Recuerdos imborrables en Chiloé

Esteban Belasio
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17 de abril de 2011  

Habitado por apenas 158.000 chilotas, este archipiélago del sur de Chile cuenta con una geografía tan accidentada como espectacular, con pueblitos de pescadores, gran biodiversidad y, por sobre todo, una identidad cultural muy propia y singular, fruto de años de aislamiento, algunas veces forzado (producto de un clima duro y su carácter insular) y otras por la voluntad de un pueblo que se mantiene firmemente arraigado a sus tradiciones y creencias.

Esta tierra tiene su propio tiempo. La vida discurre a su ritmo en estas tierras australes y el viajero retrocede en el tiempo y no puede evitar dejarse invadir por esa melancolía tan propia de los puertos. Chiloé es, ante todo, un puerto de cara a la inmensidad del Pacífico.

Apenas media hora de transbordador separa a Pargua (a pocos kilómetros de Puerto Montt) del Chacao, en el extremo norte de la isla Grande. La ruta 5 conduce a Ancud, otrora capital de la región hasta que el tsunami que le siguió al devastador terremoto de 1959 decidió borrarlo de la faz de la Tierra. La ciudad es modesta, tímida, como toda obra del hombre en Chiloé, en abierto contraste con la magnificencia de la naturaleza. Vale la pena una visita al fuerte de San Antonio, último bastión realista en Chile, y disfrutar un buen curanto a la olla en Curanton para luego visitar las pingüineras de Puñihuil, único lugar en el mundo donde conviven ejemplares de Magallanes y Humboldt.

Camino a Castro, actual capital, vale la pena hacer escala en Dalcahue, un pintoresco pueblito con una linda costanera, desde donde se observa un mar atiborrado de barquitos multicolores y una bella iglesia. Las iglesias chilotas merecerían un capitulo aparte: legado de los primeros jesuitas que habitaron el archipiélago, son 18 templos protegidos por la Unesco. Humildes, construidos íntegramente en madera de alerce y laurel, algunos pintados de colores como los de Chonchi o Dalcahue, o simplemente abandonados a los caprichos del tiempo como el de Nercón cerca de Castro, digno de una película de vampiros.

La capital, al centro de la isla en una hermosísima bahía, no posee mayores atractivos en lo que se refiere a su casco urbano, exceptuando su catedral y los fotogénicos palafitos de Gamboa y Montt. Integramente construidas en madera, estas coloridas casitas descansan sobre pilotes que se sumergen en el mar, siendo uno de los principales atractivos de la ciudad.

Un espectáculo realmente increíble se da cuando el mar se retira totalmente de la bahía de Castro al atardecer dejando su lecho completamente desnudo para algarabía de gaviotas, bandurrias y lugareños, que con canastos de mimbre acuden a marisquear, tomando aquellos que el mar les deja.

Chiloé es un lugar raro, de belleza rara. Es posible que no lo hayamos entendido a primera vista, su clima no ayuda, pero deja una marca: recuerdos, imágenes y sabores imborrables.

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