Los domingos son para darse una vuelta por Mataderos

Horacio de Dios
(0)
25 de mayo de 2003  

¿Recuerda los asaditos de obra cuando los albañiles tomaban vino suelto y no gaseosas? ¿O aquel sándwich de chorizo al llegar a un partido de fútbol en pleno invierno? Todo esto, corregido y aumentado, es uno de los ingredientes tentadores de la Feria de Mataderos, que no es melancólica, sino vital, genuina y económica.

En el aire flota olor a parrilla acompañado por música mientras se arma la fiesta en torno de la estatua del Resero, el bello bronce de Emilio Sarniguet. Enfrente está el tablado para que se luzcan los conjuntos que regresan de un festival en Miami o se preparan para una exhibición en Toronto, porque también somos gauchos for export . Y a los costados se improvisa la pista de baile con los espontáneos que revolean sus pañuelos, mientras las miradas coquetean entre el chiripá y el blue jeans.

Historia y artesanías

Las venerables recovas color ladrillo del viejo Mercado de Hacienda cobijan el Museo Criollo de los Corrales, donde una carreta del año de Ñaupas tiene las ruedas más altas que Manu Ginóbili o cualquier jugador de basquet. Y a su alrededor, en el cruce de las avenidas de Los Corrales y Lisandro de la Torre, sobre poco más de cuadra y media se despliegan los puestos de artesanos que vienen más de tierra adentro que de la Recoleta.

Tiene la ventaja de no ser muy grande y no nos perdemos como en el Rastro de Madrid o el Mercado de Pulgas de París. Podemos pasear, mirar, disfrutar mientras circulamos bajo la sombra de añejas tipas entre puesteros muy diversos. Porque estamos en las orillas, en la frontera entre la ciudad y el campo, en la zona más fértil de los encuentros.

Son artesanos legítimos, no truchos o revendedores porque no hay nada Made in China . Vemos ponchos muy trabajados de los que hacen delirar a un coleccionista y otros más modestos no para paquetear, sino para abrigarse.

Lo mismo en platería, donde hay mates labrados para todos los presupuestos. También blusas bordadas, telas y maderas mapuches, sombreros de fieltro, cinturones, hebillas con nuestras iniciales y bombachas de paisano. Hay discos de arado para convertirlos en planchas u ollas con sistema para desengrasar las achuras.

Y un capítulo muy especial para la creación de lámparas, muñecos y títeres, variedad de juguetes, caleidoscopios a partir de cañas autóctonas, avioncitos con cuerpo de baterías desechadas, calentadores Primus donde mi abuela hacía milagros, radios de baquelita, antigüedades a costo de cosas viejas. Nada se pierde, todo se transforma como los barriles cortados por el medio que en el Caribe sirven para hacer música y aquí para improvisar una parrilla donde reina el choripan.

Hay hasta carreras de sortijas

Es un gran paseo gratuito y al aire libre para todos los domingos y feriados desde hace 16 años, aunque todavía hay mucha gente que no lo sabe. Tenemos inclinación, hablo en primera persona, de estar cerca de lo que está lejos y lejos de lo que está cerca. Aquí un peso vale dos citando los reclames, porque los precios no están inflados: se puede almorzar, y muy bien, por diez pesos o una empanada al paso con la carne cortada a cuchillo por $ 1,30. No es un sitio de turistas, pero sí de viajeros, de los que saben más que los locales como disfrutar el doble y gastar la mitad.

Conviene llegar antes de las 12 para no perderse nada. Por ejemplo, las carreras de sortijas, que exhiben la increíble capacidad de gauchos y montados porque la Argentina real se hace a caballo.

Hay muchos ómnibus para llegar y si va con su auto le recomiendo que lo haga por la avenida General Paz, usando la salida marcada Los Corrales, a pocas cuadras ya puede estacionar.

horaciodedios@fibertel.com.ar

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.