Punta Cana: delicias de la vida all inclusive

En el extremo este de la isla caribeña, una pulsera oficia de pasaporte a un mundo regido por el principio del placer, con vista al mar
Aníbal Mendoza
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25 de octubre de 2015  

PUNTA CANA.– El all inclusive, cualquiera que sea el destino que lo gestione, asume el estatuto de una civilización aparte. Allí el turista, una vez que completa el formulario y paga la cuenta, saca la sortija para dar rienda suelta a su gomorra: beber y comer sin límites, hacer la plancha y que lo vengan a buscar. Una suspensión de la incredulidad en primera línea de mar, lejos de las leyes de los hombres, sin tener que rendirse a la superioridad moral de las verduras. Sólo existe un mandamiento: hacer fiaca. Poner, como sugiere la canción de El Niño Gusano, la mente al sol.

Consolidada como un commodity de turismo internacional, Punta Cana es pionera del formato, con más de cuarenta complejos distribuidos en un trecho de otros tantos kilómetros que la convierten en el principal destino de ocio de la República Dominicana, con más del 60 % del flujo de sus visitantes.

Destino confiable y seguro desde que asumió su condición de monocultivo de resorts, la localidad ubicada en la costa sudeste del país reúne un menú infalible de atractivos vuelta y vuelta: un mar turquesa, arena fina, cocoteros en sincronía, servicios y accesos desde todos los puntos cardinales.

Los argentinos le van tomando el gusto. En lo que va de 2015, el flujo de turistas nacionales hacia República Dominicana creció más del 15% respecto del año pasado, según los datos de la Oficina de Promoción Turística de ese país. Si bien Punta Cana es la vedette, otras playas crecen a la sombra de sus palmeras. Puerto Plata –catalogado entre los mejores destinos para viajar en 2015 por la revista Time–, Samaná y La Romana afloran en el mapa como alternativas a la vidriera principal del Caribe.

Entre los que plantan bandera en estas costas están quienes buscan el filón de sol y playa o los que acomodan la agenda para jugar al golf, participar de congresos y colgarse la mochila para la aventura. Entre todos, sumaron 94 mil viajeros en los primeros ocho meses de la temporada, doce mil ingresos más que en 2014.

Para que no queden dudas de la apuesta, Punta Cana y todos los demás afluentes tributan a sus visitantes con amabilidad a tiempo completo. En el cruce del Atlántico con los primeros chapoteos del Mar Caribe, la cortesía es razón de Estado, en un país con cinco millones de turistas al año que configuran desde su bolsillo el primer ingreso de divisas de su economía.

Desconexión sideral

Desde el vamos, un clima cálido y húmedo acompañará al viajero hasta que le sellen la salida. Nada que suponga un riesgo para la inversión. En el aeropuerto ayudan unos ventiladores gigantes como molinos de viento de techo y la conciencia de que, a sólo media hora, espera un litoral calcado al que se ofrece en la postal.

Por lo general, las prestaciones de los all inclusive se acomodan a todos los bolsillos. Hay palacetes victorianos con camas tamaño king y mobiliario de madera. O cuchitriles minimales con floreros que transforman la escasez en estilo. Desde todos los frentes cumplen el pacto de suministro a tiempo completo. Los clientes disponen de suficientes pasatiempos como para que toda su energía intelectual y emocional esté dirigida a rumiar quién pide la siguiente ronda.

Como ocurre en los cruceros, para atisbar el grado de afinidad entre el viajero y Punta Cana bastará con sortear las puertas del buffet. En primer plano se disponen los jugos de frutas en fila india, desde maracuyá al tamarindo, con más stock que el sombrero de Carmen Miranda. Le siguen los huevos revueltos y el plátano frito para adosar color local. El cuadro lo completan los comensales y su rito de la repitencia sin reclamos.

La noche, para variar, es una kermesse de estímulos para devotos de las cadencias bullangueras como el merengue, primo hermano del cuarteto cordobés. En los programas de todos los resorts se cuela por los parlantes un popurrí latino a base de salsa, reggae de cotillón o bachata de alta rotación.

Los bares disponen de una barra surtida de tragos non stop recreados por camareros de sonrisa contagiosa. La piña colada y los margaritas romperán el hielo y la providencia se encargará de repartir suerte.

Una vez repuestos de las promesas de la noche, cumplimentados los antojos, el día renueva la expectativa de otra panzada inmune a la agenda de lo real. Los kilómetros de playa tientan para nutrirse de una ración de naturaleza. Las aguas cálidas invitan a los deportes náuticos, las sombrillas inducen a mantener el estado de contemplación.

De gira

La realidad, de a poco, adquiere esa dimensión flotante y a contraluz de la ensoñación. Pero si algún entusiasta decide desertar un rato de la pachorra vale la pena hacerse una excursión a la isla Saona.

Desde el puerto de Bayahibe, distante a pocos kilómetros de Bávaro Beach, parten unas lanchas o catamaranes rumbo al Parque Nacional del Este. En la primera parada hay unos bancos de arena pavimentados de estrellas de mar donde los viajeros bracean a sus anchas en las piscinas naturales, convidados con ron y gaseosas y el bombo machacoso de un reggatón.

Cuando los tripulantes retoman el timón, el horizonte devela los cocoteros de una reserva natural rica en manglares, playas de vocación salvaje y fondos coralinos. Un ecosistema que cobija santuarios de aves, manatíes, iguanas y escolta un poblado de pescadores con casas de madera de color pastel. El itinerario comprende un almuerzo con minutas locales y una barra provista de cerveza y tragos para amenizar la jornada de playa hasta el atardecer que reclama el regreso al hotel.

Una opción es enfilar a los Altos de Chavón, la réplica de una villa mediterránea del siglo XVI trasplantada al Caribe. De entrada, todo remite a fanfarronada de magnate del azúcar aunque sus calles cortadas a cuchillo, sus fachadas de sabor toscano, sus edificios levantados con querencias de artesanato justifican la visita. Los mentores del proyecto tiraron la casa por la ventana y se trajeron a Frank Sinatra para inaugurar el anfiteatro para cinco mil personas en 1982. Sabían lo que hacían. La Voz inició una saga de visitas de celebridades que la adoptaron como refugio. Como plató de Hollywood, allí templó su carácter el coronel Kurtz de Marlon Brando en el rodaje de Apocalypsis Now.

Otra salida de tono que paga en especias es la visita a Santo Domingo. El camino desde Punta Cana está demarcado por plantaciones de caña, los aquí llamados batey cuya mano de obra proveen los inmigrantes haitianos.

A poco más de 200 kilómetros que prescriben en estos parajes unas tres horas de ida y otras tantas de vuelta se yergue la bellísima ciudad que fue primera colonia del Nuevo Mundo y que goza del status de patrimonio de la humanidad desde 1990.

De todos los senderos posibles, la lógica impone el paseo por una traza de calles que acumulan los designios de la historia. Su jurisdicción está delimitada por el puerto, el Malecón de siete kilómetros que ladea la ciudad al mar y el margen del río Ozama. En el interior de la Zona Colonial se apelotonan palacios fortificados que honran la llegada de Colón; el Alcázar donde vivió su hermano, Bartolomé; la Antigua Calle de las Damas, en la que cada casa es una biografía de América. Palacetes y casonas que cobijaron a los frailes dominicos que legaron el nombre al destino, la primera Universidad del continente, los estertores de la capilla de la fundación. El circuito, en estado permanente de puesta en valor, devuelve la estampa de un pasado en obras. A la vuelta hay tiempo para continuar la farra hasta que la pulsera aguante.

Datos útiles

Cómo llegar

Lan vuela desde Buenos Aires vía Lima hasta Punta Cana. Desde: US$ 957.

Paquetes

Las agencias de viaje ofrecen los paquetes de una semana a Punta Cana, con avión, traslados y hotel all inclusive, desde $ 35.000 por persona. Los precios varían según la categoría del hotel y la fecha del viaje.

Moneda

1 dólar: 45 pesos dominicanos

(Los restaurantes y tiendas de souvenir aceptan dólares).

Excursiones

Isla Saona: 99 dólares por persona (incluye almuerzo y bebida).

Isla Saona (más Altos de Chavón): 169 dólares por persona (incluye almuerzo y bebida).

Comida, diversión, menú de almohadas y mayordomo

El Iberostar Grand Hotel Bavaro, reservado a adultos mayores de 18 años, es el primer establecimiento de la cadena en la isla perteneciente a la línea The Grand Collection, que busca reconciliar las prestaciones all inclusive con el confort de los paradores de lujo.

El resort dispone de 273 suites de lujo equipadas con TV LCD, reproductor de DVD, mini-bar con licores premium al gusto del huésped. Ofrece servicios de comida y bebida a la habitación 24 horas. Los baños son de mármol con doble lavabo y cuentan con servicio de concierge y mayordomo con asistencia personalizada para la reserva de cenas, selección de menú de almohadas y otras atenciones. Desde US$ 249 por persona la noche, con impuestos incluidos.

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