Milán es un desfile de elegancia y buen gusto

Las marcas top del mundo están a la vuelta de la esquina
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27 de octubre de 2000  

MILAN.- Hay que ver cómo, bajo la sombra imponente de la catedral, esa multitud que atraviesa la Piazza del Duomo en todas direcciones sabe improvisar, inconsciente, una suerte de desfile de modas. Se mezclan los logos de Versace, de Giorgio Armani y el aroma a café expresso a lo largo de calles invadidas por el dinamismo metropolitano.

Esas por las que transitan con naturalidad los celulares, los zapatos de Ferragamo, las carteras Prada, los lentes oscuros de Valentino y el rugido de las Ferrari. Las que alternan vidrieras impecables con casas financieras, mientras proponen la férrea costumbre de la elegancia como modo de vida.

De perfil acaudalado

El corazón de Milán bulle a toda hora. Frente a la plaza, la galería Vittorio Emanuele es el lugar de encuentro por excelencia de los que aman las rutinas urbanas. Bajo cúpulas de cristal y frescos, los milaneses exhiben aún más su perfil acaudalado, saboreando un aperitivo Campari o un ristreto (café fuerte), o bien merodeando entre el selecto grupo de tiendas.

A un lado, el Duomo de la ciudad, la construcción gótica más exuberante de Italia, contempla la elegante muchedumbre con su fachada de mármol.

Sólo 300 metros lo separan de la figura señorial de la Scala, el teatro lírico más importante del mundo, que recuerda entre los ecos de su Sala Mayor a directores de la talla de Bellini o Verdi, presentando las grandes óperas en el siglo XIX. Enfrente se ubica el Palacio Marino, sede municipal de la ciudad.

Detrás de la Scala nace Via Brera; una peatonal empedrada con construcciones del siglo XVII, como el Palazzo Cusani o el Palazzo de Brera, donde actualmente está el museo más importante de Milán.

Aparte de exponer entre otras, pinturas de Rafael, Signorelli, Veronese y Caravaggio, la construcción también alberga la Academia de Bellas Artes, celebrando una extraña alquimia que mezcla a la perfección el ambiente informal de los estudiantes con los aires académicos. Allí, el cuerpo desvanecido del Cristo Muerto, de Andrea Mantegna, merece una contemplación especial.

Pero cuando aquí se habla de arte, la obra pictórica que más comentarios recibe descansa sobre una de las paredes del antiguo comedor del convento de Santa María de las Gracias. Pintada por Leonardo da Vinci a fines del siglo XV, muchos aseguran que La Ultima Cena es una especie de milagro. Otros, se limitan a categorizarla como una de las pinturas más importantes del mundo.

De vuelta en las calles, el fragor metropolitano se hace sentir. En cada semáforo, cuadrillas de motorinos dejan atrás largas hileras de taxis blancos, que para no desentonar con el entorno llevan, inexorablemente, el distintivo de alguna marca alemana. El paisaje arquitectónico se sigue alternando entre antiguas mansiones de estilo clásico y edificios de tinte moderno, acordes con el espíritu de la ciudad.

Eximia sede de negocios y turismo, se ve a cada paso cómo Milán ha sabido utilizar su rutina de progreso tan prometedora, convocando más allá de importantes empresas a un sinnúmero de jóvenes que la perfilan como uno de los centros universitarios más importantes de Italia.

A la hora del ocaso

Alejado del centro unos 900 metros por Via Dante, con el inmenso Parque Sempione, aparece la figura medieval del Castillo Sforzesco. Levantado en piedra en el siglo XIII, ofrece una exposición de arte italiano y más allá el verde inacabable de sus jardines. A la hora en que cae el sol, una muchedumbre de jóvenes se mezcla sobre el césped dándole la bienvenida a la luna.

Por la noche, la zona céntrica continúa ostentando movimiento. En los alrededores de Piazza della Scala, varias tratorías típicas se encargan de demostrar que, más allá de conocer el buen vestir, Milán también sabe del buen comer.

Por supuesto, después llegará, religioso, ese tercio de tacita de café que en Italia llaman expresso, y con el sabor en la boca, otra nueva recorrida por las calles iluminadas a fuerza de faroles. Un giretto por el Corso Vittorio Emanuele o un trago en alguno de los bares de Via Brera tal vez sean las opciones más atractivas.

Bajo las estrellas, la llamada Cittá delle Fotomodele (ciudad de las fotomodelos), esa que no concibe un saco arrugado o un par de zapatos a medio lustrar, multiplica sus pasajes entre el rumor de los que leen las manos y los que venden corbatas de seda. Para terminar el día, el rito final para todo Milán, es un último expresso en la Piazza del Duomo.

El Duomo

Sin duda, la edificación más importante y símbolo de Milán es su catedral: el Duomo. Si bien comenzó a construirse en 1386, sus intervenciones, mejoras y restauraciones continuaron hasta mediados del siglo XIX. Realizada en mármol según los cánones del tardío gótico, cuenta con 2245 estatuas.

En la parte más alta, elevándose a más de 100 metros sobre sus pórticos de bronce del siglo XVII, hay una imagen de cobre de la Madonnina, patrona de Milán. Más allá de las naves principales en las que cada domingo se celebra misa, vale la pena visitar el museo, con esculturas, pinturas y trabajos en vidrio que pertenecieron a la catedral, igual que su terraza; una galería de estatuas que miran la ciudad.

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