Guadalupe Araoz, la motociclista solitaria que da la vuelta al mundo

Lleva 55.000 kilómetros de viaje sobre dos ruedas, casi siempre sola y con presupuesto mínimo, por América y Asia. Ahora prepara una nueva travesía por África para acercarse a su gran meta de recorrer todo el mundo
Andrea Ventura
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11 de diciembre de 2016  

Mujer, motoquera y viajera solitaria. Tres características que parecerían no llevarse bien juntas, encajan a la perfección en la nueva vida que eligió Guadalupe Araoz.

Esta argentina de 34 años se animó a subirse a una moto por primera vez en un viaje por el sudeste asiático y desde entonces la adoptó como su gran e inseparable compañera de ruta. Ya recorrió en dos ruedas algunos países asiáticos y toda América, de Ushuaia a Alaska, que le sumaron 55.000 kilómetros en el camino. Ahora planea un viaje épico de dos años por África y sigue con la idea fija de recorrer cada país del mundo.

Ella, una moto y las locas ganas por conocer todo de una manera diferente y con un presupuesto mínimo, nada más. Guadalupe pateó el tablero hace cuatro años. Dejó su carrera de Economía y la estabilidad de un sueldo fijo en una empresa multinacional en el mercado de capitales para lograr un sueño: viajar, sacar fotos y escribir sobre viajes para varias publicaciones.

También escribe su viaje en el blog hastaprontocatalina.com, dedicado a su gata Catalina.

Comenzó como mochilera en Asia. Aunque el peso en la espalda le pasaba factura cada noche. Cuando estaba en Indonesia se lesionó un pie y una amiga nativa la convenció de probar con una motocicleta: el alquiler era muy barato y podría descansar el pie.

"En Bali, dos semanas después, me animé a probar sola. Era aprender o aprender. Lo que no me imaginaba era el disfrute y la conexión con la tierra que me traería. El viento te acaricia la cara y te sentís viva. Allá podés manejar como a mí me gusta: lento, en sincronía con lo que te rodea. Casi no hay autos ni camiones: las motos son mayoría. Fue amor a primera vista o a primera subida", recuerda.

Y desde ese debut en dos ruedas no se bajó más, aunque tuvo un accidente en Camboya que la obligó a una larga recuperación.

Tiene un presupuesto de 300 dólares por mes y varias veces se quedó sin plata, sin comida y hasta sin lugar para dormir pero siempre encontró alguien que la ayudó en los momentos más difíciles.

Sus viajes son lo más gasoleros posible: viaja con la carpa para acampar y cocinarse y hace couchsurfing, la comunidad que le permite dormir en casas de locales sin pagar.

Ahora, recién llegada de unir el continente en su pequeña Honda de 125 cilindradas, que vendió en México, está lista para programar la segunda etapa del viaje, primero por España, para comprarse una nueva compañera de viaje y luego intentar desentrañar el Continente Negro.

-¿Cómo te decidiste a dejarlo todo?

-Conocí a una persona en Israel que venía de una comunidad argentina de clase social muy baja y que a pesar de eso logró recorrer el mundo con sus artesanías en plata y mandarle dinero a su mamá. Cuando vi la calidad de las joyas le dije que yo no tenía tanto talento como él y me respondió: "Sólo hace falta que vos ames hacer lo que elijas y que haya alguien más al que le guste, luego irás mejorando". Llegué a mi casa, luego de las vacaciones, y me pregunté: "¿Por qué creo que no puedo si este hombre con muchas menos herramientas que las que me dieron pudo?". Decidí apostar por mí, por el yo puedo.

-¿Te resulta sencillo estar sola en la ruta?

-Por un lado, ser mujer y viajar sola es más fácil en la ruta porque la gente para el auto si la moto está descompuesta, sienten menos desconfianza. La gente en general te trata de ayudar.

Pero el mundo del motociclismo es de hombres. Si bien en el último tiempo las mujeres están comenzando a abrirse paso, el proceso es lento.

Por otro lado están los hombres que, aunque utilices ropa muy cerrada, digas que tenés novio y aclares que sos una monja en viaje, te van a decir algo inapropiado. En América latina me cansó un poco esto al punto que cada vez que me pasaba los enfrentaba diciéndoles que para mí eso era abuso sexual. La reacción automática era pedir perdón y dejarme de hablar. Ahí me di cuenta de que no es que sean malas personas sino que la cultura en la que viven avala ese tipo de actos y les hacen creer que está bien.

-¿Entendés de mecánica?

-Estoy muy lejos de ser experta, pero algo de mecánica sé. Puedo cambiar la cadena y arreglar el carburador, de todas maneras no me pasó nada grave con la moto, todas cosas sencillas. Me gustaría aprender mucho más.

-¿Qué aprendiste viajando?

-Aprendí que el mundo es mucho mejor de lo que te cuentan. Y que ser feliz es algo que tengo que aprender a ser porque es un estado de la mente, algo que se decide a cada momento y no algo que tenés que alcanzar. Aprendí que los momentos malos hay que pasarlos con calma, porque pasan, y los buenos hay que disfrutarlos mucho, porque pasan. Aprendí a quejarme menos y a hacer más.

Aprendí que tener menos simplifica la vida y te permite no distraerte de lo importante, el crecimiento interno y la ayuda que das a lo que te rodea, el amor y la compasión.

Apenas comencé el viaje fue duro. Cada mes me preguntaba si estaba tomando la decisión correcta, si en realidad era una locura del momento a la que le tenía que poner un freno.

Pasé de ser una persona poco positiva a alguien que posa su mirada en los detalles bellos, en lo que sí funciona. A creer que podemos lograr lo que sea que nos propongamos si nos esforzamos, somos flexibles y mantenemos los miedos a raya.

-¿Qué problemas tuviste en los viajes?

-Tuve un accidente grave en Camboya y luego otro nada grave en Guyana Inglesa. En ambos la gente me ayudó al punto de ofrecerme casa, comida, cuidados y ver cómo podía hacer para llegar adonde necesitaba.

Luego me enfrenté a cosas leves como la falta de dinero, de un lugar donde dormir o de comida. En Guyana Francesa acampé con sólo una barra de chocolate y nada de euros para poder comprar al menos pan. A la hora estaba en mi puerta una familia de amerindios invitándome a comer a su casa.

En Borneo, Indonesia, me quedé casi sin dinero, el cajero no funcionaba y no me alcanzaba ni para un hotel ni para pagar la camioneta que te llevaba a Malasia porque había una mafia terrible que encarecía todo para los extranjeros. Una señora me preguntó qué me pasaba y cuando le conté que me querían cobrar 80 dólares por 300 km entró a la agencia a gritarles. Salió con una sonrisa y me dijo que me iban a ayudar. Me cobraron 40, que era todo lo que tenía.

-¿Siempre viajaste sola?

-Viajo sola y eso tiene sus ventajas y desventajas. Estuve un mes en Paraguay viajando con una amiga bloggera. Me encantó viajar con ella pero en general no puedo viajar con quien sea. Es algo muy íntimo, ambos tienen que tener un ritmo parecido, trabajar durante el viaje en algo itinerante y respetarse los momentos de soledad. Me encantaría viajar de a dos pero sólo si nos suma a ambos. No es una necesidad, sola estoy bien y soy feliz.

-¿Por que elegiste África para seguir el viaje?

-Quizás porque después de mi obsesión con Grecia y sus mitos vinieron los cuentos de Karen Blixen. En Asia llegó a mis manos, por cosas del destino, su libro Out of Africa y volví a enamorarme de su forma de escribir y de esa tierra desconocida y salvaje. Soy consciente de que esa África no existe más, que lo que veré será diferente, pero en el fondo quiero encontrar esa África. Tengo muy poco dinero por mes y todos mis amigos viajeros me dicen que es un continente muy caro, que no podré hacerlo con esa cantidad y sin el Carnet de Passage para pasar la moto por las aduanas. Soy consciente de las guerras internas, de los riesgos de estar sola siendo mujer. Aún así me propuse ir.

-¿El viaje se convirtió en un modo de vida permanente?

-A veces me preguntan cómo me veo de acá a diez años y les digo que no tengo idea porque los próximos cinco al menos es muy probable que siga viajando, escribiendo y haciendo videos. ¿En diez años? No lo sé. Puedo parar cuando quiera, hoy me permito pensar así porque me di cuenta de que las obligaciones las elegimos nosotros mismos y decidí tener libertad en ese aspecto. Ahora viajar es mi modo de vida, mi día a día. En el futuro no lo sé, es algo incierto.

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