La señorial y espléndida ciudad de Odessa

Por María Lasala
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20 de diciembre de 2009  

Culta, codiciada, atacada. Esta muy antigua colonia griega, lugar de legendarias amazonas, tiene una historia plena de música, literatura, poesía, ballet...

Llegando desde el mar nos reciben unos 200 escalones de particular trazado: es la emblemática escalinata de Potemkin que une esta ciudad ucraniana de tan señorial impronta con su puerto en el Mar Negro. Funicular mediante, nos encontramos con una promenade soñada de varias cuadras a la vera del mar, bordeada y sombreada por castaños. Caminando hacia un extremo se levanta, sorprendentemente blanco y de sólidas líneas grecorromanas, el palacio del conde de Boronstov, el hombre más rico y poderoso de Ucrania, tan competitivo que en Yalta, península de Crimea y lugar de veraneo de los zares, se hizo construir otro palacio desafiando al de Livadia o palacio blanco de Nicolás II, último zar. Caminando hacia el otro, siempre bajo castaños, está el municipio, impecable, con un reloj que marca las horas con la melodía de su himno. A pasos, el monumento a Aleksandr Pushkin, gran escritor y poeta ruso.

Se suceden espléndidos edificios estilo Renacimiento italiano y francés (neoclásicos, barrocos, tipo los de Viena, si bien en otro colorido y dimensión). ¡Qué placer caminarla! También extensos parques con olor a mar, a costa, calles muy anchas con empedrados que nos cuentan de años y modelo de diseño, acompañadas por veredas acogedoras, cómodas, generosamente vestidas con ese visón plateado de los plátanos, ramas y hojas que se juntan arriba atunelando calles.

¡Y la Opera! Barroca, magnífica obra arquitecturada por vieneses. Dicen que Ana Pavlova bailó allí por primera vez. Son visibles en Odessa las huellas de su pretérito esplendor, hoy en inmerecida decadencia, resultado de una Rusia devoradora.

Afortunadamente es visible por los edificios restaurados, los buenos negocios, los cafés, las modernas mujeres, los autos, la juventud, que palpita su recuperación.

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