Pizzo abre puertas

Sobre un peñasco del golfo de Santa Eufemia, esta localidad invita a contemplar la costa y su aspecto medieval
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24 de marzo de 2000  

PIZZO.- Como una imagen extraída de una novela histórica, este pequeño burgo medieval nace en la cima de un monte que ahora mira el atardecer desde lo alto del golfo de Santa Eufemia. Las casas de piedra se amontonan allí arriba una sobre la otra y acompañan el declive cual uvas brillantes cayendo de un ramo, hasta terminar junto al mar Tirreno. Los muros gastados del Castillo, la playa y Piazza della Repubblica se tiñen de color ocre, igual que las tapias de granito de los caserones. Antiguas construcciones que en unos minutos tendrán como telón de fondo el cielo violeta de Pizzo y la luna.

Pero detrás del aspecto, intactas a través de los siglos se escuchan todavía las historias napoleónicas, de invasiones piratas y de fusilamientos. Relatos que llegan de la época feudal y que invocan a este castillo alzado a fines del siglo XV, que parece crujir mientras el sol sigue cayendo.

En la costa, los pescadores amarran sus botes y estiran las redes entre las gaviotas. Unos 200 metros por encima, la plaza del pueblo, como un balcón, se mueve iluminada a fuerza de faroles. Desde allí, con un ristreto (café) o un amaro (licor) calabrés en la mano, se divisa la curva del golfo titilante. Suenan las campanas en la iglesia de San Giorgio, y de las cantinas del Corso se escapa el aroma de los bongole (frutos de mar) que nadan en las salsas.

Aspecto medieval

Cuando en las primeras décadas del siglo XX se decidió restaurar muchas de las añejas construcciones de Pizzo, se cuidó de no modificar su estructura original de pueblo marino. Sucede que desde hace seis siglos se dedica a la pesca y a la siembra de los valles que se extienden a su espalda. Y no hubo mucho que se modificase, más que, en la últimas 3 décadas, la llegada del turismo.

Junto a otras centenarias localidades del sur de Italia que bordean el Tirreno, Pizzo ha logrado encontrar su identidad en este globalizado continente europeo, manteniendo las costumbres, tradiciones e incluso el aspecto casi intactos. Sus 8500 habitantes sólo duplican en número a los que allí vivían hace 300 años y las edificaciones nuevas se han situado fuera de la zona céntrica. Unicamente han quedado desacomodadas las calles escuetas y zigzagueantes que no conciben más de 2 autos al mismo tiempo.

La Plaza de la República y sus alrededores son los que convocan actualmente a los extranjeros. En su mayoría alemanes e ingleses, se los puede ver comiendo un tartufo (helado típico), merodeando por los conventillos del medio cerro, o recordando los relatos de Alejandro Dumas acerca de este castillo aragonés. Aunque ninguno se pierde de conocer los viñedos, ni los bosques que rodean Maierato, ni el lago dell´Angitola.

Es que luego de haber recorrido su centro histórico, Pizzo no tiene grandes obras de teatro que ofrecer, ni museos con vitrinas repletas de reliquias. Aquí, las reliquias están afuera; en las fachadas barrocas, en los muros de piedra, y en cada uno de los candados oxidados que cuelgan de los portones de madera.

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