La danza de la Candelaria

En Puno, en el sur del país, a orillas del lago Titicaca, una fiesta multitudinaria que no es Carnaval, pero se parece mucho
Daniel Flores
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22 de febrero de 2015  

No todo el año es Carnaval. Hemos vivido engañados. Durante la primera quincena de febrero, en la ciudad peruana de Puno, por ejemplo, no se celebra Carnaval, sino la Fiesta de la Virgen de la Candelaria. Aunque puede verse, oírse y sentirse como algunos carnavales sudamericanos, no hay que confundirse. De hecho, el Carnaval propiamente dicho comienza en Puno recién cuando la Candelaria termina.

La Candelaria es una de las más importantes celebraciones populares en América del Sur, con raíces rastreables hasta cinco siglos atrás. "Febrero llega a Puno y la Candelaria, una Virgen, menuda como un suspiro, se convierte en la reina de una legión de diablos fastuosos, de máscaras alucinantes y pedrerías principescas, que marchan tras ella en satánica tromba." Así la pintó la escritora peruana Alfonsina Barrionuevo. Pero a no dejarse engañar por la música, los bailes, el brillo, los cascabeles de ironía, las cantidades de bebida ni la espuma con la que los chicos te bañan en la Plaza de Armas, frente la catedral. No, nada de Carnaval.

Puno es una ciudad del sur peruano a orillas del lago Titicaca, allá, bien alto, 3800 metros por encima del nivel del mar; una invitación a tomar té de coca y abrigarse bien por las noches sin importar la estación. En noviembre último, la Unesco apuntó a Puno y declaró a esta impresionante fiesta Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Difícil determinar qué significará este reconocimiento internacional en términos cotidianos, pero los puneños definitivamente esperan que la publicidad del asunto impulse el turismo.

Desde hace tiempo Puno se esfuerza por ponerse a tono con la relativamente cercana (a unos 400 kilómetros) e hiperturística Cuzco. No tiene a Machu Picchu, pero sí al legendario Titicaca (dividido entre Perú y Bolivia), el lago navegable más alto del mundo, con los famosos pueblos flotantes de los Uros, ahí nomás, en la bahía de Puno, y también las misteriosas islas de Taquile y Amantani. Además, a sólo 40 minutos de la ciudad se elevan las chullpas de Sillustani, intrigante y, dicen, energético sitio funeral preincaico e incaico. La Candelaria, ahora, aporta todo el color para terminar de cerrar el paquete Visite Puno.

Una día de cancha

Lo fundamental de la Candelaria se concentra en 48 horas (este año fue el domingo 8 y el lunes 9). El primer día se dedica al Concurso de Danzas Mestizas, en el estadio del Club Deportivo Alfonso Ugarte, el más grande de los equipos puneños, con camiseta blanca y franja roja cruzada, a lo River y como la selección peruana. La cancha es similar en dimensiones a la de un equipo de segunda división argentino, pero las tribunas fueron construidas en piedra volcánica, como un templo inca. Los cerros que abrazan a Puno forman una segunda y remota platea.

El programa candelario es de locos: desde las 7 AM (sí) hasta aproximadamente las 18 bailan en este campo casi noventa agrupaciones (comparsas, si esto fuera Carnaval, pero no) entre diabladas, morenadas, waka wakas, caporales y otras categorías difíciles de distinguir para el inexperto. Representan a barrios como Porteño o Bellavista, poblados cercanos como Mañazo, e incluso otras ciudades. Un jurado los evalúa por coreografía, vestuario y actitud. A pesar del gen libertino de la fiesta, los favoritos son los de siempre: la agrupación Diablada Amigos de la Policía Nacional del Perú, con efectivos de esa fuerza, y la Asociación Folklórica Centinelas del Altiplano, del ejercito nacional. Los primeros terminan con 53,06, el puntaje más alto, perseguidos por los militares, con 52,5.

Los conjuntos más populosos suman, como si nada, hasta 1500 integrantes, de 3 a 90 años. Para participar, los bailarines pagan por su traje entre 150 y 250 dólares, según el renombre de la agrupación. Esta posibilidad está también abierta a los turistas extranjeros (como en carnavales de distintas partes del mundo, aunque esta fiesta no lo sea) por el mismo aporte que cualquier vecino.

Se mueven al son de 120 bandas. Casi pura música, sin canto. Para los más folklóricos, ensambles de sikuris. Para los llamados mestizos, orquestas de vientos (trompeta, trombón, saxo y helicón, de la familia de la tuba), platillos y bombos de cancha identificados con grandilocuentes nombres de la talla de Poderosa Banda Espectacular y Original Perú Andino. Estas fanfarrias, un atractivo aparte, aunque curiosamente relegadas a una tribuna marginal, tienen hasta cuarenta integrantes, uniformados con sacos de colores vivos. Más aún, algunas agrupaciones de bailarines contratan hasta cuatro orquestas a la vez para sonar más devastadoramente, juntando 400 instrumentistas como si tal cosa. Para terminar de hacer números, entre bailarines y músicos deben congregarse más de 40 mil fiesteros. En una ciudad de menos de 150 mil habitantes. Un exceso carnavalesco.

Algunas bandas son bolivianas, particularmente de La Paz y Oruro. Los puneños las importan por su talento y porque Puno no alcanza a satisfacer la elevada demanda. También por la connotación de poder detrás de semejante inversión: para traer artistas bolivianos se gastan hasta 25 mil dólares. "Hay temas de afinación, pero es conmovedor escuchar a estos músicos", dice todavía emocionado el maestro Clever Calcina Mamani, director de la Espectacular y Original Banda de Músicos Súper Libertad de Azángaro después de una contundente performance.

Con sol o lluvia

El público alienta, consume ceviche (8 soles, unos 24 pesos), ensalada de frutas (3 soles), Inca Kola y cerveza (dos por 5, incomprensiblemente caliente) y se cubre con paraguas, que tienen una doble función acorde al clima puneño: con minutos de diferencia pueden proteger de un sol bravo o del diluvio. En el estadio, sin paraguas, pero en VIP resguardado, está Yamila Johanny Osorio Delgado, presidenta regional de Arequipa. Con sólo 28 años es la más joven que haya ocupado el cargo, pero algunos plateístas protestan a la distancia porque su único mérito sería haberse coronado Miss Camaná. Aunque cuando Yamila pasa junto a ellos con sonrisa de reina de belleza y les estrecha la mano o les deja un beso, todos parecen más que complacidos.

Afuera, Puno también es una fiesta. Aunque el concurso se desarrolla dentro de la cancha, las agrupaciones no se conforman con sus seis minutos y continúan bailando afuera, especialmente por la peatonal Lima.

El segundo día pone aún más a prueba el espíritu y el compromiso. Es el desfile de las mismas 90 agrupaciones del día anterior: cuatro kilómetros de marcha eufórica por las calles de Puno, con una pausa reverencial ante la imagen de la Virgen de la Candelaria, en las puertas de la vieja iglesia de San Juan Bautista. Arrancan a las 7, con pronóstico meteorológico reservado, pero a media tarde se larga una lluvia sin ninguna reserva, que pronto se convierte en granizo XL. A Eloy Rodríguez, uno de los ¡1500! integrantes de la Morenada Orkapata, se le rompió el taco de una texana azul en pleno baile y tuvo que entrar en boxes, en este caso una zapatería del mercado central. En cuanto se sentó ante el zapatero que lo auxiliaría, afuera el cielo comenzó a desplomarse en forma de cubitos. "¡La Virgen me quitó de la calle a tiempo!", asegura Eloy, mientras mira por una ventana del primer piso de la feria y espera que amaine sin quitarse el traje celeste y blanco, máscara de gorila bajo el brazo. Empresario transportista puneño residente en Barranco, Eloy regresa al pueblo cada febrero por lo de la Candelaria, como muchísimos inmigrantes. "Nada de lo que tengo es realmente mío, sino de Dios y la Virgen; yo sólo lo administro y por eso vengo a agradecer", dice este próspero cincuentón que pagó 180 dólares para sacudirse con la Orkapata. En este momento es el único seco del elenco.

De todos modos, el temporal no detiene a nadie. La lluvia es parte de las tradiciones de la Candelaria, pero ni se les ocurre cambiar de fecha o mudar todo a un predio techado. "Sería como colocarle un elevador a Machu Picchu", descarta Eloy, a punto de retornar al ruedo. Así que los vendedores de capas de nylon están listos, como siempre, para atender la altísima demanda, y en minutos tanto artistas como espectadores se encuentran relativamente a cubierto. El vestuario no luce tanto, pero el show continúa, como se debe.

Por la peatonal Lima, a la noche, la fiesta efectivamente sigue, pero la onda es distinta: los límites entre artistas y público se disuelven en un único baile entre muchos peruanos y algunos alemanes, argentinos, bolivianos, franceses y norteamericanos. Así continuará, ya sin lluvia, pero con kilolitros de cerveza Pilsen Trujillo hasta las 7 de la mañana, en honor a la mamacha Candelaria. Y eso que el Carnaval todavía ni empezó.

Una celebración con cinco siglos de tradición

El origen de la Fiesta de la Candelaria hay que buscarlo en el siglo XVI, durante la conquista. Fue entonces que se construyó la iglesia de Copacabana (hoy Bolivia, a algo más de cien kilómetros de Puno), adonde se llevó la imagen de esta Virgen, importada de Tenerife. "En Copacabana había un centro ceremonial fundamental para los pueblos andinos. Y la estrategia evangelizadora era localizar, destruir y reemplazar los templos importantes por iglesias, así que así se hizo", relata Juan Palao Berastain, investigador de profundo conocimiento en expresiones culturales del altiplano puneño. Aparentemente ajeno a toda forma de bullicio, Palao es sin embargo un experto en la historia de la Candelaria. "Había órdenes muy precisas de reemplazar los ritos paganos por celebraciones católicas –cuenta–. Así fue cómo en Copacabana, donde los pueblos originarios bailaban cada febrero a la Pachamama, por la fertilidad de la tierra, los españoles impusieron la fiesta de la Virgen europea, el 2 de ese mes. Si iban a cantar y bailar, que lo hicieran en la iglesia." Sin embargo, en lugar de sustitución el fenómeno fue de sincretismo entre lo católico, la música y las danzas andinas y el carnaval europeo, en una nueva fiesta que no tardó en expandirse por toda la región, hasta el norte argentino. Recién en el siglo XX, en la década del 40, los intelectuales del Instituto Americano de Arte, en Puno, reivindicaron aquella celebración y comenzaron a organizarla más formalmente, con desfiles y concursos de cada vez más agrupaciones, hasta tomar la dimensión con la que la conocemos. "Estas danzas se convierten en una manifestación de identidad cultural y también en una expresión de poder económico y político, por eso los conjuntos son cada vez más grandes y gastan más dinero en trajes y músicos. Los gremios, los municipios, los comerciantes, todo el mundo quiere tener el grupo más poderoso", explica Palao.

Datos útiles

Cómo llegar. En avión: de Buenos Aires hay que volar a Lima y luego a Juliaca (1.40 de vuelo), ciudad a 44 km de Puno. Desde 7600 pesos.

Dónde dormir. Sonesta Posadas del Inca Lake Titicaca Puno: uno de los mejores hoteles de la ciudad, un poco apartado del centro, pero sobre la costa del Titicaca y con muelle propio del que salen excursiones. Habitaciones desde 800 pesos. www.sonesta.com/laketiticaca

Qué hacer. La Fiesta de la Candelaria ya pasó, pero hay muchos más motivos para ir a Puno en cualquier momento del año.

Islas flotantes de los Uros: a pocos minutos de navegación desde el puerto de Puno, se puede visitar este peculiar pueblo que vive sobre islas artificiales fabricadas con totora, en el lago Titicaca. Las excursiones habitualmente desembarcan en la isla de una familia en particular, donde es posible acercarse ligeramente a las costumbres cotidianas de los Uros. En algunas islas también hay lugares donde comer e incluso donde pasar la noche.

Taquile y Amantani: pasando las islas de los Uros y al salir de la bahía de Puno, tras una hora y media en lancha por el lago Titicaca se accede a estas otras islas, en este caso naturales. Taquile, un peñón rocoso, pero prolijamente edificado y cultivado aprovechando hasta la última terraza, tiene unos 2000 habitantes. Son reconocidos tejedores, celosos de sus ancestrales tradiciones, incluida la ropa de los hombres, con pantalones y chalecos negros, herencia de los conquistadores españoles. Amantaní, con unos diez kilómetros cuadrados, es la mayor isla del lado peruano en el Titicaca. Algunos tours combinan las dos islas en un día, pero lo más recomendable es vivir la experiencia de dormir al menos una noche en una de ellas.

Chullpas de Sillustani. A 30 kilómetros desde Puno se encuentra este sitio arqueológico con tumbas pertenecientes a la cultura Kolla (1200-1450). Estas impresionantes chullpas, de varios metros, forma cilíndrica y una pequeña abertura orientada al Este, fueron levantadas con piedras cortadas en ángulos sorprendentemente precisos y dispuestas alrededor de la cumbre de un cerro sagrado. Lunes a domingo, de 8 a 17; entrada, 5,5 soles.

Más información. www.peru.travel/es-lat/

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