Escrito en la arena

Punta Cana fue concebida para el turismo y hoy ofrece una concentración de resorts que la ubica entre las grandes protagonistas del Caribe todo incluido
Diego Cúneo
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24 de noviembre de 2013  

PUNTA CANA.– Ni bien se desembarca en este aeropuerto se siente que se llegó al corazón del Caribe. No sólo por el intenso calor y la altísima humedad que golpean a los que vienen de latitudes más frescas, sino por el aire distendido y la buena onda que transmiten los lugareños.

Punta Cana existe por y para el turismo. En el extremo oriental de la República Dominicana, no por nada tiene una de las mayores concentraciones de resorts del Caribe. Fue fundada en función de satisfacer una demanda que buscaba un lugar distinto y especial para vacacionar. Sus habitantes lo saben y lo hacen notar. Cordiales, amables, reciben con una sonrisa y se muestran curiosos por el origen del recién llegado: "A los argentinos parece que les gusta mucho Punta Cana porque siempre tenemos viajeros de allí. ¿Hace frío en Buenos Aires?", dice la oficial de Migraciones ni bien recibe el pasaporte.

Fuera del aeropuerto, bajo un sol inclemente, taxis, combis y camionetas de lujo van recogiendo a los turistas (en su mayoría parejas de luna de miel), fundamentalmente de Estados Unidos y Europa. Una vez dejada atrás la amable estación aérea, con techos de quincho y enormes ventiladores que parecen las hélices de un avión, el viaje hasta el resort dura menos de media hora. En el trayecto aparece otra sensación: a diferencia de muchos otros lugares de la región, aquí lo que sobra es vegetación: palmeras de todo tipo, manglares, bananos y decenas de otras especies conforman una selva cerrada y verde, muy verde, que sólo se ve interrumpida por esa larga lengua de asfalto que es la nueva autovía que conecta esta ciudad con la capital, Santo Domingo.

Al llegar a destino (el Paradisus Palma Real, específicamente el sector Royal Service) todo invita al relax. Piscinas enormes con barras en el medio que sirven tragos indiscriminados con bebidas de primeras marcas se distribuyen en medio de centenares de reposeras, cada una con una toalla lista para usar, mientras un ejército de camareros va de un lado a otro trayendo y llevando copas y platos de comida para que nadie tenga siquiera que moverse de su lugar para comer.

El mismo concepto de confort se aplica para llegar a las habitaciones: distribuidas en módulos alejados del gigantesco y siempre vivo lobby, se va a ellas en carritos de golf que hacen paradas en medio de los laberínticos caminos que brindan una intimidad impensada.

Más allá, los sectores de juegos para chicos se mezclan con los rincones con actividades para adultos. Y al final, sí, la playa, blanca, suave repleta de palmeras y rodeada por ese indescriptible mar turquesa.

La estada en estos resorts es más que relajada. No sólo porque el personal parece desvivirse para que todo esté en orden, sino porque el concepto de all inclusive (en este caso, de lujo) incluye absolutamente todo (desde tragos y comida gourmet hasta actividades recreativas, paseos en veleros o excursiones para hacer snorkel, uso de bicicletas y más) y permite que el visitante se olvide de todo mientras disfruta los atractivos del lugar.

Color local

Pero como no sólo de resorts vive el hombre, es bueno hacerse una escapada fuera del hotel. Es que del otro lado de las imponentes entradas a estos micromundos, Punta Cana muestra su cara más auténtica. A lo largo de esa extensa franja que bordea la zona hotelera aparecen esparcidos decenas de sectores urbanos en los que se encuentran las viviendas de muchos de los que trabajan en los hoteles, y también donde los locales tienen sus lugares de encuentro.

Con la bachata y la salsa como música funcional, el aire mezcla el olor a la comida regional con el bullicio típico de los pueblos centroamericanos. Bares, pequeños restaurantes, locales de ropa, ateliers de pintura y escultura, tiendas de suvenires y artesanías que venden desde remeras con el clásico I love Punta Cana y pareos de infinitos colores hasta cigarros cubanos de dudosa procedencia y factoría, se pelean el espacio callejero y la atención de los visitantes en busca de alguna venta salvadora. Como no podría ser de otra forma, en esta economía informal a microescala, el regateo reina, y si se va a comprar algo hay que armarse de tiempo y paciencia para conseguir el mejor precio posible (por lo general, hasta menos de la mitad de lo presupuestado).

Este es, sin duda, el lugar para comprar las aquí famosísimas mamajuanas, botellas de diseño colorido que contienen ese brebaje que es bebida nacional, una mezcla de ron, vino tinto, miel y una selección de hierbas, raíces y cortezas de árbol que parece el deleite de los turistas europeos y norteamericanos, y a la que se le atribuyen infinidad de propiedades medicinales, desde calmante de dolores hasta vigorizante sexual...

La caminata por momentos no se hace fácil. Entre decenas de combis, autos y motos, internarse en las calles es una verdadera experiencia, que implica largas charlas con cada vendedor que se acerca a ofrecer todo tipo de mercadería y que invita casi a la fuerza a visitar su local. No faltan vendedores ambulantes ni los amables motociclistas (en realidad, son como taxis encubiertos) que ofrecen trasladar a los paseantes de un lado a otro de favor, aunque los viajes terminen teniendo una tarifa que deberá ser discutida con el conductor.

De noche, el panorama cambia. Con los locales de mercadería cerrados, los bares y las discotecas toman el control, y lugareños y turistas comparten música, tragos y compañía hasta bien entrada la madrugada. Marcia es una joven alta y morena. Con una remera muy corta y demasiado ajustada, tan ajustada como el jean blanco que le calza a la perfección, hace las veces de azafata y relaciones públicas de uno de los tantos minibuses que recorren los resort en busca de clientes para una disco. Mientras invita a subir y enumera las bondades del local cuenta: "Las noches comienzan temprano y terminan muy tarde". ¿Cuán tarde?, es la pregunta obligada. "Corazón, ¡qué pregunta! Aquí la noche termina cuando termina", dispara mientras se le escapa una carcajada y se despide con un guiño de ojos.

Tiempo de descubrimientos bajo el mar

PUNTA CANA.– La lancha alcanza su máxima potencia y vuela sobre las suaves olas del Caribe. Equipados con aletas y snorkel intentamos aferrarnos como podemos a la nave, mientras las risas nerviosas sobresalen por encima del ruido de motores. A pocos minutos de iniciada la travesía, el timonel disminuye la velocidad y deja caer el ancla. Enseguida anuncia que es tiempo de zambullirse. Sin más protocolos nos vamos dejando caer uno tras otro y comenzamos la exploración.

Estamos en uno de los tantos arrecifes que rodean Punta Cana, y el panorama que se ve ni bien uno se acostumbra a las antiparras enamora a primera vista. La gran transparencia del agua permite contemplar cómo de entre las rocas aparecen cientos de especies de formas y colores fascinantes que se mueven entre algas, esponjas, estrellas de mar y corales en formación. Nuestro guía-timonel hace gala de sus conocimientos y con gran seguridad da nombres, datos y precisiones, mientras indica los mejores lugares para nadar. El grupo se dispersa y se vuelve a reunir una y otra vez ante el llamado de quien parece haber hecho un nuevo hallazgo y quiere compartirlo.

El tiempo pasa demasiado rápido y, con gusto a poco, llega el momento de regresar.

Una excursión por la selva con sabor a aventura

PUNTA CANA.– En el extremo sur de esta ciudad, dentro del Punta Cana Resort & Club, se encuentra la Reserva Ecológica Ojos Indígenas. Como anuncia el cartel que da la bienvenida, este enorme oasis verde de más de 600 hectáreas es uno de los secretos mejor guardados de Punta Cana. Y no es exagerada la calificación, ya que no son muchos los turistas que se animan a cambiar la reconfortante rutina de los resort para embarcarse por unas horas en un recorrido selvático con sabor a aventura.

Más de 500 especies vegetales, tanto autóctonas como importadas por los conquistadores españoles, y una decena de animales y aves que sólo se encuentran en esta isla son sólo una parte de lo que se puede apreciar cuando se desandan los tres kilómetros de sendero que permiten recorrer lo más importante de la reserva.

Sin embargo, el atractivo mayor está a pocos minutos de marcha, cuando el camino se bifurca frente a una enorme laguna de agua dulce y fresca de un increíble verde esmeralda; a sus lados se levantan dos pequeñas plataformas de madera sobre las que media docena de viajeros aguardan su turno para lanzarse y refrescarse del intenso calor.

Denominada Guamá es sólo una de las 12 piscinas naturales que se encuentran en la reserva, todas conectadas por un río subterráneo que desemboca en el mar, y que albergan a varias especies de peces y tortugas de agua. Sin duda, un secreto que vale la pena develar.

Datos útiles

  • Cómo llegar

    LAN. Tiene vuelos todos los días (con escalas en Lima, Santiago, Chile, o Miami), con tarifas desde US$ 1176,22. También desde Mendoza vía Buenos Aires, desde US$ 1663,72. Informes, www.lan.com
  • Dónde dormir

    Paradisus Palma Real Resort. En temporada baja, desde US$ 205 por noche por persona en base doble (todo incluido). Temporada alta, desde US$ 322. Informes: www.paradisuspalmareal.com
  • Dónde comer

    Passion: el restaurante dirigido por el reconocido chef Martín Berasategui ofrece un menú degustación imperdible. Está dentro del Paradisus Palma Real y tiene un costo de US$ 50 por persona.
  • Qué hacer

    Buceo: hay salidas programadas con valores desde US$ 250.

    Snorkeling: los resort ofrecen excursiones sin costo de unos 40 minutos para apreciar la vida marina.

    Paseo en Segway: dura aproximadamente dos horas y media durante las cuales se recorren canchas de golf, playas y parte de la reserva ecológica (US$ 79 por persona).
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