Puerto Madryn se sumerge en la temporada veraniega

Adiós ballenas, hola lobos marinos, pingüinos y otros protagonistas estelares de los meses más cálidos en la costa atlántica próxima a esta ciudad; excursiones, reservas naturales, legado galés y más excusas para unas vacaciones en el Sur
Aníbal Mendoza
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25 de enero de 2015  

Las ballenas reinan entre los bichos abisales por prepotencia de méritos. Divierten a sus crías, honran a sus amantes, se prodigan al público. Un contenedor de amor animal que engalana cualquier paisaje que adopta como morada. Su diáspora de fin de temporada, por tanto, puede dejar una estela de 40 toneladas de melancolía por cabeza, con sonido de fondo de cuarteto de cuerdas y el sol en retirada.

Mientras miles de familias de francas australes migran en caravana hacia los mares del sur en busca de buffet libre de krill, la Ppenínsula de Valdésez cambia de rollo de película y ofrece nuevas aventuras para sobrellevar el trance.

La despedida de las ballenas –las más rezagadas aguantan los trapos hasta mediados de diciembre–- inaugura oficialmente el verano de la comarca, que pone en marcha su plan B para atemperar el síndrome del mar vacío. Las gordas, como las llaman los lugareños, volverán entre abril y mayo para renovar los votos del romance, y aquí no queda margen para el desconsuelo.

Una ciudadanía ilustre, una personalidad destacada de la cultura, un premio literario, no se le niegan a nadie. La distinción de Patrimonio de la Humanidad, aunque también es extensiva a medio mundo y permeable a cualquier chantunada, se rinde a los merecimientos de la pPenínsula: un área natural protegida que reluce como santuario, más allá de los cetáceos, para lobos y elefantes marinos, pingüinos, orcas, delfines y aves de singulares pelumaajes. Comparten el mismo consorcio con guanacos, zorros y otras tantas especies que se escapan de las listas. Una biodiversidad tan vasta que trasciende cualquier proclamación de comité.

La marca de los galeses

Entre los recorridos posibles desde Puerto Madryn, un clásico que se impone es la excursión en 4 x 4 hacia el área de Punta Loma. El itinerario permite registrar las marcas en la orilla de la inmigración galesa en la región.

Rumbo al Ssur se encarama Punta Cuevas, un cabo conformado por excavaciones naturales sólo visibles desde la marea baja. La historia oficial le adjudica el papel de primer asentamiento en que hizo pie la comunidad británica en la Patagonia. La fecha patria la remachan los guías y la vocean los niños en la escuela:. eEl desembarco se produjo un 28 de julio de 1865, luego de dos meses de navegación a bordo del velero Mimosa y al mando de Love Jones Parry.

El barco llegó a la costa con una tripulación escapada del tendal de mishiadura que dejó el cierre de las minas de carbón en las islas. Si buscaban un vergel, le pifiaron el cálculo. Llegaron a tierras baldías, inadecuadas para el cultivo, por lo que debieron proseguir su marcha por el río Chubut hacia los valles más fértiles y así fundar Rawson y Trelew. Allí dejaron huella y cimentaron una tradición que se prolonga hasta hoy, entre otros legados, a través de su lengua y el ritual del té con tortas negras. Si en este tramo de la ruta uno enfilara ciudad adentro, las calles adoptan el nombre de Jenkins, Mathews, Humpreys, Roberts y otros tantos pioneros de aquella histórica expedición.

De algunos de los escarceos de la colectividad da cuenta el extraordinario documental Separado!, el viaje que encaró Gruff Rhys, el líder de los galeses Super Furry Animals, banda de pop independiente que compitió por el trono de la aristocracia del underground en los 90. En el filme, el cantante va en busca de las huellas de su tío, otro gentleman exiliado en los andurriales de Gaiman para redimirse como un Horacio Guarany de vestiduras celtas.

Si continuamos por la ruta prevista, nos toparemos con médanos improvisados por el ritmo de los vientos, que cambian su silueta día a día y empanan la escasa vegetación.

Al paso del vehículo nos cortejan liebres y cuises. Cada bicho que camina adopta la perspectiva de un menú en potencia. Las martinetas, cuenta el paisanaje, garpan en escabeche. La playa, por estas latitudes, son de canto rodado, un pedregal rastrillado por la erosión. También se cruza por la ruta un chorlito de doble collar, un expatriado de Groenlandia que vino a poner huevos e irradiar su encanto por el hemisferio sur.

Cuando llegamos a la Reserva Faunística Provincial de Punta Loma, área natural protegida, un cartel conmina a los visitantes: "Llévese sólo recuerdos".

La entrada cuesta 50 pesos (25, los menores; 80 los extranjeros) y permite acceder hasta las barandas al borde del acantilado que miran hacia el apostadero de lobos marinos de un pelo.

Por una pasarela también se puede acceder a otro mirador para que permite avistar la fauna desde otro perfil. Se apelotonan los cormoranes de cuello negro (o rockeros), imperiales y reales. La estridencia la ponen las gaviotas, enemigo público de las ballenas, a las que picotean los lomos y les producen graves infecciones. Allí parecen modositas, como quien no quiere la cosa, ninfas de un candor pastoril.

Nadar con lobos

Al día siguiente, el grupo de visitantes experimentaría el contacto directo con la misma colonia, esta vez por vía marítima. Las salidas son matinales y acondicionarse implica su ceremonia. Los instructores miden los talles y distribuyen los trajes de neoprene correspondientes. Una vez adoptado el vestuario de Bill Murray en La vida acuática, con Steve Zizou, los visitantes nos subimos a la embarcación. Desde el Centro de Buceo en el balneario Coral, el viaje hasta Punta Loma nos depara 30 minutos de navegación.

Frente a la colonia estable de 700 lobos, nos aleccionan sobre los rudimentos básicos del snorkel y alguna que otra prevención. Como cerrar los puños cuando se acercan los lobitos, que tienden a tarasconear sin lastimar, como en un juego, como todo cachorro que se precie.

Prestos en el agua, las sensaciones se multiplican. Los lobitos orbitan en torno dea los viajeros ya acostumbrados al roce con humanos. Curiosean, juegan con las burbujas, vuelven al refugio, y así. Los machos progenitores vociferan, pero no salen al agua, temerosos de que les mexjicaneen el harén. La inmersión dura 45 minutos, el máximo permitido por las autoridades de la reserva, y flota en la conciencia el placer narcótico de contemplar la vida bajo el agua en directo. Mejor que en la tele.

Les pasa a todos y lo rubrican las estadísticas. La demanda de la excursión, tanto de snorkeling como buceo, se incrementó en un 40 % el año últimopasado, con un total de 9.000 personas que se zambulleron en esta experiencia.

El mar ofrece otra función de gala previo volantazo. En ruta hacia el Ssur, a 55 kilómetros de Madryn se llega frente al muelle del puerto de Rawson. De allí parten las lanchas que se internan en las aguas picantonas de Playa Unión, desde donde se avistan decenas de toninas overas, un pequeño delfín también bendecido de carisma.

Cola, cabeza y aletas son de color negro, y el resto del cuerpo es blanco. Desfilan en paralelo a la embarcación y pegan saltos ornamentales. Una jam de piruetas de tracción silvestre que emociona. En otro carril, los barcos pesqueros saludan de reojo encolumnados hacia su faena.

Blanco y negro

Fuera de la temporada de ballenas, que se extiende desde el 1º de junio hasta el 15 de diciembre, la península invita a recorrer otros derroteros, por demás apetecibles. Puerto Pirámides, en ausencia de sus musas, ofrece playa, sol y arena, su cuota correspondiente de sucundún.

Poco antes de llegar a Punta Norte, límite septentrional de la península, se establece la estancia San Lorenzo, una de esas excursiones que compensa el desplazamiento de rigor. La estepa allana el horizonte. El paisaje retoma su condición agreste, matizada por la aparición de jotes de cabeza colorada en los postes de la vera de la ruta. También se afilan grupos de choiques, un tipo de ñandú retacón y algunas maras, roedores parecidos a las liebres europeas, con quienes lidian en disputas territoriales.

Antes de llegar a destino, la combi aminora la velocidad a paso de hombre. La prioridad la tienen los primeros representantes de la colonia de 500.000 pingüinos de Magallanes que alberga la finca. Nos reciben como centinelas y nos guían a los senderos que conducen hacia la costa de 5 mil metros, frente al gGolfo San Matías.

A esta altura del año, los nidos están atiborrados de pichones que en pocos días se convertirán en adultos. Su metamorfosis fue de vértigo. En noviembre estaban recubiertos de un plumón, luego pasaron a la categoría de peluches y en febrero emularán en tamaño a sus padres.

La élite se lanza al mar en busca de anchoas para distribuir entre la prole. Volverán cada diez días a proteger el nido y a defenderlo de la codicia de los vecinos. Son entrañables, aunque cada uno se cuida el rancho por sí mismo.

Lucha de clases

Los peligros merodean en forma de chimangos, zorros y gaviotas, todos los predadores al acecho. También hay petreles que planean en vuelo rasante en busca de refrigerio. Cuando asoma desde el agua algún lobo marino, los pingüinos salen en tropel para no disfrazarse de canapé. Sorteadas las hipótesis de conflicto, en abril volverán al agua, pero antes cambiarán las plumas para mejorar su capa protectora y así ponerle el pecho a todos los que se vengan.

En las épocas en que la a burguesía le refanfinflaba la cuestión del ambiente, en esta misma estancia había una factoría de lobos marinos, en la que se extraía su grasa como aceite industrial.

De aquellas emanaciones perdura en el aire la lucha de clases. Las divisiones están a la vista. Hay nidos cachuzos y hay palacetes de una casta a la que se pertenece a picotazos, con arbustos que dan sombra y protección blindada.

Al final del paseo, una opción posible es almorzar en el casco de la estancia, que ofrece un menú apto para cualquier paladar. El pantagruélico cuesta 390 pesos y consta de una entrada de fiambres, empanadas, ensalada, chorizo, cordero -con repetición- y flan con dulce de leche. También hay opciones para almas sensibles.

Cerca de allí, Punta Norte depara al visitante, a modo de digestión, el espectáculo de una colonia de elefantes marinos. A unos metros se vislumbra el canal de ataque de las orcas, que desde fines de febrero hasta abril preparan a conciencia el varamiento que les permita gestionar su merienda de lobos. Pero mejor no pensar más en comida.

De regreso en la ciudad, siempre están los 30 kilómetros de playas de Puerto Madryn para preservar la tradición del verano. Cada balneario ofrece su propio repertorio polideportivo y chiringuitos en primera línea de mar. Todo lo necesario para el mamoneo de cara al sol. Hay tiempo. La noche, en estas latitudes, siempre se hace esperar

Datos Útiles

Cómo llegar

Andes Líneas Aéreas tiene vuelos directos a Puerto Madryn desde Buenos Aires.

www.andesonline.com. Desde 2669 pesos.

Dónde comer

Bistró de Mar Náutico.Pescado fresco, pizzas y sándwiches para todo público. Tabla de frutos de mar (220 pesos), con langostinos, vieiras, calamares, mejillones para compartir), rabas (75 pesos). El imperdible fondo marino -mariscos al escabeche- a 160 pesos.

Boulevard Brown 860, 1» bajada al mar. Reservas: 0280 44 57 616.

Restaurante En los Fuegos de mi Casa.Menú degustación confeccionado por Gustavo Rapretti, en el que desfilan los highlights de la gastronomía de la zona: frutos de mar y cordero ahumado en maridaje de alquimistas (sólo con reservas, 380 pesos promedio).

Marcos A. Zar 980, Puerto Madryn, 0280-4476376/15 46 03 342).

Restaurante El Almendro.Gobernado por un susodicho árbol ancestral. Menú de vocación mediterránea. Con paellas, mejillones, caldereta de pescados y mariscos (130 pesos), ragú de cordero al curry (130 pesos), arroz otomano (90).

Alvear y 9 de julio, Madryn.

www.elalmendro.ucoz.com

Qué hacer

Deportes náuticos. Desde paseos en kayak y windsurf hasta yoga sobre tablas, cabalgatas, trekking, avistamiento de aves y orcas, lobos y elefantes marinos, visitas a pingüineras, excursiones 4 x 4.

Excursiones. El snorkel con lobos marinos, para todas las edades, cuesta $ 1400 por persona y lo organiza la empresa Master Divers. También bautismos de buceo, visitas a naufragios.

Boulevard Brown 1306.

www.masterdivers.com.ar

Excursión a Punta Norte. Visitas a la estancia y pingüinera: 550 pesos, menores de 12 años, 275.

www.pinguinospuntanorte.com.ar

Paseos de avistamiento de toninas. Desde Rawson, a 55 kilómetros

de Puerto Madryn parten las lanchas hacia Playa Unión, desde donde se avistan decenas de toninas overas.

Adultos: 500 pesos; menores

de 10 años, 250 pesos.

www.toninasadventure.com

Dónde alojarse

Hotel boutique Territorio

Contiguo a la península, en Punta Cuevas, sitio histórico de la ciudad de Madryn. Espacios naturales con servicio de excelencia.

Habitación en base doble desde 210 dólares. www.hotelterritorio.com.ar

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