La hora de colonizar el cuarto del hotel

Horacio de Dios
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19 de octubre de 2014  

De vuelta al hotel, con las pilas recargadas por el aire libre, desembarco en mi hogar temporal y comienzo a colonizarlo. Confirmo en el front desk la conexión a Internet o Wi-Fi para no lidiar luego con inconvenientes por claves o costos extras.

No es decisivo el tamaño del cuarto. Podemos estar cómodos en los 12 metros cuadrados de una estrella o con ganas de irnos en el doble de superficie de las de cinco. Lo mismo que en el avión, sabemos que lo que vale cuesta y aceptamos la elección de acuerdo con nuestro presupuesto. Igual que en el aire, los adjetivos o las fotos de publicidad son de fantasía, lo que importa es estirar las piernas. La clase turística es la económica aunque en los hoteles la asciendan llamándola Confort, Superior, de Luxe, etc. Hasta que me avivé creí que la Junior Suite eran cuartos especiales para chicos y no alojamiento más affordable, accesible.

Empleo un check-list y lo voy marcando para no saltarme etapas con una cartuchera de colegio con lápices, biromes, marcadores y hasta un centímetro. Aunque en la librería cambiaron el dibujo del Pato Lucas por la foto de Miley Cyrus.

Lo primero que hago es abrir las ventanas. O intentar hacerlo porque hay "edificios inteligentes" donde están bloqueadas. La ventilación real es más higiénica, no acumula bacterias ni ácaros en los conductos húmedos y oscuros. Me gusta saber el tiempo sin prender la TV. Con luz natural decido si apago o no el aire acondicionado que suele estar al mango, por default de la doméstica. Me voy moviendo en el cuarto, deshago la valija (no me gustan los bolsos) y ordeno el placard si dejaron las perchas suficientes sin temor a que las roben.

Luego reviso la iluminación artificial indirecta, con el uso de leds (ahora premiados con el Nobel), y las lámparas en el eventual escritorio o que cumpla esa función para hablar por teléfono o escribir fuera de la cama. A veces, por optimizar el espacio o por capricho de arquitectos, tropezamos con sillas o muebles en este laberinto urbano y los separamos a un costado para hacer lugar.

La tarea lleva su tiempo, hay que calcular medio día en cada entrada y salida para saber dónde están los enchufes y no usar el toma de la TV o andar reptando entre los zócalos buscando electricidad para los cargadores de la portátil, plaqueta, celular, etc. Verifico si sirven los adaptadores universales que compré a ciegas. Aunque sean pocos días de hotel quiero estar bien y si la estada será más larga prefiero alquilar un departamento.

Prueba decisiva: el baño

El baño, quizá más pequeño que el de casa, es la prueba decisiva para la colonización. ¡Guarda con las duchas! Todo es riesgoso, desde las puertas correderas, deslizables o rígidas hasta las cortinas que se desprenden cuando estamos enjabonados sobre un piso resbaloso. Y aun peor, los mecanismos modernos de las duchas que ni los ingenieros son capaces de manejar. En lugar de las clásicas canillas fría-caliente tienen mezcladores que exigen un manual de instrucciones. Corremos el peligro de quemarnos vivos o congelarnos.

La mala noticia es la ausencia del bidé. Choque contra el ser nacional de hábitos de limpieza. En Estados Unidos no hay; en Francia sí, por supuesto. La palabra significa pony o caballito en su lengua, por la posición de esa cabalgata íntima. En Japón también son populares y los chinos promueven un inodoro con un artefacto o manguerita agregada. Hasta Phillip Starck diseñó uno para los alemanes donde no son comunes, igual que en el Reino Unido. Recuerdo que en Francfort dormí en el Schloss Hotel Kronberg, palacio donde había muerto la reina Victoria, donde en el bar había un original de Turner, pero no tenía bidé en su baño. Recuerdo que gané el Premio Alas de Lufthansa por contar mi experiencia.

En la época de las filtraciones del hacker en I Cloud con desnudos completos de Kim Kardashian o Rihanna, sin hablar de los recuerdos caseros con el celular o la Polaroid, es un chiste pensar en las "partes pudendas" del diccionario de la Real Academia que "Limpia, fija y da Esplendor"

Sin embargo, en Facebook en español existe un grupo llamado "Usuarios Orgullosos del Bidé". Hasta ayer tenía 13 miembros, la mayoría mujeres (8 a 5), entre ellas hay universitarias y científicas, mientras un hombre manda un mail de queja a sus amigos: "¡Estoy de intercambio en USA y extraño al bidé más que a mi familia!"

Aunque me distraigo pensando en todo esto, me voy del baño luego de comprobar que las "amenidades" me hacen extrañar al jabón porque son jaboncitos que no hacen ni espuma. Lo resolveré comprando en el quiosco uno grande, lo mismo que un frasco de alcohol para desinfectarme al volver al hotel y champú que puede servir para lavar mi muda y colgarla del barral de la cortina.

Es temprano para dormir, pero conviene revisar la cama. En Estados Unidos son estándares, pero en Europa a veces son pequeñas en los hoteles con cuartos individuales, como en los lugares de charme (encanto en París). Hay que cuidarse para no caerse del catre porque no llegan a 90 centímetros de ancho. En los cuartos dobles suelen sumar las dos pequeñas y la matrimonial sería de dos plazas. Prefiero las Queen Size aunque duerma solo, de casi dos metros, o mejor la King Size,de dos plazas y medio, de tamaño Imperial.

Nadie me mira y me despatarro a lo bruto para probar los elásticos con acrobacias de circo, si el colchón es muelle o duro, lo que es más saludable, y desarmo las sábanas y frazadas para dar trabajo a la mucama ya que respeto la costumbre de dejar siempre una propina aunque no la vea (mi tarifa son 2 o 3 dólares o euros por día con una línea diciendo ¡Gracias!)

Las almohadas son un temazo por comodidad y para la salud, ya que una mala posición afecta el cuello y las cervicales y nos despertamos doloridos. En los alojamientos de lujo hay menús de almohadas para que cada uno elija a su antojo, un refinamiento que se justifica. Hay hipoalergénicas, de alturas altas y chatas, con firmeza o livianas, de plumas igual que los edredones. Las de espuma viscoelásticas, o con memoria, fueron diseñadas para la NASA porque recuerdan la posición en que dormimos para seguir ese molde en la noche siguiente (para aumentar la comodidad de los astronautas durante viajes largos).

Depende obviamente del dormir de cada uno o una. Boca abajo, boca arriba, de lado, abrazado o en posición fetal. Los médicos dicen que lo peor es dormir sin almohada. Si por mi fuera, igual que Charlie Brown, viajaría con mi almohadita.

Y con el cuarto en trance de colonización salgo del hotel porque no viajé para quedarme encerrado sino para disfrutar de lo que no tiene precio, que es callejear.

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