Naturaleza en foco

La fauna es la gran estrella de la costa chubutense, donde la estepa y el mar completan el escenario perfecto para un paseo entre la península Valdés y Punta Tombo
La fauna es la gran estrella de la costa chubutense, donde la estepa y el mar completan el escenario perfecto para un paseo entre la península Valdés y Punta Tombo
Daniela Dini
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3 de febrero de 2013  

Hay algo de misterio en el horizonte de cualquier playa. Esos misterios infinitos que sólo despierta el mar, no importa de qué océano o lugar del mundo se trate. Pero desde el banco de madera empotrado en Caleta Valdés, en un punto panorámico tan solitario como perfecto, lo agreste del paisaje hipnotiza. Por algún motivo, exactamente allí, el azul del cielo y el azul del mar, igual de profundos, sólo se separan por una fina línea de arena, que es en verdad la caleta, que encierra en ese pedacito de península un poco de la inmensidad del océano. El viento silba fuerte, recordando que aquí, la única protagonista y compañera de este mar austral es la Patagonia. Y es rebelde. Y seca y polvorienta y maravillosa.

"La primera vez que ves el mar debe ser la primera vez que te imaginás el infinito", escribió, como garabateando una poesía, el dibujante Liniers en una de sus tiras, inspirado en este mismo océano del Sur. El mismo que cobija pingüinos, lobos y elefantes marinos, y abraza a las gigantescas ballenas que vienen a sus aguas a tener cría.

A unos 50 kilómetros de la ciudad de Puerto Madryn, en la provincia de Chubut, la ruta provincial N°2, que transporta a península Valdés, también parece infinita. Los pastizales secos adornan el paisaje durante todo el camino, sólo interrumpidos por alguna familia de guanacos o de ovejas asustadas, que cruzan la ruta a más velocidad que la que sus patas les permiten. No tendrá el verde de su costado andino, ni las montañas inmensas, ni los lagos imponentes. Pero en este rincón chubutense el mar y sus habitantes de ley, son espectáculo suficiente y más, para admirar la belleza que puede existir en la rusticidad más absoluta.

La puerta de entrada a península Valdés –declarada en 1999 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco–, es el istmo Ameghino. Desde esa delgada porción de tierra, único lazo de la península con el continente, se pueden divisar los dos golfos: el San José, al norte –sólo interrumpido por la isla de los Pájaros, que se avista a lo lejos–, y el Nuevo, al Sur. A partir de allí, el camino es pura estepa y ripio, y el objetivo será llegar allí donde el horizonte se abre al mar. Playas vírgenes, en las que reinan pingüinos curiosos y lobos y elefantes marinos de andar perezoso, inmutable.

Al este del istmo, donde están Puerto Pirámides y la Punta homónima, se espera a las ballenas, que llegan entre junio y diciembre. Desde allí se zarpa para un avistaje de la especie franca austral, que por estos días se alimenta de toneladas de krill por aguas subantárticas. El verano es época de reproducción para la fauna costera: del Sur al Norte, el itinerario se puede trazar uniendo Punta Delgada, Punta Cantor, Caleta Valdés y Punta Norte. En cada rincón, espera un espectáculo de la naturaleza, y hasta la posibilidad de ver nacer alguna cría de elefantes marinos. En esta época, en algunas de estas zonas, las colonias llegan a 1500 ejemplares.

También se deja ver por allí el pingüino de Magallanes, la otra gran estrella de estas costas. Pero sin duda su meca está fuera de la península, a 180 kilómetros de Puerto Madryn, en Punta Tombo, la reserva más grande del mundo de esta especie. Durante el año suman 250.000 y en verano, con las migraciones de otras colonias, se cuentan hasta 800.000 pingüinos.

También fuera de la península, a 80 kilómetros de la ciudad por camino de ripio –ese que genera, una vez más, la misma infinitud que se repite en las rutas patagónicas–, aguarda una punta poco explorada, Punta Ninfas. Se recorta solitaria, ventosa y empinada, sobre una costa virgen bañada sólo por piedras, musgo y un mar helado. No hay, literalmente, mucho que ver. Quizá un par de elefantes marinos tan inmensos como indiferentes, que llegan a estas playas buscando un poco de soledad, sólo interrumpida por el aleteo de alguna bandada de ostreros. Quién sabe. Si fuera así, la encuentran, como lo logra también quien se disponga a llegar hasta este punto y simplemente, sentarse a admirar el paisaje.

Aquí la belleza es rústica, seca, ventosa. El horizonte se abre eterno, y regala una postal que llena los ojos y el corazón. La mirada duele un poco, quizá de tanto azul profundo. Como parafraseando ese cuento breve de Galeano inspirado en el mar –que bien podría ser este mismo–, desde este punto se desnuda tan misteriosa su inmensidad, que uno podría implorar ayuda solamente para verlo y entenderlo. Aún sabiendo que frente a esa eternidad de agua y sal, nunca habrá respuestas que alcancen.

Comienzos de leyenda

La ciudad le debe su nombre al Barón de Madryn, amigo personal de Lewis Jones, el galés que, con el permiso e interés de Mitre de poblar la Patagonia, arribó en el mítico barco Mimosa en1865, con 153 galeses a bordo. Como toda historia que luego se hace leyenda, los comienzos no fueron fáciles. No sólo por la falta de agua y la urgente necesidad de asentarse –en los comienzos, vivieron en cuevas sobre la costa, que más tarde bautizaron a la zona de Punta Cuevas como tal– sino también por el choque cultural con los habitantes nativos, los tehuelches. Según cuentan, de a poco se fueron conociendo y hacían baramenin –trueque en galés–, intercambiando pan con manteca por cueros y carne. Hoy de ese encuentro legendario queda un monumento al indio tehuelche y otro a la mujer galesa, el Museo del Desembarco, y el imperdible té galés en la colonia por excelencia, Gaiman, a 75 km de Madryn, donde alguna vez tomó el té Lady Di.

Dunas en las afueras de una ciudad que suma actividades turísticas
Dunas en las afueras de una ciudad que suma actividades turísticas Crédito: Gentileza Secretaría de Turismo de Puerto Madryn

Es cierto que la estrella es la ballena franca austral. Cada año, entre junio y diciembre, llegan miles de turistas para hacer los avistajes que comenzaron informalmente a fines de los años 60. Pero Madryn quiere ir más allá y también derribar mitos, como el del frío patagónico: este verano, por ejemplo, algunos días de enero fueron los más cálidos del país. Sus playas alternan los 18°C, igual que las de Mar del Plata. "Queremos desestacionalizar la demanda. Seguimos apostando a las ballenas, pero en el resto del año, hay mucho por hacer", explica Sebastián Planas, presidente del ente mixto de turismo de la ciudad. Entre los deportes náuticos, se popularizaron el windurf y el kitesurf, ideales por los fuertes vientos patagónicos. Kayak, pesca y paseos náuticos –en velero, catamarán o lancha–, son los clásicos. La novedad, desde diciembre, es el Regina Australis, un inmenso barco que zarpa desde el muelle Piedra Buena –en pleno centro de la ciudad–, y ofrece un city-tour desde el agua, recorriendo el Golfo Nuevo.

Madryn mantiene el estilo familiar con espíritu de pueblo: se puede almorzar pescado fresco, vieiras y rabas en alguno de los pintorescos restaurantes sobre la costa, tomar mate en la churrería más famosa –Quemehuencho, en Sáenz Peña 212– o recorrer la feria hippie en la plaza principal. A pesar de que Madryn tiene una alta afluencia de turismo internacional –recibe cerca de 40 cruceros por año–, su esencia nacional está intacta y es federal: la población es un conglomerado de representantes de todo el país. El auge fue a fines de los 60, con la llegada de la planta industrial de Aluar, y la ciudad se fue gestando alrededor de ella.

El idilio con el mar es homenajeado en el Ecocentro Mar Patagonia, un recorrido educativo que, entre muestras temporarias y permanentes, permite experimentar lo que es estar dentro de las barbas de una ballena, o sentir su canto en una sala vibratoria. Para culminar la visita, el mirador de la planta alta, ofrece una vista de 360° verdaderamente inspiradora.

Contacto cercano con lobos marinos

Crédito: Gentileza A. Gelves
Primero hay que enfundarse en un traje de neoprene y lograr casi el hermetismo. Luego, zarpar en una lancha hacia la Reserva Natural protegida Punta Loma, a 17 kilómetros del centro de Puerto Madryn. Allí es donde espera una colonia estable de por lo menos, 300 lobos marinos. Unos cuantos estarán dispuestos a jugar con los curiosos de ojos de snorkel y patas de rana, que se sumergirán por no más de veinte minutos –lo indicado para preservar el área y su fauna–, dispuestos a probar suerte con los lobitos. Afortunadamente, son animales de carácter amigable –como perros, dicen los que saben–, y el encuentro es un hecho: bastan unos minutos flotando en el agua para que algunos se acerquen a hacer sus acrobacias, despertando tanto admiración como envidia por ser tan ligeros –aún pesando entre 160 y 300 kilos–, deslizándose como en el aire dentro del agua que es su hogar y territorio, ese profundo y fascinante mar austral.

Datos útiles

  • Cómo llegar Andes opera cuatro vuelos semanales directo a Puerto Madryn, los lunes, miércoles, viernes y sábado, durante todo el año. Desde $2081. www.andesonline.com
  • Qué hacer Madryn desde el agua: el catamarán Regina Australis ofrece un paseo por el Golfo Nuevo. Dura tres horas y tiene dos salidas diarias, a las 11 y a las 18. Los tickets se compran en el muelle Piedra Buena, desde donde zarpa. Mayores $250, menores $125. www.reginaaustrale.com.ar
  • Snorkel con lobos marinos: el snorkel cuesta, en promoción vigente, $750. También se puede hacer un bautismo en buceo por $350, o ambas actividades por $800. www.scubaduba.com.ar
  • Avistaje de delfines : hasta Semana Santa, se realiza el paseo náutico de alrededor de 3 horas para avistar delfines. Tres salidas diarias, desde el muelle Piedra Buena. Tarifas: $300 adultos y $150 menores. www.proyecto-iris.com.ar o www.hydrosport.com.ar
  • Dormir en la península : el parador La Elvira en Punta Cantor ofrece almuerzo ($80) y un mirador único. A 5 kilómetros de allí, está su estancia, con ocho habitaciones (desde $1310 la doble, en pensión completa, sin bebidas) laelvira@madrynturismo.com
  • Full Day en península Valdés : la entrada a la península cuesta $40, y la excursión depende del momento del año y dónde migre la fauna. En verano, se cubre el Circuito Norte (Puerto Pirámides, Caleta Valdés y Punta Norte). En invierno, el Circuito Sur (Puerto Pirámides, Caleta Valdés y el faro), y se suma la navegación para ver las ballenas. Costo: $350. www.chaltentravel.com
  • Punta Ninfas : Trekking y avistaje de elefantes marinos en Punta Ninfas. Excursión de medio día: $220. Muy cerca de allí está la Estancia el Pedral, se puede hacer un safari de día completo, avistando elefantes y pingüinos. Con almuerzo incluido, en estancia privada: $500 www.chaltentravel.com
  • Dónde dormir

    Hotel Rayentray : Habitación doble desde $750. Plan familiar (matrimonio y dos menores de 12 años, en la misma habitación), $750. Durante febrero hay una promoción, en efectivo, de 5 noches, se abonan 4. Desayuno incluido www.cadenarayentray.com.ar
  • Más información www.madryn.travel
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