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De un saque al césped de Wimbledon

Por María Emilia Salerni Para La Nación
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25 de agosto de 2000  

El jueves 22 de junio empezó el viaje a Wimbledon. Me encontré con mi hermana en el aeropuerto de Zurich, y de ahí volamos juntas a Londres.

Como siempre, al aterrizar estaba lloviendo. Habían sido muchas horas de vuelo desde Buenos Aires, y todavía faltaba llegar hasta la Universidad de Rockhampton, donde nos alojaríamos.

Empezamos preguntando por los buses y subtes, y terminamos tomando un taxi que parecía salido de un dibujito animado. El viaje hasta la Universidad era largo y estábamos tan cansadas que nos dormimos.

Nos alojamos en el departamento D207 y poco después comenzó el torneo. Jugué singles y dobles todos los días. Llovía, paraba, volvía a llover, y yo estaba cada vez más ansiosa.

Aliento vía Internet

Por cábala no llamaba a la Argentina, y sólo me comunicaba con mi familia vía Internet. Me levantaba 8.45 -porque el desayuno cerraba a las 9- y después salía para el club, donde entraba en calor y me preparaba para los partidos.

Los días se sucedieron y conseguí avanzar hasta la final del 8 de julio. Empecé perdiendo, el partido se suspendió por lluvia y nos llevaron a una piecita con televisor, heladera y un montón de comida y bebida. Estaba muy nerviosa, pero por suerte pude revertir el resultado y en dos sets gané el partido.

Cuando terminó el dobles de caballeros, todos los finalistas salimos al balcón de la cancha central. Ahí estaba el duque de Kent -que yo no tenía idea quién era y después me enteré que es el primo de la reina y presidente honorario de Wimbledon-, y él mismo nos entregó la copa.

Claro, después de tanto protocolo, cuando volvimos a la Universidad queríamos festejar, pero como llegamos pasadas las 22, la cena había cerrado y apenas conseguimos encargar una pizza y una gaseosa por teléfono.

La noche siguiente fue la fiesta oficial en el hotel Savoy. Elegimos vestidos -como es un festejo tradicional el club ofrece el vestuario a los invitados-, nos cambiamos en 5 minutos y salimos.

Como siempre, llovía, y andábamos con los vestidos y los tacos corriendo de acá para allá. Por suerte, el hotel era hermosísimo y la comida riquísima. Había figuras como Pete Sampras y muchísimos jugadores que ganaron el torneo años atrás. Yo no los conocía a todos, porque Wimbledon se juega desde 1877, y había algunos de hasta sesenta y ochenta años. El club no distingue entre campeón profesional o campeón junior. Para él todos son campeones de Wimbledon, y lo seguirán siendo toda la vida.

Al llegar a Ezeiza, después de participar en torneos profesionales en Italia y Alemania, me sorprendió que algunas personas me reconocieran. Me esperaba un grupo de periodistas y la gente se acercaba, me abrazaba y me pedía autógrafos. En fin, ahora es tiempo de disfrutar de todo esto y seguir trabajando sin dormirme en los laureles.

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