Novedades de temporada, en una Miami bien fashion

Por Horacio de Dios Para La Nación
Por Horacio de Dios Para La Nación
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31 de marzo de 2000  

Las celebridades son un culto contemporáneo. Y el clímax, estilo premio Oscar, se expresa en Miami Beach de enero a marzo. Es su temporada más alta cuando el mundo de la moda y el espectáculo la convierten en un gran show, en especial a la hora de comer, cuando las estrellas se hacen ver porque necesitan alimentarse. Y sobre todo salir en las fotos de las revistas porque la promoción es una religión sin ateos en este negocio donde el centimetraje periodístico es un rating de supervivencia. Una de las novedades más sorprendentes es la apertura de Bed (Cama) un restaurante donde te sirven la comida acostados como en los tiempos romanos. Es muy difícil conseguir mesa (perdón, cama) y hasta para tomar una copa hay una lista Vip.

A la vuelta se abrió Cheeky Monkey (El Mono Impertinente), un pequeño y delicioso restaurante en el hotel art déco Blue Moon, reciclado por Mervyn Griffins, legendario animador de la TV. A una cuadra está Wish (Deseo), de onda vegetariana sin exagerar por la chef vedette Andrea Curto, considerada por The South Florida Gourmet el Chef del Mes. Lo creó el modisto Todd Oldman, el niño terrible de las millonarias norteamericanas. No es casual la vecindad. Ese tramo de la avenida Collins, cercano al garaje público de la calle 7, se convirtió en paseo de compras para las modelos (y aspirantes a modelos). Allí se reúnen en la cantina mexicana Señor Frog (divertida y barata) y están varias casas de cosmética, como la francesa Sephora, que desembarcó con todo en Estados Unidos y la canadiense Mac, entre otras, que le suministran su arsenal de pinturitas. Y por supuesto al lado el local de Armani y al costado el de Gianni Versace versión Donatella.

Sobre el mar abrió The Strand, que se apartó de la disco The Living Room que sigue en Avenida Washington y es el lugar más difícil de acceder. Los porteros, a los que llaman bouncer (reboteadores) llegaron al colmo de no dejar entrar a Richard Branson, uno de los hombres más poderosos del mundo (dueño de Virgin Records).

Michael Caine cerró su South Beach Brasserie después de dos años. Era un lugar muy lindo, un ex templo de Los Testigos de Jehová reciclado con magnífico gusto. Pero él atendía sus restaurantes en Londres y lo delegaba en su hija Natasha, lo que no es lo mismo, porque la celebridad no se hereda obligatoriamente A pocos metros, en Lincoln Road, que es la pasarela de onda, Cristina Saralegui, muy popular en el talk show latino, se asoció con Efrain Veiga (el dueño del respetado Yuca) con el nuevo Mayya. Propone un menú mexicano muy sofisticado (y caro). Está en la esquina del Albion, uno de los llamados hoteles fashion que se concentran en esa zona junto a los muy famosos Delano, National o Raleigh. Son los que siempre aparecen en Ocean Drive, que es la Biblia de las modelos. Y en sus piscinas de película (con ojos de buey para tomas submarinas o de 70 metros de largo) se filman la mayoría de los video clips y la presentación de colecciones. No sólo norteamericanas, porque muchos europeos forman parte del elenco estable de visitantes durante todo el año, porque en Miami hace más o menos calor pero frío nunca. Por último, pero no menos importante, estrenó Cameron Díaz su Bambú. Es más difícil conseguir una mesa que entrar en algunas disco. Parece neoyorquino por su decorado minimalista con paredes cubiertas de raffia y mozos vestidos tono sobre tono en uniformes grises paquetísimos. La comida fusión asiática (japonesa, thai, vietnamita) es deliciosa y cara. Pero es tan importante ser visto allí como el año último en Tantra, cuando inauguró sus noches con danza del vientre e inciensos afrodisíacos.

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