Historia, cultura y playa en el Adriático

Beatriz Reynoso
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15 de abril de 2012  

Había estado de paso por Croacia, en un viaje a Bosnia en otra oportunidad, y me habían quedado muchas ganas de conocer el país, por un lado, tan castigado por guerras no tan lejanas y por el otro, también de profundas tradiciones y paisajes majestuosos.

Así llegué a Dubrovnik para saldar esa cuenta pendiente. Esta ciudad croata, por demás emblemática, ha sido designada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. No podía ser de otra manera, hasta la familia del gran navegante Marco Polo era de Korcula, perteneciente a la región de Dubrovnik. Definitivamente, este territorio pertenece al mundo.

Es un lugar que enlaza historia y cultura, y que hoy se ha convertido en un importante centro turístico. Es muy visitado en especial por los italianos, por la cercanía geográfica y los costos. El euro rinde de manera muy conveniente para los vecinos del Bel Paese en relación con la moneda local, la kuna.

A Dubrovnik la llaman la noble ciudad y, por cierto, es una de las más bellas de Europa. Está rodeada por una especie de abrazo gigante formado por fortificaciones y murallas, tan necesarias en tiempos pasados, con el color azul soñado del mar detrás.

Llama poderosamente la atención cuando uno camina por sus callejuelas antiquísimas de color blanco, la sensación de libertad que se experimenta. Como dicen los lugareños, a diferencia de otras ciudades que fueron construidas para ser vistas desde las carrozas, éste es un lugar que pertenece al peatón. Es caminando que se descubre y por ende, se conoce la ciudad.

Las casas están cubiertas por tejas rojas como si fuese un manto rojo que las recubre y protege. La piedra es la gran protagonista de la arquitectura; forma parte de las construcciones en general, de las escaleras, de las plazoletas. Diría que es una sutil combinación del espíritu eslavo y el refinamiento veneciano.

Presencié la gran fiesta de la ciudad a través de su Festival de Verano, una expresión artística que estalla por todos los rincones, con las fachadas y las escaleras iluminadas que dan un marco a un evento único e irrepetible: teatro a cielo abierto.

También bajo ese cielo abierto se degustan los placeres milenarios de la región. Comí un apetitoso cordero de Cres, cuyo sabor particular se debe al pasto salado de la isla, muy bien acompañado por un vino exquisito, el plovac.

Muy cerca se pueden descubrir playas fantásticas. A algunas no se puede llegar por tierra firme. Así se arriba a las islas Elafitas y a las costas irregulares de Mljet.

Una tarde decidí conocer una zona de playas e islitas en dirección a Split y con otras personas contratamos a Ante, un croata que trabajaba con los turistas. Vivimos una situación de susto ya que el conductor la noche anterior no había dormido lo suficiente y comenzó a dar muestras de cansancio, entre bostezos disimulados y ojos que se entrecerraban. Empezamos a sentirnos en peligro. Después de un par de curvas medio forzadas, el conductor recapacitó y nos propuso llevarnos a la playita más cercana mientras él hacía una siesta reparadora.

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