La vuelta al hombre

El Museo Rocsen, una visión particular de la historia, con 26.342 elementos y un único creador, Santiago Bouchon
(0)
10 de septiembre de 2006  

MUSEO ROCSEN, Nono.- Para Juan Santiago Bouchon todo es extraordinario. Cada uno de los 26.342 elementos que tiene en el museo, y más también. Todo.

Comenzó a coleccionar a los 3 años y a los 8 encontró una estatuilla de un soldado romano cuando escarbaba en el anfiteatro de Cimiez, en el sur de Francia. Después de más de cincuenta años sigue juntando objetos y guardándolos en su museo, que se llama polifacético justamente porque en esa baulera gigante -y ordenada- tiene de todo: una mandolina zulú que trajo de Africa, un caballo tibetano de barro cocido de más de mil años, ropa que él usó en la Segunda Guerra Mundial, y una cabeza reducida por los jíbaros del Amazonas.

Bouchon es un pacifista francés. También, antropólogo y licenciado en Bellas Artes. Llegó a la Argentina en 1950, contratado por el sector de turismo de la embajada de Francia. Su misión era aumentar la cantidad de viajeros a Francia... "y que la gente conociera algo más que la Torre Eiffel y los cabarets", recuerda. En aquella época viajó por el país y descubrió Córdoba. Y se fue quedando hasta que se radicó.

Dice que en las sierras hay una "energía especial" y un microclima que le gusta y le sirve para la conservación de las piezas de su museo. Porque el museo es de él. En una de las paredes lo aclara: museo particular.

Bouchon no recibe subsidios para el mantenimiento del museo. "Cada tanto viene alguna multinacional, pero si recibo su colaboración, automáticamente el museo debería llevar el nombre de esa empresa. Y no quiero prostituirlo. Desde Nono hasta acá hay 5 kilómetros de tierra, y siempre que hay elecciones me prometen asfaltarlo; como ve, nunca llegó", se queja Bouchon. Y agrega: "La cultura está relegada".

Igual, el hombre es inquieto y anda de acá para allá con su suéter artesanal y memoria de elefante. Durante el Proceso quemaron una parte importante de su biblioteca y tuvo que rehacer los archivos de gran parte de su colección. "Se acuerda de todo", me dijo Eugenia, una de sus hijos, que trabaja en el archivo del museo.

Ejemplos y curiosidades de un autor de colección

"La gente de acá es serrana y muchos no conocen el mar", cuenta Santiago Bouchon para explicar por qué incluyó una sección marina en su museo.

Algunos ejemplos curiosos que seguramente recordarán los que nunca fueron al mar (y también los que lo conocen): un larguísimo colmillo de narval, único en el mundo por su gran tamaño; un pez globo que vino directo de Japón, y una ostra australiana de 140 kilos.

No se vende

Cuando entre verá un cartel que aclara que los objetos del museo no se venden. Cuenta el dueño que muchas veces quisieron comprárselos, "especialmente los japoneses". Pero no, todo se queda acá en Rocsen, que significa piedra santa y alude a un casco de la familia Bouchon, muy antigua en Bretaña.

Además de la sala de mar, hay otras de física, química, geología, y de "todo lo creado por el hombre", que ocupa varias salas, y sin duda es lo que más emociona a Bouchon. Ahí uno puede encontrar lo más insólito, de todo. Según el creador del museo, su objetivo es sensibilizar al visitante. Si no es con una bicicleta de madera italiana será con el rincón del marginal, donde recrea una vivienda pobre de los años 50. O el rincón comechingón, donde se exponen morteros de los aborígenes de la zona. O con una seda china antigua y bordada a mano. O con alguno de los instrumentos que hay en la sala de música.

El museo se abrió en 1969. Su autor lo destaca en la entrada: Los 365 días, desde las 9 hasta la puesta de sol. La visita cuesta seis pesos; hay una página, www.museorocsen.org , con información sobre las colecciones y su historia.

"El 6 de enero próximo cumpliremos 38 años sin cerrar ni un día. Para festejarlo, quiero inaugurar la ampliación del museo, donde habrá, entre otras salas, un rincón de la mujer. También, una zapatería y una peluquería como las de antes", cuenta Santiago Bouchon, que hoy es grande, pero cuando era chico metía tantas cosas en los bolsillos que su madre tenía que coserlos con frecuencia.

Lo último, que puede servir para comenzar o terminar una visita al museo: la fachada, un friso con 49 estatuas que simbolizan la evolución del pensamiento. Todas, obra de Bouchon.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.