Polonio vive una realidad sin leyes ni tiempos

Lejos de todo, se resiste al progreso
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14 de diciembre de 2001  

CABO POLONIO.- El camión se arrastra por las dunas y en cada subida parece decir basta. El viento se encarga de borrar la huella de su paso, como si quisiera ocultar la verdadera ubicación de Cabo Polonio.

A 30 kilómetros de La Pedrera, por la ruta 10, se comienzan a divisar las dunas de uno de los balnearios más raros e intrigante que tiene Uruguay: Cabo Polonio, un pueblito de pescadores en el que jamás se imaginó que alguna vez habría que hacer reserva para dorarse en sus playas.

Para llegar hasta allí es obligatorio dejar el auto en el acceso del balneario y confiar en unos vehículos 4x4, que alguna vez deben haber sido camiones, pero que ahora parecen inspirados en la saga de Mad Max.

El viaje por los ondulados caminos de arena es, sin dudas, una parte fascinante del viaje. Cuesta 5 dólares para entrar y salir del cabo y es, junto con los caballos, la única manera que tienen los turistas de acceder a este improvisado asentamiento.

Improvisado porque en Cabo Polonio parecen regir leyes propias. Las casas simulan haber sido arrojadas al azar, sin respetar un planeamiento urbano ni cualquier tendencia arquitectónica.

Estas construcciones blancas, de chapa o material, son lo que pueden ser, porque nacieron casi por casualidad. Los pescadores se vieron rodeados un día por un grupo de gente que decidió autoexiliarse en este cabo y aprendieron a convivir con ellos tanto como lo habían hecho con los lobos marinos y el faro.

Como en Cabo Polonio son conscientes del interés que motivan, a pesar de no tener electricidad ni agua corriente, ofrecen al turista hosterías y restaurantes que, sumados a la propuesta de los artesanos y la amabilidad de los pobladores, son una invitación difícil de rehusar.

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