La High Line, una idea importada de Francia

Horacio de Dios
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28 de septiembre de 2014  

¿Qué hay de nuevo para un visitante frecuente de Manhattan? Mi respuesta es la terraza jardín para caminar más de 20 cuadras, con el río Hudson a un lado y un catálogo de rascacielos, tiendas, galerías de arte, restaurantes y bares de onda al otro.

Es la High Line que comienza en la 18 Street, en el corazón del Meatpacking District, el de Sex and the City (aunque la serie haya terminado). Es un living roof system, un parque público por donde corrían las vías del elevado, que se fue remodelando en tres etapas desde 2009 y que terminó el 21 de septiembre, en el otoño de ellos y la primavera nuestra.

Ahora llega hasta la 34 Street, con el portaaviones Intrepid en su muelle y muy cerca del Centro de Convenciones, el Madison Square Garden y Penn Station. Al borde de Hell's Kitchen (la Cocina del Infierno), es el escenario real de las peleas entre pandillas que retrató West Side Story (Amor sin barreras en español). Desde la película ha pasado medio siglo y nada es igual en Nueva York, donde los barrios, como la gente y las costumbres, cambian continuamente. Lo comprobamos en cada viaje, lo mismo que el aumento del precio de sus hoteles, los más caros de Estados Unidos.

Para subirnos a esta terraza usamos las escaleras en el extremo de Gansevoort, al norte del Village y Tribeca. Hay un ascensor y hasta baños públicos, lo que no es frecuente en NYC.

Allí empieza un paseo formidable y muy económico, con plantas y árboles de sombra que tienen hasta magnolias, pájaros y mariposas de visita. Frente al agua pasan cruceros y ferries, y los jardines son ideales para picnics al paso, aptos para chicos (lo único prohibido son los perros), accesibles para sillas de ruedas y muy seguro porque nunca estamos solos, y cuando oscurece hay iluminación con LED.

Igual que en un city tour elegimos las escalas, callejeamos curioseando hoteles de lujo o las últimas obras de Frank Gehry, el mismo de Bilbao, el francés Jean Nouvel y el nuevo museo Whitney, del italiano Renzo Piano (todos premios Pritzker, el Nobel de Arquitectura).

Para conocedores de las entretelas de la Gran Manzana está el complejo Westbeth, donde funcionaron los laboratorios de la Bell (1866-1966) transformados por Richard Meier (otro Pritzker) en viviendas, estudios y talleres para 384 artistas de mil disciplinas, por un alquiler de unos 800 dólares mensuales, tres veces menos que el promedio de Manhattan. Allí vivieron Robert De Niro y la legendaria coreógrafa Merce Cunningham ensayaba con su ballet.

Mi parada preferida es Chelsea Market, con restos de todo tipo haciendo juego con sus productos, igual que el mercado de Chueca en Madrid. En las calles transversales, en especial en torno de la 9» Avenida, se multiplican las galerías de arte que emigraron desde el SoHo. Y una variedad de comercios, cafés pequeños. bares y pizzerías mezclados con chefs famosos como Mario Batali o Vongerichten. Incluso, si quiere hablar español está el mexicano Dos Caminos o puede elegir en Internet los que más le convengan.

La idea del High Line, la inteligencia de utilizar un ramal inactivo, no es una creación norteamericana, sino francesa que es una maravilla. Doy fe porque me encanta caminar entre sus jardines con rosas (como en nuestro Palermo) de la Ópera de la Bastilla y el Viaducto de las Artes. Lo llaman Promenade Plantée o Coulée Verte y lo abrieron en 1993. Aunque han pasado 20 años, todavía hay muchos turistas que nunca lo visitaron.

No creo que pase lo mismo con la High Line, que es éxito por su público creciente y ya aparece en películas de Julianne Moore y Will Smith, en temas de hip hop dedicados, y hasta Bart la visitó en un episodio de los Simpson.

La High Line será seguida como ejemplo en St Louis, Filadelfia, Nueva Jersey, Chicago y Rotterdam en Holanda. Otra de las lecciones de este paseo, sobre todo en familia, es aprender que copiar de los que saben no es un pecado, sino una virtud.

¿Para qué inventar la rueda si ya está inventada?

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