Las Tuileries, un museo a cielo abierto

Horacio de Dios
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21 de octubre de 2012  

Un chico se apoya en un desnudo rotundo de bronce mientras su padre le saca una foto de recuerdo. La criatura, de paso, le acaricia un pezón que de tanto mimo peatonal quedó brillante. Una escena habitual en el Jardin des Tuileries, que está sembrado de estatuas desnudas cada cual más bella en una antología al paso de las veinte obras de Aristide Maillol (1861-1944) que ordenó colocar André Malraux, ministro de Cultura de Charles de Gaulle para hacer juego con grandes piezas de siglos anteriores.

A pasos de la estación del metro con su propio nombre, protegido por rejas sobre la rue Rivoli, en medio del Carrousel que es el corazón del jardín, multiplicó su atracción con la terrasse du Musée des Arts Décoratifs, la versión del Louvre del Arte Decorativo que reabrió en 2008 después de poner todas sus galerías a nuevo. Con entrada por Rivoli y salida al exterior, ahora funciona Le Saut du Loup, bar y restaurante con toldos elegantes que es independiente del horario del museo porque funciona desde el desayuno hasta las 2. Es un lugar de última moda (branché en francés) que no todos repiten, porque es uno de los infinitos secretos que los conocedores suelen esconder.

Como por ejemplo, para disfrutar lo mismo y pagar menos, el visitante puede improvisar un picnic entre los árboles. Fue el escenario de famosos restaurantes en el pasado y de vendedores ambulantes que ahora toman formas estables con cadenas de panaderías rústicas y de fantasía con los sándwiches gourmets de Paul, comida rápida a la francesa.

Nada se pierde, todo se transforma desde que la reina Catalina de Medicis lo creara en 1564, siguiendo el estilo de su Florencia natal, para aliviar la tristeza por la muerte de su marido. Al principio, el jardín más grande de la época era para su uso exclusivo y después se abrió al común de los mortales.

Luego, reyes, revolucionarios, emperadores y presidentes podían disentir en todo menos en el cuidado de las Tuileries, que alguna vez había sido la materia prima del barro para hacer los azulejos. Enrique IV, el bien amado que tuvo 64 amantes, hizo plantar moreras para alentar la industria de la seda y un gran estanque que frecuentaba en sus paseos.

A la francesa

Louis XIV, el Rey Sol, lo hizo remodelar a la francesa con su arquitecto André Le Nôtre, nieto de Pierre Nôtre que había sido uno de los jardineros de Catalina, lo mismo que su padre. La continuidad de los parques diría Julio Cortázar. Si bien el Rey Sol se fue a Versalles en las Tullerías mantuvo las comunes simetrías de orden y distancias. Luego en 1760 se habilitaron baños públicos, de los que todavía carecemos en las plazas de Buenos Aires.

En la Revolución Francesa le encargaron un megaproyecto de cambios al pintor Jacques-Louis David que, aunque no se realizó, mantuvo el cuidado y permitió que Napoleón lo usara en las grandes paradas militares y para su Arco de Triunfo. Además decidió la nueva rue Rivoli paralela a los jardines.

Después de la caída del emperador se construyeron dos edificios mellizos, el Jeau de Paume y la Orangerie para un invernadero de naranjas. Al terminar la primera guerra, Claude Monet donó su colección de nenúfares y se transformó la Orangerie en un museo que recientemente fue totalmente remodelado para recibir luz natural. Y a su frente, como si lo contado no fuera suficiente, está el bronce de Auguste Rodin El Beso , y a los costados, otras obras: Meditación , Eva , Sombras .

Flaneur es un verbo que usan los franceses para caminar sin rumbo fijo, y Baudelaire, Sarmiento e Yves Montand lo hicieron suyo. Igual que nosotros que al irnos podemos ver la figura reclinada de Henri Moore y dejar, como asignatura pendiente, mas árboles, plantas y esculturas al ritmo del arte de vivir en el que París es un manantial inagotable.

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