Cuando la tortuga le gana a la liebre

No siempre los aviones son el medio más rápido de viajar
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31 de mayo de 2009  

Hace varios años comprobé que Esopo tenía razón en su fábula y que la liebre podía ser más lenta que la tortuga. En 1990, entre Washington y Nueva York había un puente aéreo y me quedé varado durante varias horas por el mal tiempo. Estaba a sólo 370 km y con un tren o un bus habría llegado sin problemas, pero ya había despachado mi equipaje. Hace poco me pasó en Rosario, a 306 km de Buenos Aires, y me salvé al darme cuenta. Cancelé el pasaje, tomé mi valija y fui a la terminal de ómnibus para llegar rápido a casa.

Ahora repetí increíblemente mi error al volar de Miami a Orlando. Si bien los aviones, igual que las liebres, son más rápidos que los trenes o los autos, pueden perder frente a las tortugas. Cuento mi historia porque muchos piensan que el avión es el medio más rápido, y se olvidan que no lo es en distancias de hasta 400/500 km y con problemas de seguridad y meteorología, donde ganan la vía o las ruedas sobre tierra.

Por carretera, en una autopista se cubren los 373 km en unas cuatro horas, respetando los límites de velocidad. Si en lugar de alquilar un auto preferimos el tren, hay dos servicios diarios de Amtrack que cuestan 34 dólares y casi lo mismo en varios ómnibus hasta los mismos parques. La oferta es muy amplia para competir con los aviones, que están a un promedio de 60 dólares.

Todo esto lo sabía y sin embargo me equivoqué. En mi caso, después de la corta experiencia positiva que había tenido en Europa con las aerolíneas de bajo costo, quise hacer lo mismo. La mayoría usa Fort Lauderdale, un segundo aeropuerto, y fui pasajero de la línea South West. Viajé casi una hora desde Miami Beach y tuve que llegar con la misma anticipación que a cualquier otro aeropuerto porque los controles son similares, largos y fastidiosos. Salí de Miami Beach a las 7.30 y llegué a mi hotel en Orlando a las 11.45. En resumen, sólo gané unos minutos y muchas molestias.

El problema fue el regreso porque estaba lloviznando y no tomé la precaución de averiguar si había demoras para el horario de SW de las 14.25. Despaché mi equipaje y ahí me enteré que el vuelo se pasaba a las 15.25.

Luego, de hora en hora, se producía un anuncio igual. Había dejado de llover, el cielo se aclaraba, pero seguíamos varados y al mejor estilo que conocemos los argentinos, sin ninguna explicación. En realidad, como explicaba un volante, frente a problemas técnicos o meteorológicos no tenían que hacerse cargo. El vuelo recién salió a las 20.30, con seis horas de atraso para un trayecto de 45 minutos. Las maletas estaban en Fort Lauderdale y eso era un misterio. ¿Cómo las habían llevado si los pasajeros no se pudieron mover de Orlando?

Apurado por llegar al aeropuerto de Miami no advertí que mi valija tenía el alma pasada por agua, y no hablemos de la ropa hecha sopa. Afortunadamente llegué justo, cuando estaban a punto de cerrar las puertas de mi embarque a Ezeiza. Otras personas tuvieron que dormir en los hoteles del aeropuerto a su propio costo porque nadie les reconocía ningún derecho por la demora.

Hasta aquí un culebrón contemporáneo que pude haberme ahorrado con sólo recordar la fábula de Esopo.

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