En busca de las raíces judías de España

De Segovia a Córdoba, un circuito por las juderías de siete ciudades para descubrir el pasado multicultural del país y la herencia de una comunidad que fue expulsada del territorio hace 500 años
Teresa Bausili
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29 de junio de 2014  

Hay temas que en ciertas sociedades son tabú. Que forman parte de una amnesia larga y cultivada. Así como en la Argentina tuvimos a los negros (y no uno o dos candomberos, sino que hasta un tercio de la población del país era afrodescendiente a fines del siglo XVIII), España tuvo sus judíos. Miles de familias que convivieron con cristianos y musulmanes, que se reprodujeron, que trabajaron (en el comercio, la medicina, la matemática, la astronomía, las finanzas, la actividad textil...) y que prosperaron en Sefarad, la denominación hebrea que designa a la península ibérica. Durante la Edad Media, de hecho, la población judía de España fue la más numerosa y la de mayor importancia económica y cultural de todo Europa. Pero (siempre hay un pero) pronto vinieron las persecuciones, las matanzas y la propaganda antisemita. Como colofón, en 1492 los reyes católicos firmaron el edicto de expulsión, y aquellos judíos no conversos debieron marcharse, previa expropiación de todos sus bienes. Los que se fueron y sus descendientes son los sefardíes.

Más de cinco siglos después, España ha invertido 25 millones de euros de sus arcas públicas (nada poco para un país que atraviesa una crisis dramática y un paro sin precedente) en la recuperación del legado sefardí. Hoy son 24 los municipios que forman parte de la Red de Juderías, una asociación que se abocó a rescatar y reivindicar aquel patrimonio que durante siglos fue negado, ocultado, despreciado.

La herencia sefardí, sin embargo, pervivió a lo largo del tiempo en usos y costumbres que hasta los mismos españoles ignoraban. Por ejemplo, es muy común la expresión voy a hacer sábado en referencia a la limpieza a fondo de la casa. Y se dice que proviene de los judíos conversos que quedaron en España. Que, en un esfuerzo desesperado por demostrar su cristianismo, trabajaban más que nunca en refregar y sacar brillo a sus hogares el sábado, precisamente el único día que en la religión judía está dedicado al descanso y la oración (shabbath). Porque la Inquisición se había especializado en detectar hasta el menor rastro de fe judía entre los conversos, que fueron perseguidos con saña y furor incluso en el Nuevo Mundo (En La gesta del marrano, Marcos Agunis describe las penurias sufridas por los juedeoconversos en el virreinato del Perú).

Lápidas con inscripciones hebraicas que fueron reutilizadas como materiales de construcción, un ajuar desenterrado de casualidad, documentos que evocan la presencia sefardí, sinagogas reconvertidas en iglesias o conventos... Son piezas materiales que aún quedan de la España de las Tres Culturas. Pero que no quede nada no significa que no estuviera. Porque también están las huellas intangibles, lo que se sabe de un templo que ya no existe, de un ritual, de la vida en las juderías.

Estas últimas surgieron en la Edad Media y llegaron a ser excepcionales centros de saber. La filosofía, la ciencia y la cultura se concentraban en las llamadas aljamas, que tenían leyes y tribunales propios, y eran independientes unas de otras. Pero lo cierto es que los judíos fueron arrinconados y obligados a vivir en barrios segregados, que solían estar rodeados por murallas y sus puertas se cerraban al anochecer. Por un lado era una forma de protegerlos de la ira cristiana (una hostilidad fomentada, entre otras causas, por el hecho de que los judíos recaudaban la mayoría de los impuestos). Por otro, una clara muestra de la creciente persecución que terminaría con su sentencia y expulsión.

Pretender recorrer en detalle todas las juderías de España es como querer dar la vuelta al mundo. Se puede, en cambio, conocer algo de aquel pasado multiculural desandando las huellas de algunas de sus aljamas más famosas, más sorprendentes, más insospechadas.

Segovia

A 100 km de Madrid, Segovia sea tal vez más conocida por sus cochinillos, su espectacular acueducto romano o los palacios de los florecientes siglos XV y XVI, antes que por su judería. Así y todo, la aljama segoviana albergó a judíos durante tres siglos. Llegó a contar con cinco sinagogas (se conserva una; en todo España hay cuatro), dos carnicerías, dos escuelas, un hospital y un cementerio del que se obtienen las mejores estampas de la ciudad (está fuera de la muralla, en la ladera sur del valle del río Clamores, entre un camino regado de amapolas y la pelusa blanca de los olmos).

Aunque la mayoría de los judíos segovianos eran artesanos y pequeños comerciantes, había también personajes tan encumbrados como Abraham Seneor, rabino mayor de Castilla y banquero de los reyes católicos. Seneor se convirtió al catolicismo en 1492 y murió un año después (¿acaso del disgusto?). En el lugar donde se emplazaba su casa-palacete, mucho más importante que las modestas viviendas del barrio, funciona hoy el Centro Didáctico de la Judería. Entre objetos y paneles explicativos hay un audio que recrea la historia de la antigua sinagoga mayor.

No es una historia menor: en 1410, unos judíos quisieron profanar una hostia en el templo hebreo, arrojándole agua hirviendo. Pero he aquí que la hostia salió volando como si, en lugar de agua, la hubieran empapado con Red Bull. Semejante falacia, así de absurda como suena, bastó para que los acusados fueran arrastrados y desmembrados, y la sinagoga expropiada. Rebautizada como iglesia del Corpus Christi, el templo conserva su bella traza original.

Hervás

"Siempre que me pongo a hablar de los judíos la Iglesia me toca las campanas", bromea el historiador Marciano de Hervás, mientras que por las callecitas estrechas de este enclave rural retumban los cristianos repiques.

Al pie de la sierra de Béjar, entre arroyos y bosques de cuento, Hervás es un pueblito construido a pura fantasía. Con adobe, piedra, vigas de castaño entramadas y fachadas tapizadas de tejas.

Fue en esta localidad extremeña donde se estableció la primera comunidad hebrea, allá por el siglo XV. Pero lo poco que se sabe es que en 1492 vivían en Hervás unas 45 familias judías. Con la promulgación del edicto de expulsión, muchas de ellas se exiliaron en Portugal, y las que quedaron se convirtieron al cristianismo, formando la Cofradía de San Gervasio (nombre ligado al de Hervás).

La judería es un barrio caótico, irregular y encantador. De casas arracimadas, calles empinadas y vendedores de cerezas, vino de pitarra y cestos de castaño. La calle más angosta de España es la travesía del Moral y está en la judería de Hervás. Tiene apenas medio metro de ancho, por la que los peatones pasan raspando.

Por lo demás, se conservan los nombres de algunas calles como Sinagoga o Cofradía. En la actual calle Amistad Judeo-Cristiana, número 15, está la casa donde se elaboraba el vino kosher, la Casa de la Cofradía. En cuanto a la sinagoga, la tradición oral la sitúa en la calle Rabilero.

Un refrán recuerda, desde hace siglos, que en Hervás, judíos los más.

Plasencia

Cuando el rey castellano Alfonso VIII fundó esta ciudad en 1186, a orillas del río Jerte y en un valle que en mayo explota de cerezos en flor, lo hizo con un lema: sería para el placer de Dios y los hombres. De allí derivó el nombre de Plasencia, una ciudad al norte de Extremadura (a unos 250 km de Madrid) cuya arquitectura medieval recuerda su pasado de nobles, caballeros, clérigos y artesanos.

Para quienes vivir aquí no fue tan placentero, aunque recién a partir de 1412, fue para la comunidad judía. Ése fue el año en que cerca de 1500 judíos fueron confinados a vivir en el barrio marginal de la Mota. No sólo eso: se los obligó a llevar una señal bermeja cosida en la ropa y a dejar crecer su barba (a su vez, las mujeres debían cubrirse la cabeza), se les prohibió ocupar cargos públicos e incluso emigrar a otras ciudades, bajo amenaza de ser reducidos a la esclavitud. Y en 1477 se sumaría una nueva desventura, cuando judería y sinagoga –"la mejor y más antigua que había en toda Extremadura", según documentos de época– fueron derribadas hasta sus cimientos para levantar el convento de San Vicente Ferrer (hoy Parador de Turismo). La construcción de una segunda sinagoga y judería se mudaría a la calle Trujillo, pero duraría lo que un relámpago, porque la expulsión definitiva de los judíos sobrevino pocos años después (la sinagoga pasó a ser entonces la iglesia de Santa Isabel).

Hoy, entre pasajes de arcos semicirculares y calles donde convive La Casa del Jamón con el Abuelo Mayorga (un histórico muñeco forrado de latón, encargado de dar la hora sobre la torre del campanario), las placas en el suelo recuerdan las casas que pertenecieron a los judíos placentinos: rabí Moshé Caçes, Yuçé de Medellín, Abrahám Cohen, Yudá Caçes, Isay Pachen...

También se recuperó la parte del cementerio judío que sobrevivió a la especulación inmobiliaria, y que se empezó a restaurar hace menos de 10 años, en las afueras de la ciudad. Un inminente centro de interpretación del pasado judío contempla, además de una serie de paneles explicativos, un pequeño mirador que permite divisar y dar mayor protagonismo al antiguo camposanto.

Lucena

Si de necrópolis judías se trata, la del municipio de Lucena (en Andalucía) es la mayor recuperada en toda España, con 346 tumbas documentadas. Como suele suceder en este tipo de hallazgos, el cementerio se descubrió de casualidad, en 2006, durante la construcción de una autopista. En 2011 se hicieron los re enterramientos –los restos habían sido previamente estudiados para obtener un perfil de las enfermedades y el tipo de alimentación de la época, así como del ritual funerario– en una ceremonia con rabinos del Reino Unido, Francia, Alemania, el norte de África y España.

Pocas comunidades judías establecidas en Al-Andalus alcanzaron la encumbrada fama de Lucena, conocida como la Perla de Sefarad y considerada cuna de una importante escuela talmúdica. Todos los cronistas hebreos o musulmanes anteriores al Renacimiento la califican como Ciudad de los Judíos durante los siglos IX-XII. Por eso no se puede hablar de una judería propiamente dicha aquí, ya que la ciudad estaba exclusivamente ocupada por la comunidad judía.

El pasado judío es el gran orgullo de Lucena (o Eli Ossana, Dios Nos Salve, en hebreo), pero no el único. Su aceite de oliva también hace sacar pecho a los lucentinos. De hecho, el olor acre y penetrante propio del residuo que deja su elaboración (el alpechín) flota sobre las casas, las catedrales, los palacios.

"El mejor aciete de oliva del mundo", se jacta Lope López Pedrosa mientras sirve berenjenas sefardíes crujientes con miel, acompañadas por cordero con frutos secos. Su amplio abanico de platos también contempla menús de tradición musulmana como el revuelto mozárabe (bacalao, papas y cebollas). Porque, claro, su restaurante se llama oportunamente Tres Culturas.

Cáceres

Lo que se dice que pasó con los judíos de esta ciudad monumental, Patrimonio de la Humanidad desde 1986, roza ribetes de ficción.

Al parecer, tras ser expulsados de España en 1492, unas 130 familias judías traspusieron las murallas y durante diez años vivieron allí nomás, a escasos metros de sus verdugos. Hasta que fueron descubiertos y echados de una vez por todas.

Lo que se sabe a ciencia cierta es que hubo dos juderías, la nueva y la vieja. Reconocer las casas de la antigua judería es fácil: de una sola planta, blancas y ceñidas a la muralla, son mucho más sencillas que los altos torreones y construcciones en piedra de la Cáceres nobiliaria. El punto neurálgico del barrio es la actual ermita de San Antonio, donde funcionó la antigua sinagoga. En la actualidad, el nombre de la aljama también responde al santo (San Antonio de la Quebrada) y está en el terreno más pedregoso y escarpado de la ciudad. Justamente, el que los cristianos descartaban para levantar sus palacios e iglesias, las mismas que ahora están repletas de gigantescos nidos de cigüeñas. Se calcula que son unos 200 y que atraen a un nada despreciable número de bird watchers. Será por eso que la multa por molestar a estas aves es de... 6000 euros.

Además de las cigüeñas, en esta villa de los mil y un escudos (por la cantidad de blasones familiares que adornan las casas señoriales), premiada tanto por su iluminación nocturna como por sus cortadores de jamón, famosa por su torta del Casar (un esponjoso queso de oveja) y por ser sede de la mayor colección privada de arte contemporáneo de España (Fundación Helga de Alvear), aún viven descendientes de Moctezuma. Pero ésa es otra historia.

Córdoba

La judería de Córdoba es uno de los lugares más visitados de esta ciudad milenaria, detrás de la famosísma Mezquita-Catedral o el Alcázar y sus fastuosos jardines.

Levantada entre los siglos X y XV, hoy es un barrio blanco engalanado de flores, testimonio del núcleo judío que existió en tiempos de romanos y visigodos (aunque fue bajo el califato de Córdoba cuando los judíos vivieron su época de mayor esplendor).

En la calle Judíos se encuentra la sinagoga, construida en 1315 en el estilo mudéjar propio de la época. Se dice que es la más pura de las cuatro sinagogas conservadas en España (además de la de Segovia, hay dos en Toledo), ya que su estructura original no se vio afectada por las posteriores refacciones: tras la expulsión de los judíos fue hospital para hidrófobos, parvulario y capilla del gremio de zapateros.

Frente a la sinagoga, en una construcción del siglo XIV, funciona la Casa de Sefarad-Casa de la Memoria, un museo privado dedicado a la interpretación y puesta en valor del patrimonio sefardí. Su rica colección de objetos –desde bordados en hilos de oro hasta un contrato matrimonial o ketubᖠproviene de Turquía, Marruecos, Italia, Holanda y demás países de la diáspora sefardí. "Hasta vino una turista de Kazakhstán de apellido Hernández y origen sefardí", comenta Rafael, uno de los responsables del museo. En España, se sabe, quedó poco y nada de aquel legado.

Al final de la calle Judíos se abre la plaza de Tiberíades, donde se emplaza la célebre estatua de Maimónides. Médico, filósofo, rabino y codificador de la ley judía, Maimónides es el más ilustre de los cordobeses (nació aquí en 1135 y murió en Egipto en 1204), incluso de los judíos nacidos después de Moisés. La leyenda urbana dice que todo aquel que frote sus pies recibe parte de su sabiduría. Así que no es de extrañar que los zapatitos en punta de la escultura tengan un lustre especial.

Ávila

Pese a contar con copiosos documentos que hablan de la importancia y riqueza de la comunidad judía abulense durante la Edad Media, Ávila (a 100 km de Madrid) conserva muy pocos restos arqueológicos que dan cuenta de aquella presencia.

He aquí lo que se sabe: que la antigua sinagoga, llamada de Belforad, se reconvirtió en la capilla de Nuestra Señora de las Nieves. Que la tradición oral sitúa la casa del rabino en un hotel que conservó buena parte de las zonas originales de la vivienda (como una cruz grabada sobre una puerta, signo con el que los cristianos nuevos marcaban sus casas para evitar problemas). Que la actual calle Reyes Católicos era un hervidero de comercios y talleres regenteados por judíos. Que el cementerio judío se buscaba en el Sur y apareció finalmente en el Norte, hace apenas dos años. Que el jardín Moshé de León recuerda al sabio hebreo que escribió El Zohar o Libro del Esplendor, la obra principal de la Cábala.

Todo ello, a la sombra de una catedral magnífica que los judíos ayudaron a levantar con sus impuestos.

Por lo demás, esta ciudad encerrada en ese cinturón de 88 torreones y 9 puertas que es su descomunal muralla invita a perderse entre sus palacios medievales, sus iglesias románicas y los omnipresentes recuerdos de Santa Teresa. Es que todo lleva el nombre de la hija dilecta de Ávila: monumentos, museos, conventos, plazas, calles y hasta el sushi Santa Teresa (además, desde luego, de las famosas yemas teresianas).

A propósito de la santa, se sabe que era nieta de un judío converso que llegó a Ávila huyendo de Toledo. Más o menos por la misma época en que los judíos fueron confinados a vivir en torno de la puerta de la Malaventura. Que para los judíos ciertamente lo fue, pues por ella abandonaron su ciudad en 1492.

También en Google Maps

La Red de Juderías nació en 1995 a partir de una iniciativa de la municipalidad de Girona, que planteaba la posibilidad de desarrollar un proyecto común de recuperación del patrimonio judío. Desde restaurantes capaces de ofrecer gastronomía sefardí hasta señalización que permita identificar los barrios judíos, capacitación de los guías de turismo (con formación específica en la cultura judía) u oferta cultural ligada con la herencia sefardí, la Red no dejó fuera ningún servicio ni producto turístico relacionado con el tema.

Es más: gracias a un acuerdo con Google Maps, desde www.redjuderias.org se pueden explorar los antiguos barrios judíos a través de mapas o cronogramas interactivos.

Reparar un error histórico

Hace 500 años fueron expulsados y ahora, el gobierno español –que reconoció su error histórico– los invita a volver: acaba de aprobar un proyecto de ley que concede la nacionalidad española a los descendientes de los sefardíes que demuestren una "especial vinculación con España". Se calcula que son tres millones los sefardíes repartidos por el mundo.

Cómo llegar.

Iberia. La aerolínea de bandera española ofrece hasta dos vuelos diarios y directos entre Buenos Aires y Madrid. En su hub de la T4 (calificada como la tercera mejor terminal del mundo), Iberia ofrece un avanzado sistema de check-in para poder facturar en 30 minutos (también permite a los clientes imprimir las etiquetas de su equipaje). Dentro de la nueva clase Business cabe destacar las camas completamente planas de casi 2 metros, además de los menús diseñados por 4 chefs españoles que suman 12 estrellas Michelin. En tanto, el servicio gastronómico en Turista está basado en la dieta mediterránea. Aquí también se reformaron las butacas (más ergonómicas) y el sistema de entretenimiento a bordo (con pantallas individuales y táctiles de 9 pulgadas).

www.iberia.com

AVE. El Tren de Alta Velocidad de España ofrece numerosos horarios diarios para el trayecto Córdoba-Madrid y viceversa. El resto de los municipios y ciudades queda en un radio cercano a la capital española, de modo que se pueden recorrer en auto.

Dónde dormir

. En la Red de Paradores de Turismo de España. www.parador.es

Dónde comer. Todas las ciudades que forman parte de la Red de Juderías incluyen restaurantes capaces de ofrecer comida sefardí. Entre ellas:

En Segovia: El Fogón Sefardí; www.lacasamudejar.com

En Ávila: La Bruja; www.la-bruja.es

En Plasencia: Casa Juan; www.restaurantecasajuan.com

En Cáceres: La Tahona de Oleum; calle Felipe Uribarri, número 4

En Lucena: Tres Culturas; Herrerías, 2

En Córdoba: Casa Palacio Bandolero; www. restaurantebandolero.com

Más información

. www.redjuderias.org

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