeturas que ensalzan el mito. Entre las más populares, una teoría lo adjudica a los gemidos de los esclavos condenados a muerte, otra a las procaces soflamas que las prostitutas consagraban a los soldados provenientes de la Plaza de Armas.

La mélange de lo contemporáneo con lo antiguo le dio prestancia, y hoy Colonia presume y vive de resguardar esa herencia. Sin embargo, en algunas construcciones, los reinos en disputa dejaron en evidencia sus problemas de consorcio. En el medio de la Plaza de Armas yacen los cimientos de la Casa de los Gobernadores, que llegó a ser el edificio principal de la antigua posesión portuguesa y que los españoles tiraron abajo a la primera de cambio. La iglesia de enfrente, considerada la más antigua de Uruguay, testimonia piedra sobre piedra la dinámica del conflicto.

La basílica del Santísimo Sacramento inició su andadura como rancho de paja y adobe, luego el gobernador Sebastião de Veiga Cabral ordenó reformarla con piedra y cal. Más tarde sobrellevó un sitio español de dos años, quedó maltrecha, y ya en el siglo XIX soportó un incendio y un rayo, aludido en los diarios de expedición de Darwin. Sobrevivió a las diez plagas de Egipto y ahí está, con su mixtura de estilos y su austeridad jesuita, transformada en refugio de algún perro callejero que aprovecha el recogimiento para dormir la siesta.

Enfrente de la plaza mayor, un portal de estilo español anuncia la entrada al Museo Portugués. Cerca de allí, el Museo Español se erige en una construcción portuguesa neoclásica. Como si la historia fuera el sustrato de una comedia de enredos.

El viajero puede contemplar también el entramado de las ruinas del convento de San Francisco Javier, que cobija el faro y la casa en que vivió el virrey Cisneros, el almirante Brown y otros huéspedes ilustres. También merecen una visita los otros museos -ocho en total-, donde la historia se otea desde los mimbres, los botones, la vajilla. Hacia la ribera, el puerto de yates se cuela en la panorámica de otro tiempo.

La calle Ituzaingó reviste de línea divisoria entre la ciudad antigua y la nueva. Dentro de su perímetro sólo hay posadas. Fuera de él, la ciudad adquiere la forma de un poblado de provincias, con sus perfumes de comarca y sus ambiciones de distinción. Sillas en la puerta, mates y termos revestidos en cuero.

La avenida General Flores, la arteria principal, acoge los supermercados, las firmas, el shopping, alguna galería. También los bares para probar los clásicos de la coctelería vecina: un medio y medio de caña y vermut, o una grapa con limón. Aunque algunos lugareños reconocen que el vodka también cotiza en alza, desde que la firma UPM (ex Botnia) proveyera al departamento de mano de obra calificada, finlandesa y sedienta.

A los omnipresentes chivitos y la gastronomía de toda la vida -de carácter rioplatense-, muchos locales le adosaron el salvapantallas de gourmet. Pescados y mariscos frescos, pastas y parrilla siguen a la orden de la comanda. Sin embargo, la querencia por los platos abundantes prevalece como marca de la casa. Como para volver al puerto con los deberes hechos.

Datos útiles

Cómo llegar

Ida y vuelta en el día: pasaje con el buque Eladia Isabel (3 horas): desde 535 pesos.

Pasaje en buque rápido (1 hora): desde 849 pesos. www.buquebus.com

Dónde dormir

El Radisson Colonia del Sacramento Hotel &Casino, referencia de los cinco estrellas de Uruguay, se ubica junto al Río de la Plata, a una cuadra del centro histórico. Ofrece 60 habitaciones de estilo europeo, aunque antes de fin de año contará con quince más. Entre otros servicios cuenta con restaurante de vista panorámica a la ribera, piscina exterior sobre el río, salas para congresos y business center. También sumará pronto una piscina vidriada con vista al río. El hotel dispone de gimnasio, solárium, sauna, jacuzzi interior y una amplia agenda de entretenimientos, entre los que se destaca el casino al que se accede directamente desde el hotel. El hotel cuenta con servicios claves para crecer en el turismo de congresos, como salas de recepción de 150 personas, acceso a Internet de alta velocidad y servicios gastronómicos de primer nivel. La ampliación de las habitaciones significará también la posibilidad de incrementar la oferta para la realización de eventos empresariales.

Precio de la habitación en base doble, con desayuno: desde 150 dólares.

Dónde comer

Restaurante lounge bar Del Carmen. Como parte de la oferta del Radisson, destaca por sus platos de pescados, mariscos y pastas, además de los clásicos chivitos, entre otras opciones.

Más información

www.radissoncolonia.com

www.turismo.gub.uy

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