Cruce de los Andes: una familia ciclista en la Patagonia

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2 de junio de 2019  

Soy un fanático de las dos ruedas. Para mí, no hay viaje que llene más el espíritu que el que se hace arriba de una bicicleta y en compañía. La sensación de libertad cuando se recorre el paisaje, se hace ejercicio y se comparte con compañeros de ruta, es única.

Por eso, para la última Navidad, decidimos hacer con mi mujer y mis tres hijas de 28, 25 y 18 años el cruce de los Andes en bicicleta por el paso Pérez Rosales, cerca de Bariloche. Tengo 58 años y me costó un poco convencerlas dado que, salvo para mi hija más chica, que juega al hockey y tiene un estado físico envidiable, el esfuerzo sería importante.

Volamos a Bariloche y mandamos en camión las bicicletas, que cuando llegamos a la hostería, cerca de Puerto Pañuelo, ya nos esperaban. Salimos a probarlas para chequear que todo funcionara correctamente, en especial cambios y frenos, fundamentales en la montaña. Al día siguiente, con una mañana a pleno sol, nos embarcábamos en Puerto Pañuelo para la primera navegación hasta Puerto Blest. Llegamos después de casi dos horas a través del brazo Blest del lago Nahuel Huapi, en un paisaje espectacular, y desde ahí pedaleamos 3 kilómetros planos hasta Puerto Alegre, donde nos embarcamos en un segundo catamarán hacia lago Frías; 20 minutos hasta al puerto homónimo, donde hicimos los trámites de migraciones.

Ahí empezó la verdadera travesía. Primero 4 km de empinada subida por la selva valdiviana. Las mujeres, quejándose un poco porque ni siquiera con el plato 1 y el piñón más grande atrás, lograban subir pedaleando. Además, con las alforjas, las bicicletas pesaban casi el doble, así que la subida se hizo más caminando y empujando que pedaleando. Pero después de casi 2 horas alcanzamos el hito fronterizo.

Fotos de rigor y sándwiches de jamón y queso preparados antes de partir, y a seguir la aventura. Ahora, con 7 km de dura bajada del lado chileno, poniendo a prueba los frenos y los brazos, en medio de una vegetación exuberante y con la impresionante vista del cerro Tronador.

Siguieron 18 km por el valle del río Peulla, bastante planos pero de un ripio muy malo, así que la velocidad promedio no superaba los 10 km/h. Lo bueno que tiene este cruce es que los únicos vehículos que lo recorren son el bus turístico y el camión que lleva los equipajes de turistas (un viaje de ida y uno de vuelta por día), ideal para el ciclista.

Todos los Santos

A las 16.30 llegamos exhaustos a Peulla, caserío pintoresco del lado chileno. Después de los trámites migratorios de entrada, nos alojamos por dos noches en el único hotel a orillas del lago Todos los Santos, donde nos esperaba Chiara, nuestra hija más grande, que vive en Santiago y había llegado con su pareja unas horas antes, en bici, por supuesto.

Después de brindar en Navidad con pisco sour, cruzamos en el tercer catamarán el lago Todos los Santos; descubierto un 1º de noviembre, llamado también lago Esmeralda por su bello color.

Al llegar a Petrohué, en el otro extremo del lago, desembarcamos las bicicletas y empezamos a pedalear por una espectacular bicisenda que, en suave bajada, nos condujo hasta Ensenada, sobre el Llanquihue, el segundo lago más grande de Chile. Al caer la tarde empezamos a divisar el cono perfecto del volcán Osorno.

Dormimos en un B&B confortable, en el bosque, y al día siguiente comenzamos el pedaleo por la senda que bordea el lago, 25km hasta Las Cascadas. Etapa dura, con muchas subidas y adrenalínicas bajadas (¡el tacómetro me llegó a marcar 55 km/h!), pero siempre con la compañía del lago a nuestra izquierda y el volcán Osorno a la derecha. Nos alojamos en unas cabañas sobre el lago y a la tarde hicimos una linda caminata hasta la cascada que da nombre al sitio.

Nos esperaba al otro día la parte más exigente, 40km de interminables subidas y bajadas hasta Puerto Octay por camino de ripio sin tránsito, así que pedaleamos muy relajados aunque con mucho esfuerzo físico.

Pare de sufrir

Puerto Octay es un pueblo detenido en el tiempo, tuvo su auge como puerto maderero a fines del siglo XIX, cuando la única forma de sacar la producción maderera era por barco. Dormimos en un hotel de 1894.

Al día siguiente tenía planeado llegar a Puerto Varas, 50km, pero el grupo femenino venía bastante cansado. Se hacía difícil, con tanta subida y bajada y la bici muy cargada, pedalear sin pasar el umbral del sufrimiento. Eran nuestras vacaciones, no una competencia y nadie nos apuraba, así que por decisión de la mayoría paramos en Frutillar, siempre cruzando campos de un verde intenso con lindísimas casonas de estilo alemán típicas de esta zona colonizada a mediados del siglo XIX.

Brindis en Puerto Varas

Frutillar tiene su encanto, con un elegante paseo que bordea el lago, el lindísimo teatro en madera nativa y el museo de la colonización. Admirable lo que hicieron estos alemanes hace casi dos siglos donde había solo bosques, lagos y montañas. Fue por un acuerdo entre los gobiernos chileno y alemán, Chile necesitaba poblar el sur del país, y les ofreció a los alemanes interesados una parcela de tierra, animales y herramientas para trabajarla, y así arrancaron.

Después de una buena cena con cerveza artesanal dormimos en unas lindas cabañas en Frutillar Alto y al día siguiente penúltima etapa hasta Puerto Varas (20km). Nos agarró una fuerte lluvia, típica del sur de Chile, así que llegamos empapados. Pasamos Año Nuevo disfrutando de un lindo espectáculo a orillas del lago, con fuegos artificiales, música y baile.

El día 1º nos despedimos de nuestra hija que volvía a Santiago para reintegrarse a su trabajo, y encaramos la última fase, completando la vuelta al lago hasta Ensenada y desandando el camino de regreso por Petrohué, el catamarán a Peulla, el cruce los Andes hacia la Argentina.

Nos reencontramos con Puerto Blest felices por haber logrado lo que parecía imposible: pedalear en familia 250 km entre lagos, ríos y montañas.

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