La Gran Barrera de Belice

La muralla de coral es la mayor del mundo después de la de Australia. Un salvaje paraíso de atolones de arenas blancas y lagunas turquesa al que cuesta llegar, pero del que también cuesta salir
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4 de mayo de 2008  

BELICE ( El Mercurio / GDA).- "Tabaco era una isla preciosa. Pero llegaron los turistas y la echaron a perder", dice Norland sin soltar la caña del bote que se estrella una y otra vez sobre el mar embravecido.

Tabaco, una linda isla, ahora atestada de casas y hotelitos, velozmente queda atrás. También Dangriga: el estratégico puerto desde el que cualquiera podría iniciar una aventura hacia la sección más septentrional de la Gran Barrera de Belice, esa gigantesca muralla de coral que se extiende desde el sur de México hasta el norte de Honduras y que hace 200 años era refugio de piratas desalmados. Uno de ellos fue John Glover, el bucanero (bucanero viene de bucán, la técnica con que los piratas ahumaban sus pescados) recordado hasta hoy en un atolón que lleva su nombre. El atolón de Glover no sólo es el más lejano, sino también el más impoluto, a tal punto que la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad. Y ése es al que ahora intentamos arribar.

"Así como está el mar, tardaremos al menos cinco horas más", dice Norland, un reggaetonero pirata del Caribe.

El bote diminuto salta. Parecería que va a reventar. Y el nervio sólo amaina cuando aparecen unos manatíes. Más tarde, delfines. Es un recreo por un rato. Luego sigue la angustia. El mar está bravo, tanto que en todo momento el naufragio parece inevitable. Pero las horas pasan y finalmente el horizonte se aplana. Y la blanca sonrisa de Norland contrasta con el azul turquesa de la laguna en la que de pronto hemos comenzado a navegar.

Hora de inspeccionar

Ahí, enfrente, aparece por fin la tierra prometida. La última esperanza: Glover s Resort, el único all inclusive de la Gran Barrera en el que se puede descansar sin tener que destrozar la tarjeta de crédito. Sólo 200 dólares la semana, por persona, nada comparado con los cinco o seis mil que piden los hoteles más sofisticados, incluidos los de Ambergris, San Pedro; la "isla bonita" que fascinó a Madonna.

Me recibe Marsha Lomont, una gringa que 40 años atrás compró la llamada "isla del Norte" y levantó aquí su lodge; un lugar simple, pero taquillero, administrado por toda la familia, con cabañas construidas con hojas de palmeras y oxidadas cocinas conectadas a tanques de buceo rellenos con gas licuado. Muy Robinson Crusoe. Es cierto: los Lomont son excéntricos. Pero también millonarios. Desde que Jacques Cousteau hiciera en los años 60 un documental de la Gran Barrera, y de Blue Hole, su principal atractivo, los precios de las islas se dispararon. Y hoy todas no sólo son privadas, sino que además cuestan cinco, seis, diez millones de dólares. Y más.

Es hora de inspeccionar. No sin que antes, con el arpón bien sujeto entre sus manos, Warren, el más chico de esta familia Adams del Caribe, pregunte si vamos a querer pescado fresco para la cena. La respuesta es no. Hemos desembarcado con agua y víveres suficientes como para sobrevivir una semana. Y también, cómo no, disfrutar de todo lo que hay aquí. Partiendo por el espectacular mundo submarino. Terminando con esa hipnótica hamaca junto a la playa, en la cual ya comienza a caer el sol.

Aldous Huxley, el escritor, estuvo una vez aquí cuando Belice era aún colonia inglesa; se independizaron en los años 80). Luego escribió: "Si es que el mundo tuviese uno o más finales, Belice sería uno de ellos". Las estrellas aparecen en el firmamento. La brisa refresca. Es la hora perfecta para que les cuente cómo diablos fue que se me ocurrió llegar aquí.

No tener plan es un mal plan. Uno sabe dónde está Belice: debajo de México. Arriba de Guatemala. Nada más. Belice es un misterio. Incluso para los que han estado una vez. Y dos y tres también. Esa es probablemente la gracia de este país donde gran parte de los caminos son de tierra. Donde los monos se suben a la mesa a robarte el desayuno. Donde las mujeres destripan iguanas que chillan antes de precipitarlas a las sartenes. Un país que, desde el aire, parecería que acaba de ser víctima de una terrible inundación. Belice ni siquiera está completamente descubierto; eso pese a que no debe ser más grande que la Región de los Lagos chilena.

Pero Belice, que ha sobrevivido una y otra vez a huracanes como Iris, Hattie y Match, tiene onda. No por nada la escritora de moda Tara McCarthy, autora de Wouldn t Miss it for the World , eligió a Belice como locación de su último best seller.

Claro que no es llegar y enamorarse. "¿A Belice? ¿Cómo vas a ir a Belice? Es lo peor", me dijo un amigo antes de la partida. Y 24 horas después yo le daba toda la razón. Eso antes, claro, de que descubriera que en Belice existen lugares como Glover.

Errores de planificación

Lo reconozco; este viaje partió con un error de planificación. La idea era simplemente llegar a Belice y, en el terreno, encontrar un buen hotel para pasar mi luna de miel. ¿Lindo? No. Una imbecilidad. Tras llegar a Belomopán, la capital, tomamos un ómnibus hacia la costa. Y cinco horas después cruzamos por un tétrico cementerio que marca la entrada a Belize City; la ciudad-puerto desde donde van y vienen los botes que conectan el continente con los cayos del acuático país. Vale la explicación: en la costa de Belice hay dos ambientes. Uno, el de los llamados cayos, casi pegados al continente, que son islas de manglares repletas de gringos y mosquitos. El otro, el de los atolones, mucho más distantes, con bellas islas de verdad. La cosa es que, ahí me enteraría, ese mundo es privilegio de mocasines Lacoste y yatistas triple A.

Alguien me había sugerido un destino: cayo Caulker, desde donde podría salir a incursionar. Hasta donde entendí, el Buzios de Belice: un lugar repleto de disco y restaurantes. Un lugar que, según aseguran los catálogos turísticos, tiene lindas playas y cómodos hoteles. Mentira. Tras romperte el trasero en un bote durante media hora o más, llegas a un lugar con tantos borrachos como basura en las calles. Luego, en cuanto desembarcas, rastafaris, gringos homeless , garifunas y creoles se te vienen encima con el clásico discurso jamaiquino: " Welcome to my island. No problem. Be happy. Do you want a hotel? Do you want a tour? Do you want something to smoke? " Primero uno. Luego otro. Y otro más. Poco después te das cuenta de que en Caulker no hay nada. Al menos cero playas bonitas y la tan ansiada tranquilidad. Sí disco, clubes y puteríos varios.

"Disculpe, señor, ¿en qué atolón podría conseguir un hotel bueno y barato?", pregunto en una agencia.

"Ja, ja. Olvídalo. Todas las islas de Belice son privadas. Y en ninguna encontrarás un resort que cueste menos de seis mil dólares. La semana. Por persona."

En Caulker, a mediodía, hay de todo menos el romanticismo del Caribe. Nos dicen que Ambergris, el cayo del Norte, está a media hora en bote, pero que en verdad es lo mismo sólo que más grande y más taquillero, pues ahí está San Pedro: la isla bonita de Madonna. El lugar donde los mayas cavaron el canal que separa la isla de México; la forma que encontraron para abrir una ruta comercial desde el Caribe a Chetumal.

Nuestro viaje de exotismo no se está cumpliendo. Eso pese a que justo frente a mis narices está la Gran Barrera de Coral. Esa de la cual, en 1836, Darwin se enamoró. Esa que, según entiendo, los astronautas pueden ver desde el espacio. Esa que, según no pocos expertos, es el mejor destino para bucear en el hemisferio occidental junto a Cocos, en Costa Rica, y las Bahamas. En total, 250 kilómetros de arrecife, a más de 40 kilómetros de la costa más cercana. Eso y 500 especies de peces; 65 tipos de corales, 350 de moluscos. Sin olvidar la posibilidad de observar, cara a cara, tiburones toro, martillo, nurses. Y, por cierto, degustar ponches de ron en los bares de sofisticados resorts como Azul o Mantra. Todos ofrecen paquetes semanales, con buceo incluido. Es que es eso, básicamente, lo que se hace en los atolones: buceo al desayuno, al almuerzo y, si se quiere, antes de la cena.

La cosa es así: en toda América, aparte del arrecife de Chinchorro en México, al sur de Yucatán, sólo en Belice hay atolones de ensueño. Como Lighthouse, por ejemplo, donde está el monumento natural Media Luna. Cuento aparte es el místico Blue Hole: un círculo perfecto en el que no se ve mucha vida marina, pero sí estalactitas y estalagmitas subacuáticas. Según el mito, en los años 60 Cousteau llegó hasta ahí. Ancló el Calypso, detonó unas bombas para abrirse paso y, en algún minuto, perdió a su hijo Phillipe. Fue lo que creó el aura de misterio que impulsó a otros investigadores a seguir descubriendo qué había en el bien llamado ombligo del Caribe: primero Al Giddings, de la revista Skin Diver . Luego Robert Dill, géologo de Cousteau en la primera expedición, quien retornó para internarse en la angosta cueva que se abre a los 70 metros. Una barbaridad, y hasta hoy no son pocos los buzos que mueren año tras año intentando una proeza semejante.

En Turneffe, el atolón más grande, hay un sitio increíble llamado Rendezvous, al que suelen ir botes por el día desde Caulker o Ambergris. Pero por lejos el gran atractivo de Turneff son sus sofisticados resorts como Turneffe Island Lodge, con ventiladores de fina madera en cada habitación; o Blackbyrd Caye Resort, enclavado en medio de una isla-jungla visitada por delfines. En todos los atolones la oferta es deslumbrante: en Lighthouse, el Lighthouse Reef Resort. En Glover s, Manta: increíble.

La cosa es que tras leer un folleto en el que me entero de que en Glover s, el atolón más lejano, hay un resort barato, llamo desde un teléfono satelital. Me dicen: "El bote sale una vez a la semana y se fue ayer". "¿Y qué hago?", insisto. "Tienes que ir a Dangriga, al sur de Belice, y ahí alquilar un bote. Ojo que no es barato", advierte un niño en el teléfono. Después me enteraría de que hablaba con Warren. Tomamos las valijas y partimos al aeródromo de Caulker. Nos subimos a un Cessna de Tropic Air. Nos bajamos en Dangriga. Vamos al puerto. En un café, digno de La isla del tesoro, conocemos al capitán Norland. Dice: "Es muy peligroso ir a esta hora. Pero, ¿saben? Sin aventuras yo no viviría". Arranca el motor, 600 dólares mediante, seis horas después, estamos en Glover´s.

"Es lindo este lugar. Escucha el mar. Me siento en el centro de ninguna parte", dice mi mujer.

De pronto, Warren pasa frente a la cabaña. Guiña un ojo y dice: "Mañana sale un bote barato a Blue Hole. Happy bubbles tonight ".

Es un clásico chiste de buceadores. Empezó la luna de miel.

Datos útiles

Cómo llegar

  • American Airlines y Continental vuelan a Belize City a partir de US$ 1326, con impuestos, y escala en Houston o Miami. LAN Argentina vuela a partir de US$ 1760, con impuestos, y escala en Miami.
  • Sitios arqueológicos

  • Chac Balam: es un pequeño sitio al norte de la isla Ambergris.
  • Altun Ha: en el Norte, cerca de Sand Hill, hay 13 estructuras, entre las que se destaca el Templo del Dios Sol.
  • Lamanai: en el New River, fue uno de los centros ceremoniales más importantes del mundo maya. De película, aparte, es el hotel Lamanai Outpost Lodge ( www.lamanai.com ).
  • Caracol: en el Sur, es importantísimo, ya que Caracol dominó a Tikal durante más de un siglo.
  • En Internet

    www.mayamountain.com

    www.travelbelize.org

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