Mar tibio, sol constante y velas al viento

Un pueblo, en el nordeste brasileño, de calles empedradas y buscado por kitesurfers
Carlos Sanzol
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26 de enero de 2014  

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SÃO MIGUEL DO GOSTOSO, Brasil.– Hay lugares que se definen por sus sonidos. En este pueblo costero al nordeste de Brasil, a 100 kilómetros de Natal, la capital del estado de Río Grande del Norte, el que impera es el del viento. Por eso, y porque también hay un mar tibio, playas y un sol que calienta todos los días del año, es el lugar elegido por quienes practican windsurf y kitesurf.

Pero ésa es sólo una parte de São Miguel do Gostoso (o Gostoso, a secas, como le dicen sus pobladores). La otra es la de un sitio que vive una transición. Parece un destino a medio descubrir: aún conserva la paz bucólica –la que se siente en los lugares pequeños–, pero, al mismo tiempo, se vivencia el bullicio de la industria del turismo: posadas, restaurantes, escuelas de windsurf y de kitesurf, bares.

"En el verano vendrá Dilma [Rousseff, la presidenta de Brasil]", dicen por acá. La mandataria lo confesó en la prensa, atraída por la historia de vida de una pobladora. Se notan los preparativos, la evolución de la expectativa: en los kilómetros previos al ingreso a Gostoso, un grupo de obreros alisan el asfalto y los moradores pintan de colores fulgurantes –rojo, azul, amarillo– los frentes de sus casas bajas que dan la bienvenida al lugar.

Gostoso, como le dicen sus pobladores, tiene playas ideales para los deportes de vela, pero también para contemplar
Gostoso, como le dicen sus pobladores, tiene playas ideales para los deportes de vela, pero también para contemplar Crédito: CristinaPessini/FLICKR/CC

Sólo hay un bulevar, en el que crecen flores blancas, y casas –algunas funcionan como posadas– al ingresar al pueblo. Muchas de sus calles son empedradas; otras, de tierra de un colorado encendido. En la mitad de algunas, de entre las piedras, nacen árboles tupidos que resguardan a la gente del calor brumoso y tropical. El sol pega fuerte aquí, donde amanece a las 5.30 y anochece exactamente doce horas después.

El cielo está invadido por las velas que impulsan las tablas de quienes practican kitesurf. Debe de haber veinte a poca distancia entre sí y una duda: ¿cómo harán para no enredarse? La mayoría de los jóvenes que están en la playa son extranjeros –Austria, Alemania, la Argentina, Estados Unidos, Suiza–, que llegaron motorizados por la búsqueda del viento perfecto, el de Gostoso.

Pablo Vincenzi –argentino, de 42 años– hace más de dos meses que está haciendo lo que quiere hacer acá: kitesurf. Llegó atraído por los comentarios en foros dedicados al deporte. Lo resume así, como lo sintetizan todos: "Viene a buscar la regularidad del viento".

Pero no sólo hay deporte. A 6 kilómetros del pueblo, hay una playa que se la conoce como la postal del lugar, Tourinhos. Franjas de arena anaranjada se funden con otras, amarillas, como si se tratara de un degradé a medida que se acerca al mar, a veces verde, otras azul. Son playas vírgenes. De vez en cuando se puede ver algún paseante que camina sin demasiada prisa por esta nada arenosa. Aquí también hay viento, aunque parece mucho más amable.

Anochecer de un día tranquilo

El viento perfecto para levantar vuelo
El viento perfecto para levantar vuelo
Cae la noche. Y muchos de los pobladores experimentan algo que no les es usual: nervios. Hoy, y por una semana, comienza la primera edición del festival de cine de São Miguel do Gostoso. Unas cien personas están sentadas en la playa, a la espera de que se proyecte una película en una pantalla gigante.

El resto de la gente mira la escena, sentada a las mesas que están afuera de un bar –techo de tejas rojas, frente de un verde chilloso, y puertas y ventanas de un fucsia intenso–. Adentro, una mujer se desvive para que no les falte nada a sus comensales. Se llama Rosana Soares y es una de las dueñas del bar Madame Chita. Ella es una de las tantas empresarias que forjaron –y forjan– el Gostoso turístico. Junto a su socia, hace 14 años, decidió cambiar de vida. "Basta de San Pablo", se dijeron y emprendieron un viaje de cuatro meses por el nordeste de Brasil. Y llegaron aquí. Se encontraron con la nada. No había teléfono, no había supermercado, no había posadas. Pero había viento, playas vírgenes y un mar que se perdía en el horizonte. Se quedaron.

A medianoche, la vida aún sigue andando por aquí. Se pueblan los bares, las callecitas empedradas. Corren, gustosas, las caipiriñas y las cervezas heladas. De fondo, el viento, que aún sigue sonando.

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