El olor a ropa limpia de Lisboa

Francisco Pardo Urrejola
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30 de octubre de 2011  

Podría partir así, como tantas veces, haciendo pelotitas con las migas del pan o quitándote una pestaña de la mejilla y diciéndote que pidas un deseo (elige, arriba o abajo), y luego girando mi mano para que el abajo que no salió sea el arriba, y así todo siga como se supone y los aviones continúen volando y los perros durmiendo al sol.

Podría partir diciendo que esa misma mano, pero de bruma, me acarició la frente a las 4.15 de la mañana de un viernes, sentado frente a una añeja puerta cerca de Plaza de Comercio mientras miraba embobado la luz naranja de un farol con la que Lisboa me decía que sí, que ahí es, que su perfume a mar era exactamente lo que necesitaba a esas horas en las que perderme fue lo mejor que podía haber hecho (take a walk on the wild side, no, Lou?). Y a la mañana siguiente abrir la ventana del tercer piso y dejar que el sol y el olor a ropa limpia inunden todo por dentro y por fuera, porque –¿te lo había dicho?– creo que hay pocas cosas en la vida que se me hacen tan irresistibles como el olor a ropa limpia. Lo encuentro hasta estúpidamente esperanzador.

El asunto es así: uno está ahí parado frente al quiosco de los diarios, revisando titulares, y viste lo que son las cifras del paro y no sabés lo que son los goles de Messi, y de pronto una ráfaga de lirios. O flores de verano o cualquiera de esos apellidos que ponen en las cajas de detergentes. Y bueno, para mí Lisboa es eso. Es el perfume del detergente por sus callecitas de cuento. Es la intimidad expuesta en los calzones colgados en la calle al sol. Aunque también es el olor a café, intenso, cargado, que se toma al paso, en dos sorbos para seguir caminando por los rincones de los rincones de la ciudad. O el de sus castañas asadas, o de la madera vieja de sus tranvías amarillos, o el bacalao seco, o la naftalina de algunos de sus tantos negocios familiares.

Aunque si me dieran a elegir, metería en una botella el café, el detergente y el mar, y de alguna manera haría un incienso para encender cuando la saudade se instale. Como ahora, cuando recuerdo a los tipos jugando a los dados en ese barrio de mala muerte, donde una prostituta me lanzó un beso haciéndome sentir extrañamente halagado.

¿Cómo se hace? ¿Cómo se quita una ciudad de la piel? ¿Cómo hago para conformarme con una cerveza Mahou en el Malasaña madrileño cuando prefiero una Sagres en un mirador de Graça? ¿Cómo hago para gustar de los grises edificios de Santiago y olvidarme de la epidermis de azulejos de las construcciones lisboetas?

Saudade. Prendan un incienso. El olvido como forma del recuerdo, diría Caparrós.

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