El gran truco de viajar sin almanaque

Con el sueño de recorrer el mundo sin fecha de retorno, una pareja de argentinos, que partió hace 15 meses y ya conoció 22 países, ofrece shows de magia como forma de subsistencia, duerme en casas defamilia y organiza charlas para transmitir su experiencia
Martín Wain
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21 de agosto de 2011  

En la escuela primaria, cuando una maestra le preguntó qué iba a ser cuando fuera grande, Dino Feldman respondió: turista. "Mi papá decía entonces que yo era como el cometa Halley, ya que mi cuerpo seguía a mi cabeza sólo por el hecho de estar pegados. Siempre fui inquieto, ansioso y curioso. También crecí viendo documentales y soñando despierto con algún día pisar esos lugares", cuenta este argentino de 40 años, que está en Perú junto con su mujer, Aldana Chiodi, aunque podría estar en cualquier otra parte.

Juntos partieron a Brasil hace quince meses, cruzaron a Europa, recorrieron Asia y volvieron al continente, con shows de magia como medio de subsistencia y la premisa de conocer aun más gente que lugares. "Viajar sin fecha de retorno fue siempre el sueño de Dino y su eterna definición de libertad -cuenta Aldana-. Yo amo la vida en la naturaleza y mi carrera de geógrafa social me permitió descubrir un montón de lugares y culturas. Pero esta forma de recorrer el mundo fue siempre su anhelo, quería dejar todo e irse. Hasta que un día le dije: hagámoslo ."

La pareja se traslada a dedo o "siguiendo al viento y los vuelos baratos". A través de la red de viajeros CouchSurfing ( www.couchsurfing.org ) consigue alojamiento y vive en cada sitio a muy bajo costo. "Además de comer en puestos callejeros y caminar mucho o tomar los buses más viejos, lentos y sucios, difícilmente pagamos una excursión -detalla Aldana, por e-mail-. A veces decidimos no ir los dos a los mismos lugares. Por ejemplo, la entrada para ver a los pandas en China costaba 8 dólares. Entonces yo no fui, porque no me interesan mucho los animales y a Dino le encantan. Con esos dólares ahorrados, almorzábamos dos o tres veces."

Así lograron conocer regiones de Brasil, Holanda, Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Rusia. Mongolia, Vietnam, Camboya, Tailandia, Laos, Malasia, Singapur, Sri Lanka, India, Turquía, Alemania, Venezuela, Colombia y Ecuador. Claro que antes de esta aventura a largo plazo, tampoco se quedaban quietos.

"Nos privábamos de muchas cosas durante el año para viajar en las vacaciones, que solían ser de dos o tres semanas. Todos los años, cuando se acercaba la fecha, los amigos nos preguntaban: ¿Y este año dónde se van?", agregan. Juntos habían recorrido Uruguay, Chile, Bolivia, Perú, Cuba, Guatemala, México, Marruecos, China, España, Italia, Francia y Hong Kong, además del interior de la Argentina.

"A los 40 y 35 años, se supone que en un país como el nuestro, con las crisis recurrentes y la forma en que nos criaron a la mayoría (con la idea de que a esa edad uno debe tener su casa, su auto, sus hijos y un buen lugar en la carrera profesional), tomar estas decisiones es más difícil. Salvo los hijos, teníamos todo. Por eso cuando lo contamos, algunos nos tratan de héroes -por hacer algo que muchos quieren y no se animan- y otros de locos."

El pasaje para cruzar de vuelta el Atlántico tenía validez por un año, de manera que regresaron al continente en mayo y desde Caracas comenzaron a bajar por el planisferio, sin apuro, pero con un objetivo: transmitir su experiencia. El viaje se convirtió entonces en un proyecto educativo que los lleva por escuelas rurales, bachilleratos, universidades y ONG, combinando magia, charlas y debates. "El proyecto parte de la idea de que la ignorancia es la madre de la intolerancia. Dar a conocer otras costumbres, a través de fotos y anécdotas en nuestro caso, es una manera de luchar contra eso. Sin considerarnos expertos en nada, quisimos aportar un granito de arena", explican.

La página de Magia en el Camino ( www.magiaenelcamino.com.ar ) muestra su recorrido y funciona como bitácora, con testimonios propios y de los nuevos amigos.

Sillones y sueños compartidos

CouchSurfing.org pudo ser apenas una moda en el mundo del turismo (pasajera, como todas), pero se convirtió en una gran herramienta para tres millones de personas dispuestas a surfear de sofá en sofá con tal de viajar y recibir gente en sus casas, de cualquier lugar del mundo.

"Tuvimos muy lindas experiencias, aunque obviamente con algunas personas tenés mejor onda que con otras. Pero gracias al couch, en Vietnam pudimos ir a Halong Bay de una manera muy diferente a hacerlo con un tour, o fuimos a ver un partido de hockey sobre hielo con nuestros anfitriones en Omsk, Rusia, y uno de fútbol entre Pekín y Shanghai con unos chicos de China. Tratamos de conocer las culturas, costumbres, religiones, comidas, etcétera, todo a través de la gente de cada lugar. Nos ayudó mucho esta red de viajeros", agregan.

Además de viajeros, Dino es ingeniero en sistemas y buzo aficionado, y Aldana profesora de geografía social y periodista. Venden fotos de los destinos para pagar parte de los costos y buscan patrocinadores a futuro, con la idea de continuar con las charlas por el continente, aunque ya basados en su casa de Villa Devoto. Su objetivo es hacer viajes de una o dos semanas, con sus anécdotas a cuestas, las presentaciones en PowerPoint, fotos para proyectar en las paredes, la valija con los trucos de magia y algunos mensajes "que intentan dar el empujoncito que muchos necesitan para cumplir lo que quieren, que no tiene que ser un viaje, sino cualquier cosa -concluyen-. Como dice Sabina, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca, jamás, sucedió".

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