Dubai, del desierto a los malls

Elisa Taharian
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29 de julio de 2012  

Ver el afiche y decidirme a realizar el viaje no me llevó más de un minuto, por lo que me felicité una y otra vez durante mi estada.

Deslumbrante fue llegar al aeropuerto de Dubai y ver la magnitud de su arquitectura lujosa. Su gente sorprende por su calidez humana, su amabilidad y, al mismo tiempo, irradia esa paz y respeto heredados de culturas milenarias.

Dubai es el emirato de más infraestructura de los siete que integran los Emiratos Arabes Unidos.

Es una ciudad en pleno crecimiento, como ningún lugar en el mundo. Está poblado de edificios altos de vidrio y acero, diseños hermosísimos, escarpando el cielo, en busca del infinito.

El Mall of the Emirates sorprende con la pista para esquiar techada, que semeja al mejor cerro nevado natural. El Dubai Mall, con sus 1200 locales, es el centro comercial más grande, lleno de lujo.

La venta de oro por metro o con las máquinas expendedoras, como si fueran latas de gaseosas, como las islas artificiales, que aprecié maravillosamente del último piso del Burj Al Arab.

La experiencia del safari con las colosales dunas doradas, la arena escurriéndose entre mis dedos.

La emoción de andar a toda velocidad por las alturas de las dunas con la 4x4.

La experiencia de escribir el nombre de mis cuatro hijos en la arena del desierto de Arabia. En esa gran inmensidad donde te sentís libre y gritás el nombre de cada uno en la cima de las dunas y queda flotando en el aire, sobre el desierto.

Montar en camello, que son las estrellas en la historia de los nómades, está relacionado con sus supervivencias en el desierto.

Visitamos la granja de los camellos y de los halcones. Luego del safari nos recibieron en un campamento beduino, disfrutamos la mágica puesta del sol en el desierto y nos agasajaron con sus comidas típicas. Sus olores y sabores me hicieron remontar a mi niñez con esos aromas a los platos elaborados por mi madre. Generosamente nos sirvieron el aromático té. Para mí fue como volver a casa.

Disfrutamos de los bailes con la seducción de los movimientos oscilantes de la danza del ombligo. Nos llevamos en la piel un tradicional dibujo con henna. Todo fue un espectáculo emocionante, sobre todo por la experiencia de volar en globo aerostático.

Compartimos conocimientos y nos maravillamos con la hospitalidad árabe.

Aquí, la religión musulmana se vive con intensidad. En la mezquita de Abu Dhabi, la capital de todos los emiratos, hay un reloj con piedras semipreciosas que señala las cinco horas del rezo en el día. Flores en las columnas con incrustaciones de piedras y ornamentaciones bañadas en oro. Bello, imponente y espiritual.

También hay que destacar el edificio más alto del mundo con 828 metros, la torre Burj Khalife, con 124 pisos.

El Burj Al Arab, diseñado en forma de vela, legendario y simbólico hotel de 7 estrellas, con su gran fuente de aguas danzantes, oro y cristales Swarovski. El Atlantis the Palm, grandioso, en la isla artificial La Palmera.

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