Escenas de la vida medieval checa

Juan Demarco
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4 de septiembre de 2011  

Pocos kilómetros antes de cruzar el límite que une la República Checa con Austria, a la vera de un serpenteante camino, entre los bosques de Bohemia del Sur, en los que el canto de sus pájaros y el arrullo del Moldava inspiraron al compositor checo Bedrich Smetana para su obra más representativa -Mi patria- se nos ofrece una de las joyas de la región, Ceský Krumlov. Allí, el Moldava (o Vltava) encierra, como un lazo cuasi circular, una porción de tierra a la que se accede después de atravesar el puente techado que forma parte del castillo construido a mediados del siglo XIII por la familia Vitkovec y sus descendientes, los Rozmberk. Cruzar ese puente nos hace trasponer las fronteras del tiempo, retrocediendo 700 años en la historia. Declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco, entramos en un emblema de ciudad medieval, con sus angostas callecitas que serpentean: ascienden o descienden, adaptándose a la curiosa geografía que da lugar a la plaza central, donde está el Ayuntamiento y la iglesia. Comer en alguna de sus tabernas a las que se accede trasponiendo estrechos pasillos, compartir la mesa -como en la iconografía de la época- y disfrutar de la cordialidad de sus habitantes hace que la estancia en Ceský Krumlov no sólo sea una delicia para los sentidos, sino para imaginar escenas de la vida medieval.

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