Novelas a la turca, un atractivo

Horacio de Dios
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11 de noviembre de 2012  

A los muchos incentivos para viajar a Turquía ahora se suma la creciente influencia de sus teleteatros en el mundo árabe y lo que eso significa como fuerza cultural. El viajero de hoy no sólo se interesa por paisajes, restaurantes y museos; le atrae la diversidad de sabores especiales, más aún en un lugar donde las especias han producido una película inolvidable como La sal de la vida.

En las calles de Estambul y otras ciudades no sólo es creciente la presencia de visitantes de Europa y Estados Unidos, sino que aumenta la que llega de Medio Oriente. En parte por los países que protagonizaron la primavera árabe (Egipto, Túnez, Libia) y también de Palestina a Arabia Saudita.

La causa está en la solidez de la economía turca (que multiplicó por cuatro el intercambio con sus vecinos), el papel de su política moderadora y fundamentalmente la síntesis de una sociedad musulmana que respeta sus tradiciones, pero está abierta a la modernidad. En especial, el papel de la mujer que inspira deseos de emulación entre las vecinas.

El ejemplo que podría multiplicarse, porque produce más de cien programas, es el de la serie Gömüs, que se ha doblado al árabe más informal y se llama Noor (Luz). Sus protagonistas son turcos. Songul Oden, de 33 años, quien a partir de su nombre se ganó el apodo de la Rosa de Turquía, y K?vanç Tatl?tu?, de 29, modelo y ex jugador de básquet de ojos azules, se han convertido en grandes estrellas de Medio Oriente.

Un resumen de la trama ayuda a explicar su auge en los países vecinos y más que nada en sus mujeres que ahora se van de vacaciones a Estambul. En la ficción, ella, de origen humilde, es diseñadora de modas y la obligan a casarse con Mohannad, que se había comprometido con otra mujer que murió en un accidente. Al principio, por respeto a la difunta no quiere tener relaciones sexuales con su esposa, pero luego no sólo se enamora, sino que respeta su independencia femenina. Un hecho no común en Arabia Saudita, donde no pueden manejar autos.

Noor arrasó en audiencia en todas partes, aunque hubo clérigos que la criticaron y los más conservadores colocan en los televisores un chip para evitar que aparezcan mujeres en la pantalla chica. En los Juegos Olímpicos de Londres hubo sauditas que participaron con pañuelos y pantalones largos, y en Ryad no se vieron esas imágenes.

En las maternidades de Palestina aumentó el número de recién nacidos llamados Noor o Mohannad, y las jóvenes buscan blusas, vestidos y accesorios como los que ven en la TV. Les atrae ver la gente en cafés, restaurantes, compartir cosas, donde la mujer no está aislada. Si los mayores se oponen, las chicas le contestan: "Tengo que verlo. Todo el mundo en la escuela hablará de eso mañana".

El último capítulo atrajo 85 millones de espectadores, desde Siria (a pesar de la guerra) hasta Marruecos. Sin contar los que pueden seguirlo en YouTube o conocer más datos en Internet. Noor no es un caso único porque en Turquía se vive el clima de los 80 en el mundo occidental con el suceso de Dallas .

Incluso se rodó una versión de Las mil y una noches trasladando los personajes a la actualidad sin perder la picardía ni el suspenso. Por supuesto, el panorama es muy cambiante desde Abu Dabi, donde transmiten Sex and the City, o Dubai, donde es éxito House . Otras sociedades de la región menos permisivas incluyen el musical Hindistani de Bollywood con bailarinas y ropas brillantes. O aceptan interpretaciones del H arén del sultán, con la vida y los amores de Solimán, el magnífico del siglo XVI, que se podría comparar con la serie de los Tudor.

Pese a las restricciones de la TV estatal o muy controlada, mete la cola el satélite que ofrece lo prohibido como la gran tentación y tiene un compañero de aire con la miniaturización de las antenas y la democratización de la tecnología.

Recuerdo lo que pasó en Berlín oriental, donde el Muro comenzó a deshacerse cuando se asomó la vida cotidiana de los vecinos, muy diferentes, a la monotonía comunista.

La atracción de los teleteatros da pie a un chiste en la heladería Copelia, en La Habana, cuando decían que uno de los largos discursos de Castro fue interrumpido ante el pedido: "Fidel, acaba, queremos ver L a esclava".

Títulos tan atrayentes como Rolando Rivas, taxista , aunque en la isla, no tenían otras opciones como las muchas que ahora ofrece Turquía, que hasta adaptó a su estilo más pudoroso Desperate Housewives (esposas desesperadas, mujeres desesperadas o amas de casa desesperadas, según la traducción que más le convenga).

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