“Los gringos vienen a la Patagonia a chupar viento con polvo"

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28 de septiembre de 2018  • 13:55

Voy a esforzarme por responder una pregunta que se ha vuelto recurrente: ¿No hay nada fuera de mi casa que me gustaría conocer? ¿Ningún lugar que haya visitado al que añore volver? Me gustaría conocer el glaciar Perito Moreno en el momento en el que rompe sin pasar por el calvario de conseguir un pasaje y un hotel para esa fecha. Para eso lo veo en el noticiero. Desearía ir a esquiar a Bariloche, pero, ¿y si no nieva? ¿Y si nieva mucho y se produce una avalancha? No estoy hecho para imprevistos, esos que encantan a los viajeros de ley. Yo soy candidato ideal para esos paquetes caribeños en los que garantizan el sol o le devuelven el dinero. Lástima que no soporto el calor y la arena.

Salir tras la pista del huemul, del yaguareté, del lobo marino de uno, dos, tres pelos, o cualquier otro asunto semi extinto no me hace la menor ilusión. Y no les explico el malhumor si lo hago y no lo encuentro. Prefiero seguir la huella de la holando argentino en plena pampa húmeda. En definitiva, ¿por qué las vacas no tienen rating? Porque sobran. Definitivamente, el turismo es la industria de lo inusual, lo raro, lo distinto. Los gringos vienen a la Patagonia a chupar viento con polvo. A dejar la cintura en nuestras encantadoras rutas de ripio. Lo que sea con tal de volver con la foto de la recta infinita sin un alma. Qué horror. Sólo porque en casa tienen autopistas de cuatro carriles. Lo mismo las mujeres con la idea de ponerse el sari en los países musulmanes: lo hacen porque saben que apenas ponen un pie en occidente, pueden convertirlo en un mantel y lucir la minifalda. Yo, en cambio, celebro mis ritos de cabotaje cotidiano. Para comer en casa no es preciso tener visa, ni pasaporte. Ni siquiera hay que hacer reservas. Está confirmado: señores, soy hogareño y a mucha honra.

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