Recuerdos de Nepal antes de la tragedia

Horacio de Dios
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10 de mayo de 2015  

Desde allá lejos y hace tiempo me vuelven los recuerdos de mi visita a Katmandú. Estamos a 16 mil kilómetros de casa. Fue un largo viaje desde Buenos Aires luego de pasar por la India. Del otro lado estaba China y, muy cerca, el Tíbet.

Lo primero que me golpeó fue la cantidad de refugios para budistas emigrados. Muy cerca, en Lumbini al sur, había nacido Siddarta Gautama y más cerca aún estaba proscripta su religión. El Dalai Lama, su jefe espiritual, exiliado en la India. Uno podía ver los caminos que llevaban a Lhassa bajo el estricto control de Pekín.

Era el año 2000. Vísperas del ataque a las Torres Gemelas en Nueva York y la crisis económica en la Argentina que acabaría con el peso convertible y el dólar barato. Nepal estaba en guerra civil entre las guerrillas maoistas y la monarquía que se extinguía hasta llegar a la precaria paz de 2006, con gobiernos que no duraban mucho.

Como extranjero neutral, en nada de eso pensaba mientras de la mano de la amiga experta Dussie Siculer recorría las calles llenas de templos hinduistas (el único estado mundial bajo esa religión y cuya bandera no es rectángular) y budistas con sus banderines desplegados y monjes orando. Llamaba la atención el prodigio de su arquitectura construida con maderas que son joyas.

En la ahora destruida calle Durban subí al lugar más alto de la ciudad, la torre Dharahara, de 60 metros, el equivalente a nueve pisos. El mirador ideal, un minarete levantado en 1832, había tenido varias reparaciones ante sismos menos fuertes que el de los últimos días. Todavía queda en pie, pero se ha convertido en un montón de ruinas y cementerio de casi doscientas personas que fueron sorprendidas por el temblor a la hora de su almuerzo. La mitad de los que habían sacado el pase para subir están muertos. El único que sobrevivió estaba en la parte más alta, trabajando para atender turistas. Había muchas cosas para sorprenderse entonces y hoy la pregunta más lacerante es cuántos tesoros de ese patrimonio se recuperarán.

Experiencias y suvenires

Ya había pasado la ola de los hippies y de las grandes proezas de los vencedores del Himalaya. Pasaba a ser común escalar el Techo del Mundo y sus compañeros, las cumbres que superan los 8 mil metros. Hasta el punto en que Dan Fredinburg, de Google, murió en una avalancha en la base (ahora desierta) cuando quería incluir esas vistas dentro del street view de las computadoras. En esa época pude haber sobrevolado la zona, pero no me animé. Como siempre, uno debe arrepentirse cuando se acobarda.

En cambio tuve muchas experiencias en esa semana, que ahora recuerdo como si la recuperara cuando los drones nos muestran las fotos de lugares a los que no se puede llegar, mientras cada día asciende el número de víctimas mortales o que luchan por sobrevivir a la intemperie, porque no hay casi lugares con cimientos seguros.

Y miro el pañuelo blanco que me regaló un amigo budista para que viajara tranquilo, una increíble pashmina roja que, igual que los ponchos de vicuña, podría pasar por un anillo, y sobre todo un pequeño centro de mesa muy barato (no más de 5 dólares, todo era muy económico entonces), que como otros retazos de tela en colores y perlitas de fantasía conservo desde hace quince años.

Hoy me angustia no saber nada del alojamiento más bello que guardo en mi Alma de Valija, el hotel Dwarika, ni de su responsable, Ambica Shrestha, continuadora de la custodia familiar. Nada encontré en las páginas de noticias ni en Internet, aunque su página Web siga en pie. Recuerdo un atardecer mirando en dirección al Everest mientras el único sonido que me acompañaba era el rumor del agua que caía de once grifos históricos inaugurados poco antes por el príncipe Carlos del Reino Unido, un conocedor de estos tesoros.

Podría haberme alojado en una de sus 70 habitaciones y suites, con muebles, alfombras, textiles hechos a mano lo mismo que los jarrones y las piezas de terracota. Con imágenes de Saraswati (Diosa de la Sabiduría) en las mesas, los símbolos de la geometría sagrada en los pisos y las pinturas en las paredes. Hasta el ladrillo a la vista de la construcción está elaborado uno a uno. Las ventanas antiguas, filigranas de madera tallada son uno de los símbolos más bellos de la ciudad. El lugar es uno de los ocho designados como patrimonio cultural de Nepal y uno de los dos premiados por mantener esa herencia. El otro es la ciudad medieval de Bhaktapur, a una hora de Katmandú.

Un banquete sin precio

No es un museo, aunque la cantidad y calidad de sus obras de arte justificaría ese título, sino el hotel más singular que conozco, puesto en marcha por Dwarika Das Shrestha (1925-1992). Estudioso y enamorado de la tradición de su país, de la necesidad de preservar a sus artesanos y dar trabajo a sus compatriotas, no consideró al extranjero como un bárbaro que viene a destruir, sino como un colaborador en el mantenimiento de la riqueza nacional. Las habitaciones son muy grandes, con el estándar mas espacioso en el mundo para un hotel de 5 estrellas (de 40 a 60 metros cuadrados, un departamento de uno o dos ambientes) y todos los elementos de confort actual, con ventiladores de techo como los del comedor del Plaza en Buenos Aires. Nos rodean esculturas, pero no hay aparato de TV a menos que uno lo pida. Y, sensatamente, pocos lo hacen.

Disfruto al volver a vivirlo, como el masaje tradicional que duró 75 minutos. pero lo más memorable fue la invitación al Krishnarpan, su comedor principal. Tuve que sentarme en el suelo y usar una suerte de babero (el mismo que vi en las fotos de su memorabilia). El menú, en papel también hecho a mano, tenía mi nombre. Y desplegaba 16 platos, a cual más rico: con vegetales y frutas orgánicas, sin agroquímicos. Las lentejas, en varios tipos y con hierbas del Himalaya o brotes de bambú, eran inolvidables, como el pollo con especias y un conjunto de platitos servidos en las ceremonias religiosas. Nos atendían jóvenes con ropas típicas de polleras largas y chales rojos o pashminas, amarillos y verdes, tintineando sus collares de oro y sirviendo de un jarrón desde lo alto sin derramar una gota. Cualquiera se hubiera sorprendido por el precio de ese banquete: sólo 28 dólares por persona.

Como dice el refrán, lo que más vale, no tiene precio. Hoy lo vuelvo a ver con zozobra por su página Web ante la falta de noticias, y no me animo a enviar un mensaje hasta que esta pesadilla no se haya disuelto.

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