La familia, el mejor techo a menor precio

Horacio de Dios
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15 de diciembre de 2013  

Las podríamos llamar nuestras familias con cama afuera. Una vuelta del lenguaje a estilos de vida con parejas que viven felices en casas separadas. Con el toque de la globalización, que propone nuevos recursos para atenuar los problemas que florecen por todas partes.

Hace poco tiempo y aquí cerca, lo comprobamos con la crisis de la devaluación de 2002. Los argentinos nos caímos del espejismo del dólar barato y los europeos entraron en la ilusión del euro todopoderoso. En ese momento recibimos muchos primos lejanos que venían de visita y significaron una enorme ayuda no sólo por dinero, sino por todo lo que aportaron con su afecto y buena onda.

Como me acostumbré a oír en mi infancia aquello de donde comen tres pueden comer cuatro o más. No venían para dormir en hoteles ni mucho menos estrellados, sino para estar juntos. A los pocos días se mudaban a los alojamientos que brotaban como hongos en los barrios para atender esta nueva necesidad. Era una mano creativa cuando no había dólares ni pesos y al familiar que llegaba con divisas lo saludábamos como Bienvenido Mister Marshall.

En la planta tradicional tipo chorizo, improvisados comerciantes compraban camas y colchones para armar nuevas habitaciones y construían baños independientes, que es lo más escaso en las casas que no suelen tener toilettes. Eran hoteles familiares, muy próximos a los vecinos que recomendaban a los recién llegados. Era como estar en casa, pero todos mantenían su independencia después de abrir los regalos y ponerse al día con los chimentos. La convivencia es riesgosa y, como el pescado, se puede echar a perder a los tres días.

Lo importante era ir caminando hasta la parentela a la hora de comer; la mesa es ideal para intercambiar noticias sin dejar de conocer nuevos platos de aquí y traer los de allá. Cualquier parecido con Los Pérez García, Los Campanelli o La Familia Falcón, de Hugo Moser, no es una simple coincidencia, sino la pura verdad.

Hora de dar las gracias

Una formidable historia para ser contada es la que protagonizaron muchas madres, tías y no pocas novias o esposas de los profesores de tango que emigraban para enseñar en medio mundo, coincidiendo con el auge del baile. Con ese dinero ayudaban a sobrevivir a los que tuvieron que quedarse. Y un agregado. Se alquilaba la habitación del ausente y se daban clases de milonga a los huéspedes, que nunca imaginaron que podrían tener esa experiencia de primera mano, la misma que recordaba José Sacristán del Chino en Nueva Pompeya.

Es hora de dar las gracias. Una mano lava la otra y las dos lavan la cara. ¿Por qué? ¿Quién no piensa en algún pariente cuando ve dramáticos incidentes en la TV no sólo en Madrid o Atenas, sino también en Medio Oriente? El mapa de sangre de nuestro país es de una enorme riqueza y diversidad. Si bien la mayoría de los inmigrantes llegó de España e Italia, la generosidad de las puertas abiertas atrajo a los que buscaban paz y trabajo de muchos otros lugares. Hoy muchos de ellos buscan paz y trabajo con menos esperanza que el siglo pasado.

Una idea, práctica y simple, puede ser la de preguntar cómo la están pasando. Volver a una carta, un mail o una llamada telefónica que se parezca a la sociedad de socorros mutuos que era lo primero que recordaban nuestros abuelos. Es un primer paso que se puede ampliar con una visita personal con la familia. Viajar es simple, a pesar de ciertas dificultades que todos conocen, y es la mejor manera de hacer una transfusión emocional para renovar la memoria de nuestra sangre. Se me cuela el poema de Facundo Cabral, "No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad, ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad".

Sin olvidar, por último pero no menos importante, que lo que resulta más oneroso en los viajes no es la comida, sino el alojamiento. Y de la misma manera que sucedió aquí, también allá nuestros primos hermanos podrán ayudarnos a obtener el mejor techo al menor precio. Y compartir y superar juntos este momento difícil con su propia música porque hacen falta dos para bailar un tango. O lo que fuera.

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