Lujo en alta mar por Grecia, Turquía e Israel

Las playas, el clima cálido y los precios accesibles han convertido a Alanya, en Turquía, en un imán para turistas, en especial escandinavos sedientos de sol
Las playas, el clima cálido y los precios accesibles han convertido a Alanya, en Turquía, en un imán para turistas, en especial escandinavos sedientos de sol Crédito: Teresa Bausili
Una travesía de 10 días a bordo del Silver Cloud, un crucero de la línea de barcos chicos Silversea, por el Mediterráneo y el Egeo
Teresa Bausili
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27 de noviembre de 2016  

De guantes blancos y chaqué negro, Rupesh, nuestro mayordomo, prueba una y mil veces las conexiones del video, la tele, las tomas, hasta que finalmente logra hacer arrancar la Wee. Hacía tiempo que ningún pasajero pedía semejante entretenimiento infantil, y Rupesh prácticamente se había olvidado cómo funcionaba. Es lógico: no es usual que haya chicos a bordo de los barcos de la línea Silversea, y mi hijo de 5 años fue una novedad para la tripulación. Eso sí: lo malcriaron hasta el punto de llevarle papas fritas en una bandeja de plata al mismísimo jacuzzi.

Para ser justos, no hay pasajero en esta línea de cruceros que no se sienta mimado en los días de travesía, del primero al último. En contra de la tendencia mundial de construir barcos cada vez más grandes, ostentosos, con animadores y altoparlantes por doquier (actualmente, el crucero más grande del mundo, el Harmony of the Seas, tiene capacidad para 6700 pasajeros y 2100 tripulantes), Silversea va en sentido contrario. Con un promedio de entre 100 y 590 pasajeros, la compañía fundada en 1994 por Antonio Lefebvre, jurista italiano y profesor de derecho marítimo, apunta a funcionar casi como un club privado e íntimo, con el menor número de socios y los más altos niveles de servicio personalizado (la relación de tripulación y huéspedes es de casi de uno a uno).

“Es un viaje de ida. Es como viajar en Turista y después probar Primera Clase. No se puede volver”, ríe Chris Reed, una australiana de Brisbane quien, junto a su marido Robert, dice tener reservado su próximo crucero por Barcelona con Silversea, para 2018.

En rigor, casi todos los pasajeros de la compañía son reincidentes. Algunos hacen un viaje todos los años, otros agendan tres, cuatro o hasta cinco itinerarios seguidos, como la pareja de gays de Los Ángeles o los jubilados italianos de Torino.

“Reservamos siempre la misma cabina, conocemos a la tripulación, nos conocen, jugamos a la Trivia con los amigos que volvemos a encontrar, en fin, nos sentimos en casa”, ríe Francesca.

A ese ambiente familiar se suman, desde ya, los sellos distintivos de la naviera, entre ellos la cocina gourmet –incluido su restaurante Le Champagne, el único de la cadena Relais & Châteaux en el mar–, los shows con cantantes de ópera profesionales, las conferencias de expertos sobre los lugares a visitar (en lugar del ocio estridente y festivo), la biblioteca con juegos, libros y DVDs para elegir a piacere, pocas cubiertas y una distribución en donde todo está mano, room service las 24 horas, selección de bebidas en el minibar, servicio de mayordomo, amenities de Ferragamo y Bvlgari, torneos de bridge y de minigolf, menú de almohadas y un larguísimo etcétera.

La flota de ocho barcos –cinco clásicos y tres de expedición–, recorre más de 800 destinos en los seis continentes (habrá unos 250 nuevos en 2018), desde los extremos polares hasta el Lejano Oriente de Rusia, la remota costa de Kimberley en Australia o la costa occidental menos conocida de África. Y la vuelta al mundo, desde ya.

Nuestro itinerario fue menos ambicioso pero no por ello menos espectacular: 10 días a bordo del Silver Cloud navegando por las costas de Grecia, Turquía, Chipre e Israel.

Día 1- Atenas

El barco zarpa a las 18 desde El Pireo, el puerto de Atenas. Qué decir de la ciudad de Pericles que no se haya dicho antes. Siglos de historia a cada paso, bares, barcitos, mozos que intentan seducir a los turistas con sus menús de musakas o souvlakis, iglesias bizantinas al lado de un H&M o un Starbucks, monumentos a la vuelta de la esquina, grupos de amigos que prenden un cigarrillo tras otro, que hablan fuerte, que ríen fácil, que protestan contra la crisis y sus ajustes recurrentes.

Encaramado sobre una colina de 156 metros, el Partenón es la meca de un viaje iniciático a la capital griega, a la que se llega después de una fila siempre concurrida. Del inmenso templo rectangular, de unos 70 x 30 metros, quedan en pie parte de las columnas de 10,4 metros que sostenían un techo a dos aguas. Siempre apuntalado con andamios y grúas que trabajan en su reconstrucción, el templo más importante de la Acrópolis sufrió el ataque de los persas, el dominio romano, el incendio del siglo III d.C y el bombardeo veneciano de 1687. Pero el mayor daño fue el que le infringió Thomas Bruce, más conocido como Lord Elgin, que entre 1801 y 1811 se apropió de gran parte de las esculturas y las vendió al gobierno inglés. Así es como el British Museum conserva hoy 75 de los 160 metros originales, además una de las cariátides del templo de el Erecteión. En el flamante Museo de la Acrópolis, inaugurado en 2009 en un edificio de líneas vanguardistas, hay una sala esperando el regreso de las piezas que Grecia le reclama al Reino Unido desde los años 80.

El otro museo de visita imprescindible es el Arqueológico Nacional, con reliquias valiosísimas como el original de la máscara de Agamenón o la imponente estatua de Zeus o Poseidón –no se sabe bien– hallada en el mar frente a Eubea en 1928.

Para cortar con tanto museo lo mejor es recorrer las históricas calles de los barrios de Plaka, con su calzada de mármol brillante y sus cafecitos (siempre con las mesas dispuestas en veredas y escalinatas) o Monastiraki (una amiga lo comparó con el “el Palermo Hollywood” ateniense, pero ojalá nosotros tuviéramos vistas privilegiadas de la Acrópolis o de la Ágora ancestral).

En el corazón de la ciudad, la plaza Syntagma, están los edificios más representativos de la ciudad, en especial el Parlamento. El cambio de guardia a cada hora siempre tiene su público: vestidos con falda blanca y zapatos con pompones, los soldados exhiben una curiosa danza con dos guardias que salen, dos que entran y un quinto que los dirige.

Día 2. Creta

Es la isla del Minotauro, de la Garganta de Samaria –el desfiladero más largo de Europa, con 16 km–, de las playas de mar turquesa y cristalino (y de arena rosa, como en la espectacular playa de Elafonisi), de las fortalezas venecianas, mezquitas turcas e iglesias bizantinas, del hogar de El Greco o Nikos Kazantzakis (el autor de Zorba El Griego), de la cueva donde nació el mismísimo Zeus. Todo en medio de una naturaleza privilegiada que alterna montañas, playas, colinas cubiertas de olivares, viñedos y flores silvestres.

Es, también, la cuna de la primera gran civilización de Europa, la minoica (hace unos 4000 años), de la que apenas se sabía hasta que en 1900 Sir Arthur Evans descubrió el palacio de Knossos y bautizó la civilización con el nombre de su legendario rey Minos.

Si sólo se cuenta con un día para visitar Creta (pecado), Knossos es el punto obligado. Es fácil llegar desde Heraklio, capital de la isla, aunque el crucero atraca en el más pintoresco puerto de Ágios Nikolaos (hay colectivos y taxis a toda hora hasta Heraklio). Lo mejor es llegar bien temprano, idealmente antes de las 10, para evitar el calor y las multitudes. “Hay días de julio en que bajan a la isla 8000 personas de los cruceros y entonces es... pánico”, suspira con una mueca retorcida Iannis, el taxista.

Pese a la controvertida reconstrucción del palacio de Minos que encaró Evans (la financió con su propio bolsillo), lo cierto es que las áreas “a todo color” –como el fresco del toro, el de los grifos (mitad águila, mitad león) o el de los delfines en el Megarón de la Reina– se cuentan entre las más populares.

La visita terminó con mi hijo algo desilusionado, ya que esperaba encontrar al Minotauro en su laberinto...

Días 3 y 4. Antalya y Alanya

La llaman la Costa Turquesa o la Riviera Turca, y es la costa mediterránea del suroeste de Turquía. Sol casi todo el año, aguas cálidas, buenos precios y casi 1000 kilómetros de costa la han convertido en un destino turístico cada vez más reconocido, en especial entre rusos y escandinavos sedientos de sol.

Situada en un acantilado sobre el Mediterráneo, Antalya está rodeada de montañas que se hunden en el mar. Según la leyenda, Marco Antonio eligió este lugar para disfrutar su luna de miel con Cleopatra, y Atatürk (venerado fundador de la Turquía moderna) lo describió como “el lugar más bonito del mundo”. Hoy es una ciudad importante con avenidas e hileras de palmeras, un puerto deportivo, resorts cinco estrellas y múltiples canchas de golf. Vale la pena recorrer el pintoresco barrio antiguo, Kaleiçi, con sus calles estrechas y tortuosas, sus cafecitos y hoteles boutique y las viejas casas de madera que se apoyan en las antiguas murallas de la ciudad. La Puerta de Adriano, construida en el 130 cuando el emperador visitó la ciudad, es de los sitios más visitados.

Mucho más pequeña, Alanya se recuesta sobre una bahía dominada en lo alto de una colina por su castillo medieval, como el nido de un águila corona una roca. Hoy es un museo al aire libre con imponentes vistas sobre el mar y las casitas de colores que cuelgan del promontorio rocoso. De noche, eso sí, la zona del puerto se convierte en un bullicioso paseo entre bares y discotecas con nombres del tipo Miami Club, James Dean o Latin Club.

Día 5. Chipre

La isla más oriental del Mediterráneo concilia lo aparentemente irreconciliable: playa con montaña, mar con nieve, arqueología con vida nocturna, iglesias bizantinas con mezquitas.

Tal vez lo más difícil de unificar sean las comunidades turcas y griegas. Desde que en 1974 el país se partió en dos, el sur de la isla, reconocido internacionalmente, es hogar de los grecochipriotas; en el norte, ocupado militarmente por los turcos, viven los turcochipriotas (se puede pasar fácilmente de una zona a la otra). Nicosia, la capital, se autoproclama la última ciudad dividida del planeta.

Mucho antes que los turcos ocuparan parte de la isla, Alejandro el Grande la había conquistado, Marco Antonio se la había regalado a Cleopatra y Ricardo Corazón de León vendido a la Orden de los Templarios, que a su vez la revendieron al francés Guy de Lusignan. Por su posición estratégica – muy cerca de Europa, Asia y África– pasó de mano en mano durante unos 900 años.

Hoy, este país en el que se maneja por la izquierda y que en 2013 sufrió su propio corralito, tiene un poco para cada tipo de viajero: las playas de Ayia Napa, los monumentos de Nicosia, los yacimientos arqueológicos de Pafos, los locales comerciales de Limassol, la segunda ciudad de la isla. Es en este último puerto donde desembarcan los pasajeros de Silversea, que rápidamente se pierden entre las calles del casco histórico, los bares de moda, la costanera flanqueada de palmeras. Hay jóvenes con piercings, personas mayores jugando al tavli (una variedad de backgammon), hombres de traje con el infaltable café frappe (un café con hielo cubierto de espuma) en mano.

Días 6, 7 y 8. Israel

La primera parada es Haifa, ciudad con más de medio millón de habitantes y el puerto más grande del país, que sin embargo ha sido excluida durante años de las rutas turísticas tradicionales.

De ser una ciudad industrial y portuaria, Haifa es hoy cuna del multiculturalismo, meca de las start up y sede de algunas de las mejores universidades del país. Los propios israelíes la consideran un ejemplo de tolerancia, dado que en la ciudad conviven judíos, musulmanes y cristianos.

Desde el siglo XIX, también se sumó una nueva religión de origen persa, el bahaísmo. Aquí es donde los seguidores de la fe bahaí han erigido su templo y centro mundial. Parte de este impresionante complejo son sus famosos jardines, únicos en el mundo. Patrimonio mundial desde 2008, se extienden sobre 19 terrazas de las que forman parte los jardines colgantes o jardines persas. Todos los días hay tours gratuitos a las 12 (en inglés), generalmente guiados por algún miembro de esta religión que, dicen, tiene seis millones de seguidores en el mundo. Diseñado de manera circular, el parque está coronado por un espectacular templo, del que se destaca su cúpula dorada de más de 40 metros de altura y donde está enterrado el fundador de esta curiosa religión, Baha’ullah.

A los pies de los jardines se encuentra la pintoresca Colonia Alemana, fundad en el siglo XIX por templarios alemanes que buscaban establecer una comunidad cristiana en Tierra Santa. Con sus casas de piedra y techos de tejas rojas, este barrio es en la actualidad una de las zonas más sofisticadas de la ciudad. Su principal avenida, el Boulevard Ben Gurion, está poblado de bares, buenos restaurantes y boutiques.

Los jardines Bahaí, en Haifa, una de las principales atracciones
Los jardines Bahaí, en Haifa, una de las principales atracciones Crédito: Teresa Bausili

Ashdod, la segunda parada, es el punto de partida para visitar dos ciudades imprescindibles en cualquier hoja de ruta israelí: Jerusalén y Tel Aviv.

La primera, a 55 km de Ashdod, es la ciudad más grande del país, aunque los turistas enfilan directamente hacia la Ciudad Vieja, un área de menos de un kilómetro cuadrado que concentra los lugares sagrados de las tres grandes religiones monoteístas. Fue el monte donde Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo y donde Salomón fundó el primer templo, donde los cristianos creen que Cristo murió y resucitó y donde los musulmanes piensan que Mahoma subió al cielo. Unos pocos kilómetros cuadrados por los que los hombres llevan luchando desde hace 4000 años en un conflicto que está lejos de haber terminado, como muestra la presencia constante de fuerzas de seguridad israelíes. De hecho, su estatuto político no está cerrado: palestinos e israelíes la consideran su capital irrenunciable, aunque está ocupada por Israel desde 1967.

Todo esto tiene acaso sin cuidado a los miles de visitantes que cada día se pierden por las callejuelas y las piedras que pisaron los babilonios y los persas, los romanos, los primeros cristianos, los omeyas, los cruzados, los otomanos.

Conviene deambular sin rumbo, cruzar de un barrio a otro de la ciudadela: el cristiano, el armenio, el judío y el musulmán, entre los puestos de frutas y verduras, de kebabs, de souvenirs religioso kitsch (agua bendita, tierra del Monte de los Olivos, estrellas de David...), de rifles de plástico. Todo en medio de turistas en bermudas y cámaras al cuello, judíos ortodoxos, fieles musulmanes, patriarcas armenios o peregrinos cristianos de todo el mundo. En el plazo de diez minutos es posible cruzarse con un grupo de católicos acarreando una cruz tamaño natural, con un contingente de Amish o con un judío ultraortodoxo (los haredim) usando sombrero de piel, aunque el termómetro marque 30 grados.

Entre los sitios de fe más visitados (en rigor prácticamente toda la Ciudad Vieja es un gran sitio de fe) está la mezquita de Al-Aqsa, tercer lugar sagrado del Islam. Parte del muro exterior que rodea a la mezquita es el Muro de Lamentos, venerado por los judíos por ser los restos de la muralla que protegía el templo de Salomón. Así como los judíos rezan y lloran frente al muro (también dejan cientos de papelitos con deseos entre sus resquicios), también se emocionan los católicos en la Iglesia del Santo Sepulcro, donde según la tradición cristiana fue enterrado Jesucristo. Estos días son especialmente significativos porque, por primera vez en cinco siglos, un equipo de restauración retiró una capa de mármol en un intento por llegar a la superficie de piedra original donde el cuerpo de Jesús fue depositado.

Los judíos rezan y lloran en el Muro de los Lamentos
Los judíos rezan y lloran en el Muro de los Lamentos Crédito: Teresa Bausili

La cola para entrar al Santo Sepulcro parece no avanzar jamás. Es que se entra agachado, de a una o dos personas, de tan pequeño que es el recinto. En un lugar tan íntimo, el bullicio y las multitudes parecen de otro mundo. Ajeno al ajetreo de afuera, uno se queda ahí dentro a solas, ensimismado y en silencio, mirando una piedra.

A 34 km de Ashdod, Tel Aviv es una ciudad de edificios modernos, shoppings, tiendas de diseño y playas seguras y limpias, aunque abarrotadas en temporada alta, sobre todo los shabbats.

Además del histórico barrio de Jaffa (el mercado de pulgas atesora todo tipo de antigüedades y curiosidades), no hay que dejar de admirar el impresionante conjunto arquitectónico de la Bauhaus. En 2003, de hecho, la ciudad fue declarada Patrimonio Mundial de la Unesco por contar con el mayor número de edificios de esta escuela.

Callejuelas del barrio antiguo de Jaffa, en Tel Aviv
Callejuelas del barrio antiguo de Jaffa, en Tel Aviv Crédito: Teresa Bausili

Es fácil reconocerlos a pesar del deterioro de los últimos 70 años por sus líneas puras, balcones curvos, paredes blancas y escasa decoración. Los nazis, que consideraban este estilo “degenerado”, prohibieron la escuela cuando accedieron al poder.

De esta manera, los ideales de la Bauhaus fueron llevados a Palestina por arquitectos judíos alemanes que huían de la persecución nazi. En la década del 30, cuando se urbanizaba Tel Aviv (siguiendo un plan trazado por el urbanista escocés sir Patrick Geddes), se construyeron unos 4000 edificios en toda la ciudad. Hoy están siendo restaurados y muchos han recuperado su antiguo esplendor, como el Cinema Hotel y la Casa Soskin.

Días 9 y 10. Navegación y Santorini

No necesita publicidad; es una de las islas más famosas de Grecia, la de la postal del burrito y las casitas blancas. Con sus gigantescos acantilados coronados por sus blanquísimos pueblos, que a lo lejos parecen nieve, es entendible por qué Santorini se ha convertido en uno de los destinos favoritos de mieleros. También de hordas de turistas que por 5 euros prefieren desplomarse sobre el lomo de los burros, aunque está la opción de subir los 587 escalones a pie, o en teleférico (también por 5 euros por persona).

El centro de Fira, la capital, es un laberinto de callecitas peatonales blancas y azules poblado de tiendas de ropa, cafeterías y casas de cambio, como un balcón suspendido sobre el mar.

Para cazadores de puestas de sol, el atardecer se espera en las terrazas con tragos y música chill out, y finaliza con aplausos.

Datos útiles

Información y precios

Silversea es una línea de cruceros de barcos chicos de superlujo con servicio all inclusive (todas las comidas, bebidas alcohólicas, propinas, servicio de mayordomo, una hora de Wi-Fi por día sin cargo, asociación con Relais & Chateaux, conferencias, exposiciones de arte itinerantes, entre otros).

Con los 3 barcos de expedición se navega Islas Galápagos, Antártida y el Ártico y rutas no convencionales como el Lejano oriente Ruso.

Hay rutas por el Caribe para enero y febrero desde US$ 3950 por persona en base doble, 7 días, o por el Mar Báltico a US$ 3750, 7 días.

Hay 10 % de descuento por compra anticipada antes del 30/12/2016 para viajes a realizar entre el 01/05/2017 y el 31/12/2018.

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