Pipa, la playa de la paz

En el nordeste brasileño, lo que fue una aldea de pescadores ahora es un destino hippie chic, con sofisticada hotelería, noches tecno y, claro, las gloriosas playas de siempre
Carlos Sanzol
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5 de enero de 2014  

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PIPA, Brasil.- Hace seis horas que el sol cayó. Y la medianoche, calurosa, de un sábado de noviembre se siente bulliciosa en las cuatro cuadras que conforman el centro de esta localidad costera del nordeste de Brasil, a 2900 kilómetros de San Pablo, en el estado de Río Grande del Norte. Del tronar de la música electrónica que repercute en las calles escapan las parejas con hijos pequeños, y quedan cientos de jóvenes dispuestos a desandar la noche.

Quizás esa sea la imagen paradigmática de la tipología del turista de Pipa, una localidad que a comienzos de los noventa del siglo pasado era el punto de encuentro de surfistas y que ahora, industria del turismo mediante, convoca a parejas jóvenes con y sin hijos.

Este pueblo de alrededor de 5000 habitantes se asienta sobre acantilados y dunas, acompañados por el zigzag de playas que enmarcan un mar tibio -la temperatura promedio del agua es de 28ºC-. Para bajar a la playa, salvo la céntrica, hay que hacerlo por escaleras, que pueden llegar a tener más de 130 escalones. Una vez abajo, la naturaleza cobija con todo su cromatismo: el verde intenso de la vegetación, el rojizo tono de la piedra de los acantilados, el verde esmeralda del mar y el blanco amarillento de la arena.

Sin embargo, Pipa no es sólo un pueblo costero. Hay algo más: la manera tenue en que sus habitantes conciben la vida. Se siente que, aquí, el estrés no mata. Tal vez se deba al calor intenso -la media alcanza los 27ºC- que desafía las ganas de moverse. Al caer la noche, a las 17.30 -amanece a las 5.30- se puede ver a sus pobladores sentados o desparramados en hamacas paraguayas, abrumados por el calor, en los porches de sus casas. Tal vez compartan con los turistas esa necesidad de estar en relax permanente, de que a la vida no hay que correrla.

Ese no-sé-qué

Fernanda Elias la camina lento. Hace dos años, en Río de Janeiro, donde vivía junto a su marido, Joao, se dijo que en esa ciudad veloz no quería pasar mucho más tiempo. Se jubilaron y llegaron a Pipa. En una de las casitas que bordean la avenida Baía dos Golfinhos se asentaron y abrieron un local de artesanías, Toca de Onca. "Acá se puede hablar con la gente, con los vecinos. Y no existe esa cosa de división de clases. Todo se mezcla", analiza.

En Pipa hay que aventurarse por el estilo de vida slow. Todo, aquí, está pensado para el descanso: hay hoteles cinco estrellas en clave all inclusive, bungalows especialmente diseñados para pasar noches -y días- de romance y complejos planificados para el relax a modo de spa.

El sol quema -el protector solar es un deber casi cívico-. De vez en cuando se levanta una brisa leve que anima al cuerpo para caminar por las playas y sentir cómo la arena se va escabullendo por entre los dedos de los pies, como si uno se moviera sobre fécula. Es, incluso, hasta relajante, el chasquido que los diminutos granos de arena hacen cuando se la pisa.

A medida que se explora el pueblo, seguramente se tendrá la impresión de que el denominador común es la mezcla: la combinación sui géneris de lo local con lo extranjero, lo sagrado con lo profano, la modernidad arquitectónica de los complejos hoteleros con la rusticidad de las casas de los pobladores.

A Claudia Sosa, la mixtura la enamoró. La primera vez que estuvo en este lugar fue hace 16 años y, en ese momento, se hizo una promesa: "Voy a vivir aquí". Seis años después, cuando viajaba desde Grecia, donde residía, hacia Buenos Aires, hizo una escala en Natal, para visitar a una amiga. En esa ciudad a 80 kilómetros de Pipa -y una de las 12 sedes del Mundial 2014- le ofrecieron un trabajo en un hotel de aquí. Y no se fue más. Sosa, hoy, es la encargada de la promoción internacional y nacional de Pipa.

Hay algo, ese no-sé-qué, que hace que muchos de los extranjeros que llegan decidan quedarse de manera permanente. Neri tiene 21 años, es de Rosario y es, como mucha de la gente de aquí, una aventurera. Hace un año salió de la casa de sus padres con rumbo a Uruguay para, luego, recorrer Brasil . Llegó a Pipa con su mochila y sólo 30 reales (13 dólares). Sin demasiados rodeos decidió que en este lugar quería quedarse. Ahora trabaja como recepcionista en un spa. Y después ya verá. Acá, la vida se conjuga en presente.

A 80 km de Natal, una playa con exclusiva hotelería y un gran acantilado para bajar al mar
A 80 km de Natal, una playa con exclusiva hotelería y un gran acantilado para bajar al mar Crédito: Embajada de Brasil / Xavier Martín

Que nadie lo sepa

La historia de Pipa es la de una evolución en tiempo récord y la de la revelación de un secreto. A comienzos de los noventa, sólo era un pueblo de pescadores hasta que llegaron los surfistas a la caza de olas. Luis Henrique Ribeiro, un ingeniero agrónomo brasileño, vio ahí un negocio. Construyó él mismo tres cabañas que sólo equipó con colchones y, así, alojó a los deportistas. Veintidós años después, Ribeiro es propietario de un complejo de bungalows premium, Toca da Coruja , que ocupa un predio de 25.000 metros cuadrados en medio de un bosque.

Los pioneros quisieron que Pipa fuera un secreto, que nadie se enterara de que aquí había un paraíso. Sin embargo, la voz se corrió. Llegó la industria del turismo y ya no hubo más secreto. De a poco dejó de ser un espacio para los surfistas que, atosigados por los turistas, decidieron escapar en busca de otros sitios y otras olas.

La Pipa local

Claudia Sosa guía por las calles. Está en la plaza del pueblo, donde se levanta una estatua muy colorida del patrono del lugar, San Sebastián. "Vamos a conocer la otra Pipa", indica.

La otra es la de los lugareños, la menos contaminada por el turismo. La otra Pipa empieza en la misma plaza, donde un grupo de diez personas hace tronar tambores. Después hay que caminar derecho por la avenida Baía dos Golfinhos, y sorprenderse con lo que se conoce como la iglesia de los surfistas. Afuera del templo Bola de Neve está Edivaldo -30 años, tatuaje prominente en el antebrazo derecho, gorrito y bermudas tipo militar-, que se autodefine como el custodio del lugar. Detrás de él, la puerta de vidrio deja ver la celebración de una misa: el pastor apoya una Biblia sobre una tabla de surf que funciona como un altar mientras canta, y los feligreses -jóvenes con rastas, bermudas y musculosas- acompañan con algunos pasos de baile.

Más allá de la iglesia se erige lo que iba a ser el centro cultural de Pipa, una edificación con aires hindúes que está a medio construir. De repente llega el aroma a frituras: un restaurante publicita sus camarones fritos. Se comienza a ver un par de buggies, vitales para moverse en las dunas. Luego aparece un elenco de lugareños con vasos o botellas de cerveza en la mano sentado en la vereda.

Hay que dar la vuelta, llegar hasta la costa, caminar por una pasarela de madera que acompaña la dirección del agua y escuchar a Claudia decir que en esta playa del centro cada 31 de diciembre, a las 23.30, los habitantes de Pipa se congregan para esperar el Año Nuevo, que se da la bienvenida con una explosión de fuegos artificiales.

Una Virgen en el mar

En procesión, por Nuestra Señora de los Navegantes
En procesión, por Nuestra Señora de los Navegantes Fuente: LA NACION - Crédito: Embajada de Brasil / Xavier Martín
Son las 10.30 y al menos 50 personas se mecen en una embarcación que acaba de salir de la playa del centro. Desde el barco se puede tener dimensión de la geografía de Pipa: cientos de diminutas casitas de colores y complejos hoteleros montados sobre acantilados, que se mezclan con morros cubiertos por una vegetación de un verde intenso, por la que, a su vez, se cuelan algunos huecos de arena de un amarillo frágil.

El barco ingresa cada vez más en el mar, pero aún se puede ver la costa. En el agua aparece una aleta, luego otra. Son las de los delfines que, de vez en cuando, se acercan a las playas para sorprender a los bañistas. Uno, más extrovertido, saca la trompa. Los pasajeros quedan en silencio a la espera de que alguno se acerque y se muestre entero. Será en vano.

El barco se detiene. Un hombre de la tripulación da la aprobación para zambullirse en el mar, que está calmo y tibio. Son 10 minutos -el paseo dura una hora y media- de relax para ser acunado por el agua.

El cielo está demasiado limpio, salvo por una estela blanca que dejó una cañita voladora, que forma parte del cotillón de celebración del día de Nuestra Señora de los Navegantes. Para venerarla, los pobladores llevan, en un barco, la imagen de la Virgen apoyada sobre flores amarillas. De frente, en un altar, un cura, que viste una sotana blanca, reza. Dos sacerdotes se posan al costado de la estatua. Varias lanchas rústicas siguen la embarcación. En una va, apretujado, un grupo de músicos en plena ejecución de una melodía. El cielo se empieza a llenar de estelas blancas. El sonido tosco de las explosiones se sobrepone al ruido furioso de las proas de los barcos que cuajan el mar.

La veloz puntualidad del sol

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Son las 17 y resta sólo media hora para que anochezca en el pueblo de Tibau do Sul , a 7 kilómetros de Pipa, más específicamente en un bar a la vera de la laguna Guarairas. El sitio es el lugar ideal para ver el atardecer. Así dicen.

A las 17.26 suena en los parlantes del lugar La primavera , de Vivaldi. Todos miran al sol que, ya al ras del horizonte, es una enorme bola anaranjada. En menos de dos minutos se esconde y deja el cielo de un azul apagado con unas pinceladas de un rojo mortecino. Después viene un silencio. Se sabe: así despide Pipa al día.

Datos útiles

Cómo llegar

En aéreo, con escalas en San Pablo hasta Natal, desde $ 7383. Allí tomar un micro o combi hasta Pipa (una hora de viaje, aproximadamente).

Cambio

Por cada dólar, 2,7 reales.

Tarifas de referencia

Cena por persona, entre 40 y 50 reales. El paseo de una hora y media en barco por la costa cuesta 30 reales. Una botella de agua mineral de medio litro sale 2 reales. El alquiler de un buggy por día ronda los 150 reales (sin chofer). Con conductor, 300 reales. Recorrido de 5 km en taxi puede llegar a los 20 reales.

Tour

Paquete siete noches por persona. Incluye: pasajes aéreos, alojamiento en un hotel de cuatro estrellas con desayuno y traslados desde el aeropuerto: 1699 dólares.

Más información

Turismo de la embajada del Brasil. Cerrito 1350 (4515-2422). Mail: turismo@brasil.org.ar Web: http://buenosaires.itamaraty.gov.br ; de lunes a viernes, de 9.30 a 12.30 y de 15.30 a 17.30.

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