Praga, entre leyenda y realidad

Adela Jordá
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4 de diciembre de 2011  

Praga se explica a sí misma en su arquitectura, sus personajes históricos y los relatos, mezcla de realidad y leyenda, por los que los praguenses nos hablan de su ciudad.

También nos hace vivir la experiencia de recrear los cuentos de la abuela que, entre princesas, príncipes encantados o no y brujas malvadas, acompañaron nuestra infancia, la de mi hija y la mía, con quien tuve el entrañable placer de recorrerla.

Si la visita por su cuenta, puede acudir a las 10 a la plaza del Ayuntamiento de la Ciudad Antigua, no sólo para observar el famoso reloj astronómico, único en el mundo y que data de 1410, sino para comenzar un tour de tres horas con un guía de habla hispana por toda la zona antigua. El guía le enseñará, por una propina voluntaria, la casa de Kafka, los monumentos y edificios emblemáticos, el barrio judío pero, sobre todo, lo hará partícipe del relato popular que Praga construyó a lo largo de su existencia.

Le contará la historia del creador del famoso reloj, enceguecido para mantener el secreto de su creación. Cuando le muestre el monumento al reformador Jans Hus, antecesor de Lutero en el movimiento protestante, le contará de su martirio en la hoguera.

Le hablará sobre la conflictiva relación de Kafka con su padre, por quien se doctoró en Derecho, pero a quien luego desafió siguiendo su verdadera vocación, la literaria.

Le contará sobre la Primavera de Praga, período de idilio democrático que fue sofocado por los soviéticos, previo enfrentarse al ingenio de los praguenses para defender y preservar su ciudad.

Cuando lo lleve por el barrio judío le producirá escalofríos con cierto humor con la leyenda del Golem, monstruo de barro que cobraba vida por las noches para proteger a los judíos del ataque de los cristianos.

Concluido el paseo puede subir a la Torre del Reloj, donde tendrá una vista panorámica de la ciudad y de la iglesia de Nuestra Señora de Tý, la Iglesia Escondida, y olerá, sí, olerá desde las alturas el aroma a carne de cerdo asado en la plaza, a la usanza medieval, que no podrá resistir junto a un vaso de cerveza.

Depende de usted caminar por toda Praga, cruzar el río Moldava por el puente de San Carlos, pletórico de monumentos, turistas y artistas callejeros. La banda que toca jazz y el titiritero con su marioneta son placeres artísticos que estarán lejos de retribuirse con las coronas checas que usted agradecidamente deposite en sus gorras.

Toda Praga está al alcance de su mano y de su imaginación, las marionetas, frutas y los dulces del mercado Havelský en el centro, las casas y los palacios de Malá Strana, la catedral de San Vito, la torre de la Pólvora, la Ciudad Nueva con su edificio danzante y la tranquilidad que transmiten los colores pastel con que han pintado coquetamente las fachadas de los edificios.

Ciudad de encanto que nos resuena como si ya hubiéramos estado ahí, en algunos o muchos momentos de nuestras narradas fantasías infantiles.

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