Plegaria por la paz de un futuro peregrino

Horacio de Dios
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10 de agosto de 2014  

Turismo y guerra son incompatibles. A nadie se le ocurriría elegir Palestina o Ucrania para irse de vacaciones. Por ahora. Mañana no se sabe.

Pero vale la pena pensarlo e invertir a futuro, al recordar que lo mismo pasó no hace mucho en escenarios igualmente dramáticos.

Hoy Sarajevo, como Berlín o Saigón son destinos tan populares y exitosos como Europa central desde la caída de la Cortina de Hierro.

Hay países que convierten sus dificultades en ventajas al tranquilizarse la situación, al competir bajando sus precios. Es lo que ocurre en Grecia, que este año espera recibir 20 millones de visitantes, un récord que supera los 13 millones de 2013.

En Ucrania todavía no han podido llegar a una tregua con los disidentes rusos en Donetsk, en la frontera con Rusia al este, y ya piensan en el turismo para reforzar su economía. Su capital, Kiev, tiene una rica historia de más de 1500 años. Es un tesoro de atracciones. Son 355, según TripAdvisor; entre ellas, la catedral de Santa Sofía y, paradójicamente, una de las cinco principales es el Museo de la Guerra, frente al río Dniper: es un museo completo. Tiene arte, historia, es muy lindo para ir en verano y ver los tanques y las aeronaves expuestos en el jardín, explican.

Rumbo a Tierra Santa

Si miramos el globo terráqueo a la luz de la esperanza, donde haya más lugar para el turismo que para la guerra, parece imposible pensar en un destino que supere a Palestina. Su geografía la solemos seguir por las noticias de primera plana, algo muy lejos de lo aconsejable para armar un viaje no sólo de placer, sino de cultura profunda.

Algunos datos para tener en cuenta, tomados de Wikipedia, nuestro mataburros cotidiano: desde 1922 hasta 1948, el territorio comprendido por el Mandato Británico era de 26.626 km2, un poco menor que Misiones y apenas mayor que Tucumán. Desde la decisión de las Naciones Unidas de dividir Israel y Palestina, en esta pequeña superficie, el conflicto bélico con las sucesivas transformaciones en los límites territoriales no tuvo respiro. Hasta el martes último, cuando fue respetada por primera vez una tregua.

Podemos, entonces, hacer turismo ficción a cuenta, con una ciudad incomparable. Se estima que Jerusalén tiene más de tres mil años y una breve descripción de su historia es misión imposible para este cronista. Pero, a pesar de mis baches de formación cultural básica, no me equivoco al pensar en una ciudad donde las tres mayores religiones monoteístas tienen sus sitios fundamentales. Es Tierra Santa para cristianos, judíos y musulmanes (por orden alfabético).

La ciudad, en general, tiene una superficie de 125 kilómetros cuadrados, un poco más que la mitad del perímetro de la Capital Federal. Aunque cuando se habla de Jerusalén se piensa en la parte antigua, que es muy pequeña. En números, menos de un kilómetro cuadrado.

Mientras agenda en su imaginación una futura visita, compare ese laberinto de historia y religiones que es apenas mayor que San Telmo. En esta pequeña extensión de la Ciudad Vieja están el Monte del Templo y el Muro de los Lamentos para judíos, el Santo Sepulcro para cristianos, y la Cúpula de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa para musulmanes. No es necesario aclarar por qué está dividida en barrios: musulmán, judío, cristiano e incluso también el barrio armenio.

La Ciudad Vieja fue incluida en 1981 dentro del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco y un año después Jordania pidió, con sentido común, que se la incluyera con una advertencia de ¡Peligro!

He viajado bastante con mi Alma de Valija, pero no conozco Tierra Santa y estas líneas surgen de lo que creo una premonición. Porque si bien estuve en varias oportunidades a punto de embarcarme hacia allí, siempre debí suspender los planes hasta la próxima paz, que nunca llegaba.

Espero que ahora mi deseo se cumpla. Lo hago invocando a las tres religiones. Estoy seguro de que sería la fundamental de todas mis travesías porque en el pasaporte tendría la visa del cielo.

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