Como un rey en viaje de aventuras

Así se siente el que visita Yacutinga Lodge, un refugio en medio de la vegetación
Así se siente el que visita Yacutinga Lodge, un refugio en medio de la vegetación
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25 de enero de 2002  

El complemento ideal de una visita a las Cataratas es una experiencia en la selva. Para aprender a mirar cuando el horizonte es un conjunto desordenado y compacto de árboles, lianas y penumbra, que supera los 20 metros de altura. Para volver a escuchar: mudar los oídos del ruido del centro, desterrar los ecos de la economía y recordar cómo era el silencio... ¡Sh! Ahora sí, dejar que la masa verde se exprese.

Por su diversidad, la selva paranaense es una de las regiones naturales más ricas del país. Cuenta con más de 2000 especies de plantas, más de 400 de aves y 70 de mamíferos, además de los insectos.

Una de las carácterísticas principales de la selva es la presencia de varios niveles de vegetación, desde el suelo hasta las copas de los árboles más altos. Cada uno tiene distintas especies y es la casa de animales específicos. Las copas del palo rosa, el laurel negro y el anchico colorado forman parte del estrato emergente, muy cerca de la luz y poblado de halcones negros y águilas; el piso de la selva es el estrato más bajo y está dominado por musgos, hongos y serpientes. Entre los dos, existe un universo de variantes.

"La selva es un lugar extremo -sentencia Alberto, uno de los guías-. Podés escuchar los gritos de un grupo de pecaríes alborotados y, al rato, estar envuelto en un silencio intrigante.

Turismo sustentable

A 60 kilómetros de las Cataratas, el Refugio de Vida Silvestre Yacutinga es un zoom al corazón de la floresta. El lugar tiene 570 hectáreas y un objetivo principal: promover el turismo sustentable.

"En la Argentina, la selva está poco promocionada, tal vez por esa razón el 99 por ciento de nuestros huéspedes es extranjero", explica Carlos Sandoval, el propietario, que destaca que Yacutinga es un lodge , palabra del inglés antiguo que hace referencia a los paradores rústicos usados por los reyes entre castillo y castillo.

Y exactamente así es como uno se siente durante unos días allí, como un rey en un viaje de aventuras. Las habitaciones son rústicas, pero muy comfortables y están diseminadas en la selva. Durante la noche, como hay mosquiteros las ventanas quedan abiertas, y el canto de las chicharras se cuela en los sueños de los pasajeros. Por la mañana, bien temprano, desde el hall íntimo de la habitación, se ve cómo el picaflor ermitaño procura el néctar de una flor con su larguísimo pico curvo.

Dijo Atahualpa: "Para el que mira sin ver, la tierra es tierra nomás". En Yacutinga, el que se anime a mirar viendo (vale tener largavistas) tendrá premios. No se trata de un viaje para dos personas ni de cifras millonarias, pero sí de imágenes primordiales.

¿El primer premio? Ver cómo un carpintero cuello canela perfora un tronco, mientras escupe la madera con el pico... Cada vez más profundo hasta que no le queda otra que meter toda la cabeza de pintitas adentro del hueco y seguir con ahínco. ¿El segundo? Aprender cuál es la planta del palmito y, en la próxima salida, reconocerla. ¿Uno más? Levantarse a las 5, hacer una caminata y sentirse ínfimo frente a la naturaleza salvaje. ¿El último? Plantar un árbol nativo para contribuir con la recuperación de la selva.

Mañana de conquistas visuales

  • Uno de los paseos imperdibles de Yacutinga es la salida para avistar aves por el barroso río San Francisco. La única condición es levantarse a las 5, que no es poco decir. Medio dormidos, los visitantes caminan entre lianas, orquídeas y telarañas hasta un embarcadero. Una vez a bordo del gomón, mientras los guías reman y la selva despierta, es necesario parar las orejas y abrir bien los ojos. "Ahí tienen una golondrina ribereña, que anida a orillas del río, dentro de la tierra", dice el guía. Y todas las cabezas giran, los prismáticos enfocan y éste es sólo el comienzo de dos horas para anotarse, como mínimo, una decena de conquistas visuales.
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