Donde las piedras hablan

Por María Gloria Ladislao
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2 de marzo de 2008  

El festival en homenaje a los 100 años del nacimiento de Atahualpa Yupanqui fue la ocasión que nos hizo conocer Cerro Colorado, el lugar que el músico eligió para vivir. Saliendo de la ruta 9 por un camino lateral, entre subidas y bajadas repletas de la vegetación típica del norte cordobés, llegamos al valle donde se encuentra el pueblo. El lugar fue habitado por los comechingones, que en las pinturas rupestres dibujaron su vida: cóndores y guanacos; telares; guerreros emplumados y la llegada del español, a caballo, con riendas y casco. Otras pinturas (puntos, líneas sueltas, geometrías) no han podido ser descifradas.

Toda una raza hablaba y se contaba cosas en los aleros de piedra, cosas a las cuales no tenemos acceso más que en el silencio y la admiración. Hay otras piedras, en el cerro y en los caminos, que no están pintadas, pero también hablan. "Algún algo han de tener/aunque parezcan calladas/ No de balde ha llenao Dios/ de secretos la montaña."

Los picapedreros lugareños trabajan la roca con métodos artesanales de extracción y pulido, y la convierten en cimientos y columnas de las casas. Los arroyos y las vertientes que bajan de los cerros empapan la tierra colorada y arcillosa de los fondos de las casas, donde la toman las artesanas, que la moldean y hacen jarritos y adornos para el visitante. Es una de las formas de llevarse algo del lugar. De cualquier modo, la tierra insistente seguirá metida varios días en la ropa y la piel. La casa de Yupanqui, al pie del Cerro Colorado y junto a un río, es lugar de reunión, de asado y guitarreada. El piano, la guitarra y la máquina de escribir aún están en su sitio, y nos hacen pensar cómo será componer música en el silencio de este paraje solitario, si aquí, como escribió el poeta, hasta las piedras tienen algo para decir.

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