Florencia respira bocanadas de arte

Historia y paseos en el Jardín de Boboli
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14 de diciembre de 2001  

FLORENCIA.- Ya se sabe, esta ciudad fue la capital del Renacimiento, ese período histórico de finales del siglo XV y principios del XVI, que significó, un renacer -tras la larga noche medieval- del espíritu humanista, en las artes y ciencias, así como en la política. Aquí nació la democracia moderna; aquí se establecieron nombres clave, geniales: Miguel Angel y Leonardo da Vinci, y está todo dicho.

Florencia respira arte, en sus calles, en cada estatua que surge, en los múltiples museos e iglesias, en sus palacios. Y uno de los más imponentes es el Pitti, sede citadina, entre otros, de los museos de Arte Moderno y del Tesoro de los Médici, fácil de encontrar a mano izquierda si se anda unos 300 metros en línea recta desde el Pontevecchio, dejando detrás la fantástica Galería degli Uffizi.

Este palacio (Pitti era la familia propietaria original) alberga también uno de los espacios más imponentes de esta ciudad, el Jardín de Boboli.

Considerado el jardín a la italiana por excelencia, fue proyectado en 1550 por Niccolò di Raffaello del Pericoli, llamado el Tribolo. Desde entonces, muchas manos han intervenido en su diseño y extensión, cada vez mayor, que presenta numerosos desniveles. Son cerca de 45 hectáreas, profusas de vegetación diversas -matorrales laberínticos, añosos árboles, bóvedas verdes-, casi 11.000 tipos distintos de especies de plantas, en un arco geográfico que, se asegura, abarca tanto como el globo terráqueo.

Un remanso verde

Es difícil pensar que alguien haya imaginado un lugar así, donde las percepciones están masajeadas: el sonido que el agua en movimiento trae; la visión de múltiples elementos marmóreos; el aroma vagamente resinoso.

Vale la pena dedicar una jornada entera aquí, y sorprenderse con los estilos diversos que trae el anfiteatro de estilo romano, coronado por una pirámide egipcia original; el Kaffelhaus, una construcción rococó desde la que se tiene una buena vista de la ciudad; el Paseo de los Cipreses, larga avenida descendiente, flanqueda por árboles de casi cuatro siglos y por esculturas romanas, que remata en la Fuente del Océano. Por supuesto que hay mucho más por descubrir en el Giardino di Boboli, verdadero museo al aire libre.

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